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PAISAJES SURREALISTAS
17-08-2007, Jorge Olivera Castillo

En la calle Amargura, hay unos muchachos que retozan, se divierten sobre una “chivichana”. Este es un artefacto hecho de unas tablas viejas clavadas encima de un soporte que a la vez sostiene unas ruedas metálicas pequeñas con el moho a la vista. Es un juguete, un medio de locomoción en permanente disputa. Todos quieren montarlo y deslizarse calle abajo dando rienda suelta a la euforia y a unas alegrías que parecen auténticas.

No hay nada amargo en las emociones de los infantes. Están visiblemente en la órbita de las alegrías. Con el torso descubierto y ataviados con unos pantalones que invitan a una expresión de consuelo, permanecen anclados en un sosiego que hace olvidar la aflicción de un amanecer sin leche y quizás un mediodía sin un almuerzo decente.

Ellos hacen catarsis con unas locas travesías sobre baches y lagunas con aguas inmundas. Se salpican y no les importa. Realizan giros bruscos que los lanzan al pavimento, se golpean y ríen. No son locos, ni sufren otras anomalías del cerebro. Es sólo parte de su hábitat. Gozan a su manera en esas franjas que la miseria les proporciona.

No saben de nada más allá de su inocencia y de un Sol que tuesta su piel sin piedad. En las inmediaciones de la acera hay un cartel con un slogan que imita una sonrisa sardónica. “De victoria, en victoria”. Yo percibo el sonido de la carcajada, el fragor de la insolencia en esas cuatro palabras. Los muchachos sudorosos y envueltos en una capa de churre no se dan por enterados. Su conciencia ha encallecido. Son demasiadas las fricciones de sus precariedades. Es preciso entender su indiferencia, su enajenación por ahora leve y que llegará a ser densa, muy densa cuando sean adultos.

En las cercanías un anciano sale al balcón, es el primer piso, el único, de una edificación que se sostiene con tres troncos de madera y otro de milagros. Hace años que resiste ciclones, chubascos ocasionales sin capitular, pero la imagen es tétrica.

En el frontal superior un par de grietas dan las coordenadas para pronósticos de muerte súbita. Más abajo, un árbol de mediana estatura rompe el equilibrio del balcón con unas raíces largas y nervudas.

Los huéspedes no se limitan al hombre septuagenario, me entero que también conviven una pareja y su hijo menor de edad.

No se les notan rasgos que indiquen temor. Hay hasta un cordel con algunas ropas escurriéndose después del lavado y un desenvolvimiento que dicta una naturalidad insospechada.

El diseño se moldea al ritmo de las condiciones meteorológicas. Ahora la curva es más pronunciada. La misma que anuncia un derrumbe en cualquier momento.

La casa es en sí un monumento a la casualidad. A pesar de su inclinación hacia la calle que recibirá, tarde o temprano, los escombros, está ahí incólume cumpliendo la orden que reza en un centro laboral aledaño: “Somos invencibles”.

Seguramente lo escribió un miembro del partido comunista negado a ver el desastre del entorno, la tragedia de una familia que se juega la vida dentro del tugurio.

Para colmo la calle se conoce por Luz. Otra sinrazón, una incongruencia con la fuerza de una bofetada. ¿Acaso puede haber tan siquiera destellos en un sistema que agoniza?

Tales estampas del desamparo cobran vida en la Habana Vieja. Un sitio conectado a la musa que alumbraba a Picasso y a Dalí.

Los trazos de este surrealismo definen un estilo propio. Podría catalogarse de renovador, intenso, legítimo.

Miles de sus habitantes pintan con sus percances obras que ilustran un universo que tiene de arte y de muerte. Dos instancias presentes en el decursar de un gobierno con una eficacia, fuera de dudas, para reproducir atmósferas turbias como las que preceden a los derrumbes del alma, de la fe, de una casa y de las ilusiones.


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