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CRITICAR EL SOCIALISMO: ¿HASTA DONDE?
19-09-2007, Jorge Olivera Castillo

No creo haya transparencia y objetividad en los debates que los comunistas de base realizan a puertas cerradas. Quieren salvar un socialismo con demasiadas taras estalinistas. ¿Criticarán con libertad los enormes disparates económicos y políticos cometidos durante casi medio siglo por el primer secretario del Partido y presidente vitalicio de Cuba? Me cuesta creerlo.

Nadie se atrevería a sobrepasar la línea de demarcación. Pasar la raya respecto a los cuestionamientos continúa siendo una práctica de alto riesgo. Lo peor del asunto es que no existe un indicador para detener los reproches en el momento justo. De ahí la prudencia, el tacto para evitar caer en desgracia.

En consonancia con el instinto de conservación, ninguno de los participantes tomará la postura de un crítico que profundice en la problemática abordada, preferirá los circunloquios y otras maniobras del lenguaje.

Todavía no existe ninguna ley que refleje la ilegalidad de la censura. El gobierno cuenta con un arsenal, muy bien dotado, de castigos tanto administrativos como penales para quienes transgredan las reglas.

Exponer un criterio que contravenga los postulados del partido único en el lugar inadecuado y con excesivo énfasis es como girar el picaporte de la puerta al infierno.

Una secuencia de actos de repudio coordinados por la policía política, la expulsión del centro laboral con el correspondiente crecimiento de las adversidades económicas y hasta el encierro en la cárcel bajo acusaciones de atentar contra la seguridad del estado. ¿Con esos truenos quien se atreve a una crítica veraz y exenta de digresiones?

Es cierto que el presidente provisional Raúl Castro llamó recientemente a “cambiar todo lo que sea necesario cambiar”, pero los pronunciamientos podrían no ser más que una táctica más apegada al formalismo que a un verdadero sentido revolucionario. Incentivar el debate cuando la funcionalidad del sistema es una suma de desastres es abrir el grifo para una inundación de quejas y acusaciones que afectaría directa o indirectamente a los jerarcas del régimen.

Por eso mi escepticismo respecto al presunto traslado de los debates a sectores sociales, políticos e intelectuales en los próximos meses.

En una sociedad tan cerrada como la cubana, es lógica la incertidumbre en relación a un escenario donde se puedan ventilar, sin cortapisas, toda la gama de problemas que afectan a millones de personas.

Siempre ha habido recelos en cuanto a la apertura de espacios para la discusión, incluso en ámbitos de relativa confianza como son el partido y la juventud comunista.

Impulsar un debate a gran escala, será un desafío para la nomenclatura. Es obvio que van a emplearse a fondo para controlar el proceso, sin embargo esto no le garantiza el éxito.

De todas maneras tienen a su favor el miedo que subyace en la mayoría de los cubanos. Esto coarta, lacera, mata la espontaneidad y además obliga a que los criterios sean ejemplarmente tímidos.

No son todos los que se dispondrán a verter dudas y preguntas y a exigir respuestas fuera del rango de la retórica.

Hay quienes piensan que estos amagos de libertad forman parte del primer capítulo de la transición. Otros aseguran que sólo es una suerte de válvula de escape con el fin de disipar las tensiones del pueblo y ganar tiempo.

Yo creo que buscan retocar el socialismo. Aplicar algún reacomodo para sobrevivir a la muerte de un Fidel Castro gravemente enfermo.

La cúpula está a la defensiva. Saben que heredan un país en bancarrota con una población hastiada de promesas e indiferente al discurso oficial.

Podría ser, también, una táctica de quien se encuentra en un callejón sin salida.

Dejar que la gente critique y proponga puede erigirse en una fuerza hercúlea que rompa los amarres del totalitarismo a pesar de los miedos. El tiempo despejará las dudas.


 


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