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Basado en hechos reales
17-08-2007, Juan Carlos Linares Balmaseda

El dinero -como dice el dicho- no puede comprarlo todo. Sin embargo, difícilmente a alguien se le antoje ser el propietario de todo, mucho menos a un cubano cualquiera que para raspar unos pesos y subsistir tiene que hacer malabares.

Cuenta una vecina que una tarde, mientras esperaba el ómnibus en la parada de Alamar junto a un numeroso grupo de personas, se les aproximó una moderna ambulancia de los Servicios Intensivos de Urgencia Médica (SIUM). Ya estando al lado la SIUM, se abrió la puerta trasera y el camillero desde su interior pregonó: “20 pesos a La Habana”. Los que cupieron hicieron un viaje de “urgencia” con sirena y todo. El camillero, solo abrió la boca una vez para justificar que hacían eso “porque el almuerzo del hospital estaba tan malo que no hubo ni diablos que se lo comiera”; ni ellos tampoco.

Quienes crean que con los muertos se acabaron los inventos están en un error o no son cubanos auténticos. Un domingo reciente, cierto carro fúnebre venía esquivando los baches por las entrecalles con su parte trasera casi rozando al piso. Las interrogantes de los curiosos que miraban crecían por segundos, porque resultaba imposible que, independientemente de la masa corporal del occiso, su peso derrengase tanto la amortiguación del vehículo. Salieron de dudas cuando el carro fúnebre frenó frente por frente a la casa del testigo presencial -cuya dirección no revelaré ni aunque me torturen-, quien narró los acontecimientos así: “Del lugar donde debía haber un sarcófago comenzaron a salir sacos de cementos y cubetas de pintura”. Era una “movida” habitual.

Igualmente las reglamentaciones irracionales crean un espacio para los cambalaches. Muchos dueños de motocicletas que en cuya propiedad dice: moto con sidecar, por más que quieran no pueden separar el sidecar de la motocicleta. Violaría una reglamentación del tránsito. Lo mismo ocurre con los propietarios que tienen motocicletas inscritas con la categoría de moto de paseo. No pueden instalar sidecar. ¿Qué como resuelven? De la única forma posible: sobornando.

Nada distinto acontece en la mayoría de los preuniversitarios capitalinos. Allí los alumnos menos aplicados saben que para aprobar un examen final deberán pagar veinte o veinticinco pesos convertibles (fulas) a sus profesores, generalmente los graduados de nueva generación, y por una buena nota en los exámenes intermedios: cinco fulas o el equivalente en regalos.

En las prisiones capitalinas por una litera, ciertos carceleros cobran a los reclusos comunes algunos fulas, y un pase para visitar la familia vale 50 fulas.

Hay en Marianao una cervecería estatal que expende un líquido al que todos le llaman cerveza dispensada. Al igual que todas las cervecerías del país, la mayor parte del tiempo no se vende nada, y las veces que se vende, será cerveza bautizada con espuma, es decir, poco más de media jarra con líquido y el resto con espuma. Pero lo especial en este establecimiento es que debe empeñarse el carné de identidad en calidad de depósito para evitar los robos de las jarras. El negocio se mantiene gracias a que las jarras las compran los mismos empleados. Dicen las malas lenguas que la cerveza también.

Y eso no es nada, todavía quedan peores historias que contar sobre baja remuneración y alto coste de la vida. Con razón una amiga ve paralelismo entre salario estatal y ciclo menstrual: “ambos me duran”, dice ella, “cuanto más una semana, y después se me pierden hasta el otro mes”.


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