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La Soledad del corredor de fondo
04-08-2007, Jesús Laó

En tanto que Desiderio Navarro y Amaury Pérez Vidal, entre otros artistas e intelectuales, han replicado atacando a Soledad Cruz por su pasado de oportunismo y adhesión incondicional al régimen, un representante de la nueva generación crecida durante las penurias insoportables del Período Especial acoge las críticas de la ex embajadora castrista en su polémico artículo, pero les da un alcance mayor, hablando más en nombre del pueblo y de los jóvenes sin futuro de la Cuba actual.

El artículo “El revolucionario riesgo de la verdad”, de Soledad Cruz, publicado recientemente en la website “kaosenlared” y circulado ampliamente entre nosotros vía email, como todo escrito polémico y sanamente provocador, máxime si ve la luz en tiempos tan difíciles como los que vive Cuba ahora mismo (justamente los que generan ese tipo de periodismo, imposible de ejercer en la prensa oficial cubana), ha traído reacciones tan diversas como contradictorias, pero no ha dejado indiferente a nadie.

Como sólo tengo 25 años, enseguida pregunté a mi padre (también vinculado al mundo de la comunicación social) sobre la autora, y lo que me informó fue poco después corroborado por mí en una visita a la biblioteca: se trata de una periodista cultural que hizo época en los ya lejanos años 80 en el periódico “Juventud Rebelde” justamente por la agudeza y la audacia que el artículo en cuestión revelan.

Si bien se movió sobre todo en las áreas de su especialidad (los medios, el teatro, la cultura en general), los escritos de Soledad devinieron más de una vez encendidas polémicas; cierto que se encuentran también banalidades (como una risible reyerta en torno a la cantante Rebeca Martínez, o si era legítimo o no que Amaury Pérez usara aretes) pero en sus mejores momentos, que no fueron pocos, Cruz trascendió la mera reseña para rozar ingentes problemas sociales de la cultura, y movió las aguas de la opinión pública en una sección destinada al diálogo llamada “Por el ojo de la aguja”.

Justamente esa actitud combativa y crítica (de esto sí no me enteré en la biblioteca) catapulteó a la periodista al para ella ajeno campo de la diplomacia (fue embajadora de Cuba ante la UNESCO), pero al regresar, encontró que la Cuba cómodamente socialista (pese a todos sus problemas) sobre la que ella escribía e invitaba a responder, era otra: Período Especial, base capitalista sobre estructura del otro sistema, dolarización, abismos sociales...

Y claro, una “lengua viperina” como ella, si bien siempre identificada con el sistema, no hacía mucha gracia: la enviaron (para no hacer el cuento largo) a su casa a escribir un libro con el sueldo del periódico, y así, tras varios años en este oficio no dudo que riguroso y laborioso, pero ajeno a las “mareas” de la opinión y sus reflujos, Soledad Cruz se nos aparece con el artículo de marras, en un estilo aún más afilado y energético que en sus comentarios de otrora.

Yo soy de los que aplaudo la movilidad en las ideas, desearía incluso que no en un website al que (sabemos) la mayoría no puede acceder, ni a través del correo electrónico del que la mayoría carece, sino en las páginas de nuestros principales periódicos y revistas (perdonen si les sueno al Thomas Moro de Utopía) se publicaran artículos como “El revolucionario riesgo de la verdad”, de Soledad Cruz, pero justamente haciéndole honor a ese sano espíritu polémico que ella mismo ejecutó y sembró en los 80, voy a disentir de algunas de sus reflexiones.

La autora sin dudas pertenece a la clase media, y desde ese estrato reclama, exige, sugiere. Ello en sí mismo, nada tiene de objetable, como quiera que la gran mayoría de la intelectualidad cubana (al margen de sus militancias y credos políticos) integra ese grupo social, pero vamos, una mirada realmente abarcadora, objetiva de una periodista que como todos (también al margen de militancias y credos políticos) anhela los cambios que mejoren la vida del cubano (todo) debiera pensar y escribir un poco más amplio, y sobre todo, un poquito más “abajo”.

Soledad habla de quienes no pueden traspasar su carro, venderlo en buena lid a los que tengan la posibilidad de mantenerlo mejor , pero olvida a los millones que no pueden hacer tampoco nada con el auto porque simplemente no lo tienen, y por ello deben esperar horas ante una parada donde no pasan guaguas o las contadas que lo hacen están repletas y no paran, y deben entonces, o caminar cualquier cantidad de cuadras, o gastarse sus contados pesos en los almendrones que, cierto, son caros y desconsiderados, pero son, y al menos permiten llegar al trabajo o al cine a tiempo, o regresar a casa tras varias horas de infructuosa espera en las henchidas paradas.

Habla también la autora de quienes no pueden hospedar en sus casas a amigos extranjeros si no es con un difícilmente alcanzado permiso, ignorando a quienes aún cuando lograran la dichosa licencia no pueden hospedar a nadie pues no se “hospedan” siquiera a sí mismos: no tienen casa, viven agregados, hacinados o ilegales (como la lamentable realidad que denuncia el reciente documental Buscándote Havana).

Se refiere Cruz al no menos triste hecho de aquellos que teniendo CUC no pueden reservar en un hotel, pero yo hubiera aludido, mejor, a los miles de miles que no a un hotel, de ninguna estrella ( en “ una pieza, una mínima pieza y no una pieza colosal”, que escribiera Guillén en su inolvidable poema “Tengo”) sino a un humilde restaurant donde ir con la novia, los amigos o la familia, porque los pocos que existen en MN protagonizan eso que llaman “chiste cruel”: si un plato fuerte vale de 30 a 60 pesos cubanos, cuál es la diferencia real entre esos y los otros, los inaccesibles de la “otra” moneda, tan nuestra y tan ajena, tan cercana y a la vez lejana.

O ver a una policía inflexible, que, claro, cuida de la delincuencia y todo eso, pero detiene y exige constantemente el carné a jóvenes bien vestidos, normales, que a la legua cualquiera puede identificar como personas decentes, entorpeciendo su tránsito normal por la capital. El otro día, por ejemplo, quedé con un amigo y su novia para, junto a la mía, vernos en casa e ir al cine, pues bien: esos dos jóvenes, estudiantes ejemplares, correctos, de apariencia personal nada “sospechosa”, llegaron una hora después pues un obstinado miembro de la PNR los detuvo durante todo ese tiempo y de nada bastó mostrarles, además del carné de identidad a tiempo y en forma, sino el otro, de la Universidad, conversar con él de la mejor forma (ajeno, claro, a todo tipo de diálogo), etc: se les dio el tratamiento de cualquier ladrón o asesino, confrontando sus datos en la planta, aislándolos del resto (sólo faltaron las esposas) . El muchacho, a propósito, es negro, pero esa no es la noticia: según me contó, el policía también. Y otra noticia mejor es que este policía terco e irrespetuoso, abusador del poder que irresponsablemente han puesto en sus manos, dista mucho de ser la excepción.

Si por una casualidad, el joven paseante es del interior, los trámites para poder pasear libremente por las libres calles de un país libre, estar una temporada en casa de un familiar o amigo habaneros, o simplemente, conocer la capital, son más engorrosos y kafkianos que los que se requieren para salir del país (y mira que esos lo son). No digo que algunos vengan también con otras intenciones, pero vamos, ¿por qué meterlos a todos en el mismo saco? ¿Y los buenos jóvenes de provincias que estudian y trabajan, por qué deben recibir el trato de los que vienen a delinquir o a ejercer la prostitución?

Esas molestias cotidianas de que habla la articulista, y otras muchas que ignora, cuyos autores no son precisamente los imperialistas con su consabido bloqueo, resultan mayores, dobles, incalculables, para la gente de a pie, sin casa, sin dinero que, no hay que decirlo, no son precisamente la minoría.

A pesar de estos detalles, saludo a Soledad con sus serias y agudas reflexiones: no está sola en su carrera, en la de tantos que deseamos lo mejor para este país hermoso pero difícil que habitamos, que sufrimos y amamos día a día.

Escuché decir también que en ciertos círculos, altos por cierto, este artículo no había caído nada bien, pero que en vez de analizar lo que dice, cuestionaban el objetivo y la actitud de quien lo escribe: que si es oportunista, que si “enviado”, que si ella ahora reniega y busca “méritos” para el futuro...

No lo sé ni me interesa, no conozco personalmente a la autora, ya lo he dicho, sólo sé que su prosa transpira honestidad y buena voluntad, y esto es lo que vale, pero si así no fuera, uno de los sabios, no recuerdo si Séneca o Lezama, afirmó que lo importante no es el arquero sino la flecha, y la de Soledad Cruz, claro que sí, ha dado en el blanco.


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