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Ópticas
18-09-2007, Manuel Cuesta Morúa

 Rearme ético y seguridad institucional: ¿A dónde va el futuro de Cuba?

La discusión que sigue la sostengo en calidad de ciudadano, no de representante de una opción política específica. Tal discusión tiene, desde mi punto de vista, un significado básico para las cuestiones políticas, pero no se circunscribe a ella. Sin comprometer a la Lista Progresista , la implica porque es parte de nuestro debate interno. Sin embargo, las consideraciones que expongo son de mi exclusiva responsabilidad. E intentar publicarlas, aunque no estamos frente al tipo de noticias para agencias, me parece urgente: la ética y la institucionalidad son, desde los antiguos, los asuntos públicos por excelencia en la fundación de la Ciudad.

El debate ético ha sido siempre una de las mayores preocupaciones que he compartido con mucha gente. La conducta consustancial, una de las ocupaciones públicas a la que más importancia le hemos dado. Ciertamente, parece que lo que más interesa en cuestiones éticas es la conducta. Todos preferimos las seguridades comprobadas que nos ofrecen las actitudes de ese humilde vecino a quien podemos confiar el cuidado de nuestra hija, que la presentación intelectualmente rigurosa del Marqués de Sade sobre la mejor conducta a seguir frente a los otros. Mi ligera discrepancia con ese punto de vista es que, como dijo Keynes, uno de los economistas más influyentes del siglo pasado, todos somos hijos de algún error o acierto intelectual: reciente o pasado. De manera que nuestro humilde y buen vecino expresa la incorporación cultural de una discusión que le precedió, y de la que seguro solo tuvo noticias a través de la pedagogía práctica de sus abuelos. Lo mejor que puede suceder, por cierto.

En todas las cuestiones públicas, el debate y la discusión forman parte de lo más esencial. Los sicólogos recomiendan un ejercicio a las personas inseguras e indecisas: comprometerse públicamente, mediante la palabra y la controversia, con un determinado curso de acción. Eso los obliga a actuar, porque a la mañana siguiente del compromiso, los demás actúan como espejos, como referencias sociales de sus compromisos frente a ellos. Según las estadísticas, el ejercicio ha sido efectivo en el 75 % de los casos, demostrando que esas personas probablemente no habrían actuado de ninguna manera sin un compromiso previo frente al espejo que siempre son los otros. Así, aquellos ganaron en seguridad donde estos ganaron en ejemplo.

En materia ética, la plaza pública es el escenario por excelencia de discusión. Esto por dos razones conexas: primero, porque la ética supone una tensión permanente entre la conducta apropiada –donde comprometer la palabra tiene connotaciones, no solo psicológicas y las referencias que la miden y enjuician; y, segundo, porque ella solo tiene sentido en público. Alain Etchegoyen, un intelectual francés en la tradición liberal muy a la francesa de Raymond Aron y Jean François Revel, escribió el Vals de las Éticas, un libro que considero clásico para entender la ética, ante todo, como tensión permanente y, a continuación, en su sentido eminentemente público, sin el cual actuar, hablar y pensar sobre ella es punto más que inútil. Las sociedades más sanas son las que mejor equilibran dicha tensión con la publicidad de las actitudes que más valen. De lo contrario, nuestro humilde buen vecino amanecerá un día, cuando menos, violado en una comunidad de pederastas que se niega a platicar sobre el asunto.

¿Qué entender por ética? Hago referencia al libro de Etchegoyen porque es un excelente recorrido tanto por sus significados como por su diversidad. Vals remite a la pluralidad de éticas –ética médica, ética del burócrata, ética del político, ética del mafioso, etc– y a la relatividad del único concepto que, sin embargo, puede y podría hacer resistencia a la doble peripecia de la racionalidad moderna y del hedonismo posmoderno, que ven a los otros como objetos del saber, la técnica, las constricciones morales y el poder político, en el primer caso; o como objetos del juego erótico-sexual de los más seductores, en el segundo.

Etchegoyen, junto a tantos otros, protesta contra esa inflación del concepto ético y rescata su contenido fundamental; después de todo, la proliferación de éticas solo introduce confusión sobre el punto en el que todas coinciden: el comportamiento respetuoso hacia los otros, a partir de una matriz mínima de conductas que protege esa convivencia con los otros: ni más ni menos. La certeza ética más firme es la de que esos otros no son medios sino fines; la prueba de que se está practicando es la capacidad para resistir la tentación de provocar daño sobre esos otros, evitando romper la estructura de esa matriz mínima que garantiza la convivencia estable y segura dentro de las sociedades y la continuidad de ellas como culturas: un dilema difícil para nuestro humilde y buen vecino cuando se enfrenta a la maldad. ¿Debe romper la ética para enfrentarla?

En Cuba carecemos tanto de la certeza ética como de las resistencias adecuadas a la tentación de provocar daño a los demás. Ello como problemas antológicos que atraviesan, con la excepción de algunos padres fundadores, la historia de la cultura cubana hasta nuestros días. Un análisis riguroso del asunto tiene que remontarse a esa historia de la cultura, pero yo prefiero concentrar el análisis sobre los vivos y no sobre los muertos. Intelectualmente, lo considero más honesto.

Del pasado solo tomo dos cosas que me parecen clave para entender el presente en términos de ausencia ética: Cuba es un país de pícaros sociales y de políticos revolucionarios: ninguna de las dos cosas favorece los tres elementos fundamentales para el futuro: decencia pública, respeto de la institucionalidad y sentido de lo político.

De la tríada de elementos básicos para la democratización estratégica de Cuba, me concentro en la ética (la decencia pública) y la institucionalidad. El sentido de lo político es definitivamente necesario, pero un match de fútbol requiere respeto de las reglas y juego en los límites del terreno. Sin apuestas futuras por la ética y la institucionalidad, la democratización del país está amenazada por la reproducción cíclica de su propio pasado, no como la tragedia de un guión que no encuentra actores sino como la escena grotesca de unos actores que se empeñan en actuar sin guión.

Éticamente hablando, el pasado de Cuba amenaza su futuro a través del futuro. Dicho en otros términos, si el futuro ya comenzó, estamos atrapados, no en el pasado sino en sus ruinas. En la observación de ética práctica que recomendaba Etchegoyen antes y para cualquier reflexión abstracta sobre la materia, el asunto se pone triste: dentro de ciertas apuestas cubanas por el futuro no hay ballet sino vacío ético.

Lo que provoca estas consideraciones es ese vacío.

Dos hechos recientes disparan mi alarma en esta dirección. Si la ética en Cuba ha sido históricamente una de las grandes asignaturas pendientes, podrían destacarse, no obstante, dos tradiciones que, o nunca han sido rotas o lo han sido por excepción. Una es la ética de resistencia nacida de una cultura política de emancipación; la otra es la del respeto a las marcas y patentes, promovida por una fuerte cultura de respeto a la propiedad privada en la vieja tradición liberal de Cuba. La consecuencia de esto último conllevaba a evitar la usurpación de nombres o marcas y al respeto de la cáscara institucional, aunque no siempre del contenido de esas instituciones. Y estas dos únicas tradiciones han quebrado en muchos ámbitos de la sociedad civil cubana, pero, para mi disgusto, lo ha hecho en el espacio menos esperado, atendiendo a su tradición práctica e intelectual: en el espacio liberal.

Primero, la vieja ética de resistencia. La ética de resistencia cubana surge de las fuertes tensiones y los desafíos vitales que han impuesto las luchas emancipatorias. Desde 1868 hasta hoy, todo hombre o mujer en Cuba que asuma los conceptos de libertad, liberación, justicia social, derecho a la palabra, o todo lo que esté relacionado con romper cadenas de opresión, sabe que debe afrontar seis límites: el límite físico de la vida, el límite social del ostracismo, el límite cultural del destierro, el límite espacial del aislamiento, el límite moral de la dignidad y el límite mental de la destrucción psicológica. En términos de luchas políticas y sociales nunca han existido aquí medias tintas.

Las demandas del coraje físico y del coraje moral son, en la historia de Cuba, inhumanamente altas. Nada distinto al resto de las luchas políticas en cualquier parte del mundo, excepto en la intensidad y en la duración. Los cubanos llevamos tres siglos exigiéndonos y exigiendo a los demás un comportamiento en el borde de la quiebra virtual de cualquier dignidad y de la pérdida de la vida humana. No importa de qué bando se haya estado o esté, lo que vale y es reconocido entre nosotros es el coraje ante la fuerza de las humillaciones y el arrojo con que nos lancemos a la conquista o defensa de nuestros propósitos o valores. Casi se respeta más esto que las ideas mismas. Mejor dicho, las ideas mismas solo tienen valor por su respaldo en el carácter. Ello ha sido así por la fiereza provocadora de los dominadores, no por determinación de los dominados.

Pocos han sido los momentos en la historia de Cuba para la discusión sosegada, a la finlandesa, de las diferencias políticas; y aún en esos momentos, la medida del valor de nuestro pensamiento no radica en su capacidad de contraste argumental, sino en si tenemos el valor físico o moral de defenderlo ante la desafiante incursión de los hombres con poder: sea en la forma de ejército español, ejército de voluntarios, hordas machadistas, bandas gansteriles, cuerpos batistianos, policía militar, seguridad del Estado, brigadas de respuesta rápida u órganos de vigilancia comunitaria, que han existido en Cuba desde los tiempos coloniales de las Ordenanzas de Cáceres hasta su versión moderna en los Comités de Defensa de la Revolución.

La vetusta genealogía de la opresión ha generado una igual genealogía ética de la resistencia que dura hasta hoy día por caprichos de la estructura cultural de quienes dominan. Por eso el destierro del poeta Heredia solo es el avance del exilio actual de muchos cubanos; la prisión de Martí se prolonga y continúa presente en Adolfo Fernández Sainz, Oscar Elías Biscet, Héctor Maseda Gutiérrez y tantos otros, y el silencio de Abel Santamaría frente a sus torturadores equivale a quienes no se quiebran detrás de las tapiadas. En la tradición política cubana esto es lo único en verdad que puede ser reconocido como valor ético seminal.

¿Esta tradición ética ha sido abandonada en su largo camino de pruebas? Sin necesidad de encontrar ejemplos y evidencias entre los muertos, hay que decir que sí, en forma absoluta. Osvaldo Alfonso Valdés, entre los vivos, nos aporta una prueba de manual. Reacios a conocernos a nosotros mismos como sugerían los griegos, los seres humanos confundimos el malestar con el coraje y medimos mal nuestra capacidad de resistencia. Eso nos pasa a todos. Quien escribe no está seguro de si será capaz de resistir la prisión, el intento de chantaje o la presión sistemática de la policía política. Razón por la que, llegado el momento, empezaré por imitar al Cardenal húngaro Mindszenty en la víspera histórica de la Revolución de 1956. Al momento de su detención en 1948, el cardenal hizo llegar a la opinión pública internacional un documento explicativo de las razones de su actuación. La razón tercera de este documento decía: “Me negaré a responder al interrogatorio”; pero en la cuarta, aclaraba: “Sin embargo, en el caso de que se leyera o se dijera que había confesado o que había dimitido, e incluso en el caso de que se utilizara mi firma para convencer de la autenticidad de mi confesión o de mi dimisión, pido que se atribuyan estos hechos a mi debilidad humana. Los declararé desde ahora nulos a todos los efectos”.

Si Beltor Bretch sentía pena por los pueblos que necesitan héroes; en Cuba, donde su demanda nunca acaba, se ha sentido siempre pena por los héroes que no se comportan a la altura e inteligencia de su tiempo: quizá porque el mercado histórico tiende a ser escaso en la producción heroica. Por eso siento un respeto político absoluto, independientemente de las diferencias, por todos los que guardan más de un día de prisión sin quiebra y sin queja, por razones políticas o de conciencia, en cualquier cárcel cubana. El espacio mínimo de los héroes.

¿Es criticable abandonar el duro y exigente camino de la ética de resistencia? Depende de los puntos de vista, la formación, la inteligencia emocional y la cultura de los jueces morales. En términos humanos no creo que sea criticable. Particularmente pienso que el rudo código de los héroes es un mal necesario para la emancipación, en países donde la cultura cívica y la autoestima de sus ciudadanos están por el piso. Culturalmente, no me gustan mucho las lides heroicas porque por lo general los héroes que triunfan se sienten moralmente justificados para ejercer todo tipo de tiranías. Basado en estas consideraciones, me cuento entre quienes se abstuvo de criticar a Osvaldo Alfonso Valdés en el 2003 cuando su ostentoso desarme ético continuado.

Mis compatriotas cercanos son testigos de las discusiones en las que hice prevalecer el enfoque humano, el único que importa en el momento en el que las personas destrozamos los restantes papeles que asumimos en la vida. Cuando ya no cabe ningún respeto, siempre nos queda el respeto por los seres humanos. Ese es el que merecía y merece Alfonso Valdés. Poco tiempo después, sentí corroborada mi admiración por la sociedad sueca que decidió otorgarle asilo a este compatriota. Semejante gesto envió un mensaje de humanización política muy necesario, que contrastó con la visión utilitaria del enfoque político estadounidense. Para este, Alfonso Valdés dejó de ser un redituable activo político y no interesaba en lo más importante: la condición humana que produce el totalitarismo, combatido por ese enfoque.

¿Qué me alarma y preocupa entonces en este caso? Me alarma y preocupa profundamente el rearme político de quien se desarmó éticamente. Y no por razones políticas primordialmente, sino por los fundamentos éticos que toda posición pública demanda. Cuando Alfonso Valdés claudicó, y recordemos que lo hizo en público y en privado, envió dos mensajes a todos sus compatriotas: un mensaje malo y un mensaje bueno. El mensaje malo fue: no he podido resistir, el régimen cubano es irrevocable, no hay lugar para la esperanza; en verdad, es mejor no proseguir en su conquista. En contraste, el mensaje bueno fue: yo solo soy una excepción a la ética de resistencia de los cubanos; como antes en la historia, todo puede cambiar; sí hay lugar para la esperanza; se puede proseguir en su conquista pero, y esto es importante, a condición de que mis restantes 74 compatriotas confirmen la regla en la regla misma y no en mi excepción: el único modo por el cual, en Cuba, se cumplirá esta obligada cadena: ética de resistencia-credibilidad de los valores-confianza en las personas-viabilidad de las propuestas-legitimación de la política.

Para que la parte buena del mensaje perdure, no es necesario exigirle a Alfonso Valdés que se comporte a la altura de Maseda Gutiérrez. Solo es necesario que todos los demás mortales, incluido Alfonso Valdés, respetemos la matriz ética que mantiene a aquel en la prisión, consciente de que no defiende solo su dignidad y la credibilidad de sus valores políticos, sino la rica y dramática tensión entre la conducta real de los seres humanos y los códigos éticos que guían y orientan la posibilidad de esas conductas.

Al no destrozar al Alfonso Valdés humano, la cultura política cubana crece en humanización y dice: los hombres son fines; pero esta misma cultura política se destruye cuando intenta el rearme político del Alfonso Valdés éticamente desarmado, diciéndonos que los hombres son medios. El vacío ético esta ahí: no en el abandono específico de la ruta, sino en la pulverización “liberal” de la matriz ética: lo que ha hecho un grupo de liberales, tanto cubanos como suecos, cuando han decidido rearmar políticamente al tipo de persona sin futuro político. De tal modo envían el mensaje a todos los prisioneros políticos, al resto de los cubanos y al resto del mundo de que el vals de las éticas no tiene consecuencias entre sus héroes, de que ya no hay matriz, de que se puede ser ex héroe y participar, junto a los hombres y mujeres que optaron por el sacrificio de su libertad, en la determinación heroica de la democracia en Cuba. Muchos cubanos la queremos sin heroísmos, según el modelo ideal del pensador alemán Jurgüen Habermas: el de unos individuos discutiendo pacífica, sin el ogro policial y racionalmente sus puntos de vista. El gobierno cubano se encarga de recordarnos, sin embargo, que esa expectativa democrática es y ha sido un modelo de alto costo humano. Respetar eso es lo único serio respecto de la Cuba de ayer, de hoy y de mañana: una Cuba de exigencias duras para los luchadores por la libertad. Lo demás es de cartón... no reciclable.

Alain Etechegoyen tenía razón. El respeto al otro es la base de la ética. Las éticas a la carta, una especie de sofisticación innecesaria y de relativización peligrosa, solo adquieren consistencia si asumen ese principio fundamental. Lo que se nos está comunicando exactamente con el affaire Alfonso Valdés es que ese principio fundamental conviene guardarlo en un baúl y botar sus siete llaves. Me sorprenden los liberales suecos.

¿Pero tiene algún sentido político ese rearme político? Desde luego que no. En términos del pensamiento económico actual, muy influido por el liberalismo, esa es una inversión de alto riesgo, sumamente improductiva, sin posibilidad de réditos y nula en valor agregado. La falta de centralidad de la discusión política en Cuba, que incluirá inevitablemente la cuestión de los valores cuando en la discusión pueda participar la mayoría de los ciudadanos, crea fuertes y aromáticas ilusiones en los márgenes en los que desafortunadamente se desenvuelve todavía la política alternativa dentro de la Isla. La pregunta básica que muchos ciudadanos se hacen, toda vez que las ideologías son movedizas, es cómo vamos a entrarle al futuro. Algunos fragmentos débiles en la tradición política cubana asoman una respuesta. La filosofo húngara Ágnes Heller, defensora a ultranza de los fundamentos del liberalismo político, teorizó fuertemente sobre dicha respuesta: la decencia pública; asaltada también, desde otro ángulo, por el mismo grupo de liberales suecos y cubanos. ¿De qué estamos hablando?

Este ángulo es el de la institucionalidad: el desafío más importante, junto al de la tolerancia, que tenemos los cubanos para una democratización realmente exitosa, que es aquella en que los modelos no se identifican con las personas sino con los procesos. En tal sentido la verdad para nosotros es esta: durante los ciento cinco años de existencia de Cuba como república, solo dieciséis lo han sido bajo cuatro presidentes civiles. Durante los otros ochenta y nueve años, el país ha estado controlado por hombres de las fuerzas armadas, o por un régimen totalitario resultado de una revolución militar.

Esta verdad lleva a otra: lo que provocó la revolución cubana poco tiene que ver con las condiciones materiales del momento y sí con la ausencia de sentido institucional y de sólidos instrumentos cívicos. Los cubanos hemos sabido producir, más o menos repartir, pero en ningún caso convivir. La idea de que nuestro subdesarrollo es económico es menos sostenible que la idea de que nuestro real subdesarrollo es político. De ahí la importancia que adquieren en Cuba el campo simbólico de los valores y el campo estructural de las instituciones.

Nuestra historia escasea en ejemplos de sano debate entre diferentes, y de auténtico apego a las normas y reglas de juego que marcan la inflexión necesaria hacia sociedades políticamente civilizadas. La nuestra es más bien la historia de las recaídas cíclicas en las trampas aparentemente fuertes del autoritarismo, los salvadores de cualquier cosa y los revolucionarismos que prometen cambiar todo, para dejarlo todo igual o peor. De 1902 al 2007 –en lo que podríamos llamar la ausencia hacia atrás–, son débiles las tradiciones de respetar nuestra palabra, el valor de las palabras y los pactos. Sin importar el signo de nuestras constituciones –la de 1940 y la de 1992 difieren sin dudas en su letra y espíritu– los cubanos coincidimos sin fisuras, –en un espectro que va de los demócratas a los no demócratas– en el irrespeto a las instituciones y en el desprestigio a la controversia. Nos caracteriza más la política hormonal que la política que nace de la conversación racional y pautada entre iguales. Y la política en toda nación adulta no es otra cosa que el acuerdo surgido de un diálogo entre diferentes dentro de marcos institucionales. Diálogo e institucionalidad son las dos caras de una misma moneda que coloca a las sociedades, no frente a la solución sencilla de sus múltiples problemas y conflictos, sino en el único camino por donde estos pueden encontrar solución posible.

Los autoritarismos y los totalitarismos, sabemos de antemano, no necesitan realmente de la institucionalidad. Pero para quienes nos decimos demócratas, ella es y debe ser un valor supremo. Porque sin institucionalidad –a esto vamos a llamarle la ausencia hacia delante–, no hay futuro para los proyectos, las organizaciones y las naciones. Del mismo modo, no hay futuro para la justicia, los derechos y la tolerancia allí donde no impere su ritmo. Tampoco para la toma de decisiones acertadas, la discusión racional de los argumentos y el consenso en los valores. Sin institucionalidad, no hay espacio para ese estilo de los demócratas que se mueve entre el respeto, la capacidad de escuchar a los otros y la generosidad frente al error. Mucho menos habrá rectificaciones acertadas, reconducción del liderazgo y protección de las instituciones donde ella no controle, reglamente y canalice las pasiones inevitables del debate civil y político. Sin institucionalidad penetran los enemigos de la democracia que prometen cambiarlo todo, excepto a sí mismos.

En dos sentidos fundamentales la institucionalidad es, por tanto, básica para el futuro de Cuba. En términos de nación es decir, de estrategia histórica, la institucionalidad va a ser lo único capaz de reorientar un proyecto nacional tras el colapso definitivo del mesianismo. En términos democráticos es decir, de estrategia política, la institucionalidad será el único instrumento disponible para regular las naturales controversias de una sociedad plural, evitando la quiebra del tejido social, la explosión de los personalismos y la muerte, por segunda vez en cincuenta años, del sentido y la posibilidad de la política. Así la seguridad nacional va de la mano de la institucionalidad por dos vías: seguridad democrática y posibilidad única de reconstrucción histórica de Cuba. La institucionalidad es también un programa político.

Pero resulta que entre la ausencia hacia atrás y la ausencia hacia delante hay algunas sorpresas inéditas, o casi. Tan inéditas que solo conozco tres casos en la historia cultural y política de Cuba. El robo de marcas, instituciones y denominaciones tiene tres únicos ejemplos históricos nacionales. El intento en la década del 40 del siglo pasado de sustituir la Central de Trabajadores de Cuba por lo que se conoció como Central de Trabajadores K, el intento de robo y usurpación de la revista digital Consenso del Arco Progresista –que dejo a un lado porque ya se le ha dado respuesta institucional, a la que sigue una respuesta en el orden legal– y el intento de usurpar a una de las pocas instituciones cubanas, contando las oficiales y las alternativas juntas, que tiene institucionalidad, la respeta, la ha puesto a pruebas normales y ha sido puesta a pruebas anormales, pasándolas exitosamente: el Partido Solidaridad Democrática (PSD).

En el repaso de la historia de Cuba hasta hoy es difícil encontrar más ejemplos. Nada similar en los siglos XVIII y XIX. Tenemos que esperar al siglo XX para encontrarnos con actos de tal naturaleza, en el que destaca de algún modo la historia de Bacardí y Havana Club, que en realidad no tuvo que ver con el continente, la marca o el envase, sino con el contenido, lo que se ingiere; en fin, con el derecho a comercializar la bebida.

En todo esto, el del PSD es el que más me interesa, porque constituye un caso de estudio ejemplar, un caso de laboratorio para verificar cómo se combinan el derribo de la matriz ética, el irrespeto absoluto de la institucionalidad con la ruptura de la tradición liberal, desde el liberalismo cubano.

Esta combinación refleja y produce algo más letal que el irrespeto de la institucionalidad en sí misma. ¿Qué refleja? La capacidad y la legitimidad que creen tener los sentimientos de antipatía por encima de la fuerza y legitimidad de las instituciones. Si no hay comunicación personal, si no hay relación íntima, si se rompen todos los mecanismos que hacen posible la empatía entre personas, ello se transfiere sin mediaciones a la ruptura de los mecanismos que facilitan el intercambio racional de valores e intereses comunes, dentro de un espacio regido por reglas de competencia hechas para iguales y en igualdad de condiciones. Es el triunfo del impulso primario frente al control de los impulsos que está en el origen de las instituciones.

Refleja por otra parte, el vale todo de quienes llegan, sin reglas, a un contexto en el que creen no existen reglas previas, excepto las de su derecho a apropiarse o aprovechar la posición más adelantada para la siguiente conquista de un territorio físico, político o simbólico. De ahí la usurpación de una marca: el PSD.

Finalmente, refleja lo que podríamos llamar una situación preliberal, tal y como podemos hablar de situación predemocrática o precapitalista. Porque asociar todo esto con los fundadores del liberalismo, para quienes el respeto de las instituciones es condición sine qua non de la evolución liberal, es contradecir el liberalismo de lecturas primeras que recomienda, para empezar, un Robert Frost.

Lo que produce es, no obstante, y con perdón de mis amigos del PSD, algo que va más allá de los intereses específicos de ese partido, y que es crucial para nosotros los cubanos: una debilidad estratégica de partida en el discurso global de democratización de la isla. Las democracias establecidas no deberían, pero podrían darse el lujo de ciertos atajos no democráticos para resolver, o pretender que resuelven, determinadas situaciones, siempre que no amenacen los pilares de la sociedad. Pero en democracias por establecer, el fin debe estar bien inscrito en el procedimiento –esa es una condición elemental de todo pensamiento estratégico–, precisamente porque en ellas se camina en dos direcciones al mismo tiempo: en la dirección de resolver una crisis política fundamental y en la dirección de establecer los fundamentos de una sociedad. En ese sentido, los fundadores tienen más responsabilidad con el futuro que quienes les continúan.

Una debilidad estratégica de partida es lo que tenemos en el intento, políticamente inoperante por otro lado, de solucionar conflictos de empatía fuera de los mecanismos institucionales del PSD. Una debilidad contagiosa porque con la mayor tranquilidad del mundo ha recibido el espaldarazo de ciertos medios alternativos y de algún que otro grupo político fuera del liberalismo. Las razones de esto último son estrictamente políticas, están fuera de este análisis, pero expresan cuán precario es el sentido institucional en los grupos alternativos cubanos que se empeñan en el outside, pensando que así se puede ganar un match político inconcebible sin reglas.

El PSD es una institución. Que lo es, está demostrado fehacientemente por el hecho de que no necesitó respaldos externos para legitimarse como tal institución. Bastó con apelar a lo que dicen sus leyes del tránsito liberal, su reglamento interno, y a la búsqueda de confirmación de más de 700 chóferes y viandantes que decidieron respetar dichas leyes, con independencia del amor o el desamor hacia sus líderes. No necesitó ni agazaparse ni construir precoz y precariamente nuevas simpatías políticas que den vida política artificial. Si leí bien la Declaración Liberal de Oxford, la discusión en torno al PSD debería entonces estar cerrada.

No lo está dentro de Cuba, aunque sí en el PSD y para un creciente grupo de organizaciones que ofrecen su respaldo a este partido, pero eso es normal. Quienes me dicen, con pesar o con gusto, que no somos europeos, tienen razón. Aunque reflejan, sin quererlo, cierto auto racismo cultural que también es normal a pesar de nuestro orgullo.

Sí está fuera de mi comprensión la actitud ante el asunto de los liberales suecos. Si es difícil que los cubanos nos europeicemos, debería ser más complicado que los suecos se cubanicen. Al menos, en términos políticos. En política, los suecos deberían comprender a los cubanos, no legitimar sus feas conductas.

Este asunto va más allá, desde luego, de los intereses de los liberales, socialdemócratas, democratacristianos y la larga lista de compartimentos ideológicos. Y va más allá porque compromete los intereses y posibilidades políticas, geopolíticas y geoestratégicas en relación con Cuba. ¿En qué nivel juega cada país, grupo de países o internacional política? Eso es un asunto a valorar en cada caso.

Mi análisis dice que cada país o grupo de países tendrán en el caso de Cuba un papel distinto. Algunos jugarán en el nivel geopolítico y no en el nivel geoestratégico (Estados Unidos); otros jugarán en el nivel geoestratégico y no geopolítico (España), otros no jugarán ningún papel relevante y algunos más jugarán al nivel de lo que llamo geoestrategia de valores. Ahí veo situada a Suecia por su tradición, su imagen mundial, la real orientación de sus intereses económicos y la distancia cultural entre nuestros países. Actuar dentro de esa geoestrategia no es poca cosa. Los valores, en este caso democráticos e institucionales, tienen cada vez una importancia mayor en la configuración del tablero mundial de una época globalizada. La geoestrategia de valores constituye un activo capital para la estabilidad interna y global.

El mejor aporte de los suecos, sobre todo de los liberales –y por razones que no expondré aquí– está a mí entender en el intercambio y estimulo de valores democráticos e institucionales, no en dejarse atrapar por un juego insostenible y de poca monta, en la lejanía de miles y miles de kilómetros de distancia. Precisamente por la lejanía, la garantía del aporte sueco liberal es dormir bien en la distancia con la certeza de que el juego está controlado institucionalmente. De que no hay sorpresas y sobresaltos para el espíritu tranquilo y serio de los nórdicos.

No juzgo la expectativa política de los liberales suecos respecto a Cuba. Por demás, no la conozco y nada tiene que ver con la discusión fundamental ahora mismo. En todo caso, respetarla me parece más importante que compartirla.

Sí creo que la comunidad internacional comprometida con la democratización de Cuba debe identificar tanto nuestras expectativas como nuestras ausencias. Sobre todo, aquellas ausencias que impiden satisfacer coherente y consistentemente esas expectativas. Una de esas ausencias es el sentido de institucionalidad que los liberales suecos tienen y saben que es fundamental para todas las sociedades. Estimular a las pocas organizaciones que en nuestro país han hecho una apuesta seria en este sentido, en contra de nuestra propia tradición política, es contribuir a la democratización de la isla de una manera perdurable y realmente estratégica. La opción ahí está definida, afortunadamente, en los trece años del Partido Solidaridad Democrática y en la Convergencia Liberal. ¿Hay alguna otra opción en el horizonte? Yo apuesto en la lotería sueca.

12 de septiembre de 2007


 


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