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Preso por un chicle
03-09-2007, Tania Díaz Castro

Bajo el régimen de Fidel Castro la prisión ha sido el segundo hogar de los cubanos, y son muchos los que han sido enviados al "tanque", como se dice en el argot popular, por cualquier motivo insignificante.

Juventino Díaz, un repatriado que vivía en calle 27 No. 72 , en el Vedado, cumplió tres años de prisión porque manifestó en una cola de la heladería Coppelia que sólo en el socialismo había que esperar dos horas para comerse una bola de helado.

En los años sesenta, la popular pareja de cómicos Los Tadeos conocieron la prisión cuando, luego de que el gobierno anunciara que los entierros serían gratuitos en Cuba, soltaron el chiste de que el colmo de un gobernante era matar al pueblo de hambre y ofrecerle el entierro gratis.

Muchos cubanos han ido a prisión por comentar que se irían clandestinamente del país.

Por estos días tenemos el caso del colega de la prensa independiente Santiago du Bouchet, a quien le piden tres años de cárcel, acusado de robar a una señora un pañuelo autografiado por Fidel Castro en los años sesenta.

Por último, está el caso de Yan, quien a finales de la década del ochenta estuvo dos días en un calabozo de la policía por tener un chicle. ¡Sí, un chicle! Entonces tenía quince años, y me cuenta que fue preso cuando el jefe de la policía de su barrio le preguntó de dónde había sacado el "chicle yanki" que masticaba.

El chicle, derivado del árbol chicozapoteque que según descubrimientos arqueológicos, tiene más de cinco mil años de antigüedad y sirvió incluso como antiséptico para tratar infecciones de encías, fue visto por la nomenclatura castrista como un subversivo símbolo del enemigo imperialista.

El chicle desapareció del mercado nacional, así como gran parte de los productos de primera necesidad, poco después del triunfo de la revolución. Paradójicamente, aunque para el gobierno el enemigo siga siendo el mismo, hoy pueden comprarse chicles en cualquiera de las tiendas que venden en moneda convertible.

Aquel dichoso chicle, recuerda Yan, fue la prueba del delito. Un rato antes había compartido en una casa con unos amigos y un matrimonio francés le había regalado una caja con doce chicles marca Adams. Del bolsillo, el policía le sacó la caja y se la restregó rabioso por la mejilla, diciéndole: "Yo sé que andas con extranjeros muchacho, es inútil que lo niegues".

Yan vive en la zona Micro 10 de Alamar con su esposa, se ha hecho cristiano y se dedica junto a su suegro a la pesca particular y venta de pescado a la gente del barrio. Es un joven de treinta y cinco años que tuvo la suerte, me dice, de no haber tenido ningún contacto con la vida militar; jamás ha tenido que matar a nadie.

-Gracias a Dios pude escapar de lo más malo de este país: la guerra en otros países.

Me cuenta que ha visitado la prisión un montón de veces, pero por boberías. Insisto en conocer esas boberías y responde:

-La primera vez fue por el chicle, luego por vender un par de tenis en un parque, unas tijeras, por tener unas monedas norteamericanas en el bolsillo, y otras cosas que se me han olvidado. Pero lo que nunca olvido, créame, es aquel policía que me pasó con rabia la caja de chicles por la cara.


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