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Lo malo que pueden ser los hombres
15-09-2006, Norberto Fuentes

José A. Blanco, quien alcanza los grados de coronel del Ministerio del Interior y a quien todos llaman 'Lingote', se las pasa inventándole casos a Fidel. Fidel necesita crear un caso y 'El Lingo' se lo inventa.

Basta con cogerte en un delito. Puede ser una nimiedad. Una libra de carne de contrabando es suficiente. Ahí empiezan a complicarte la existencia. Tú por salir de la presión, aceptas cualquier cosa. Sobre todo si te atrabancaron y estás en el Centro de Instrucción.

Los plantados. Nadie lo recuerda. Todo Miami está lleno de plantados. Todos en Miami se quieren hacer los guapos y todos tienen los techos de vidrio y por eso mienten.
Comienzan a ser chivatos y luego necesitan seguir siéndolo. Es un mecanismo de defensa. Mientras más compañeros de lucha (de la contra, se entiende) contribuyas a enviar para el talego, más se eterniza el régimen y la posibilidad de que los archivos se desempolven se vuelve remota.

Cuando yo veía a 'Lingote', uno de nuestros héroes, me decepcionaba de la raza humana, porque sabía hasta donde podía llevarles.

El héroe prototípico de Miami se decepciona posteriormente de lo malo que ha podido ser, pero ya está embarcado y acude al oficial de la Seguridad que lo atiende cuando lo necesita. Si ibas a cumplir 40, te fuiste con 10. Por lo menos eso.

Abilio Díaz Abascal, un viejo comunista de la tropa de Leonel Soto, Alfredo Guevara y Flavio Bravo, era anestesiólogo y después se metió a Psiquiatra. Tuvo una bronca con Ramiro Valdés y no podía entrar al Ministerio del Interior. Había renunciado a ser jefe médico del Minina y un día, el Miguel el Tuerto —dejándose guiar por un manual que le habían traído de España— hipnotizó a un montón de gente en Villa Marista (el Centro de Instrucción principal) y luego no lograba virarlos para atrás. Fue a buscar a Díaz Abascal y hubo que darle la coba para que ayudara a regresarlos. Era una docena de presos contrarrevolucionarios y todos estaban en Babia, en una especie de levitación mental, y por lo que se apreciaba en sus apacibles sonrisas, colmados de felicidad. Díaz Abascal no llegó a presentarse en Villa pero le dijo al Tuerto cómo sacarlos de la hipnosis. «Éntrales a bofetadas. O pónganle los huevos en un vaso con hielo.» Eduardo el Loco, uno de los Jefes de Villa, decía: «Miguel, coño, saca a esa gente, que mira que está aclarando.» Como si la hipnosis fuera nada más que una cosa de por las noches.

Abascal era el que sacaba a los locos del Hospital Naval y los ponía a marchar y a cortar hierba, todos armados con machetes. Oficiales y soldados que estaban 'quendis'. Orates. Locos de a viaje. Por cierto que Eduardo el Loco fue a dar a los pocos meses al CIMEX, la clínica de los dirigentes, porque le dio un infarto. Allí se puso a hacer planchas al objeto de mantenerse en forma y al segundo envión quedó.

Deja que te atienda Abascal, que si matas a alguien, no tienes problemas. Era algo que se oía decir. Él te inventa una situación. Locura temporal para empezar.

Su gran competencia era el comandante Bernabé Díaz Ordaz, el director del Hospital de Psiquiátrico de La Habana. Se dio electroshock él mismo. Muchas veces. Probar la eficacia del método, decía.

Todo en nombre de la lucha. Traían hierbas y mezclas naturales alucinógenas para enseñar a los agentes a resistir los interrogatorios de la CIA. Los compañeros preguntaban, no obstante, ¿cómo obtener las hierbas si habían caído presos? Si por lo menos se pudiera hacer cocimiento y que durara en el estómago mientras transcurriera la misión…

Ensayaron las pócimas con namibios. Por lo menos eso contaba 'Lingote'. Todo tipo de medicamentos con ellos. Cuando se desahuciaban, los devolvían a Namibia, para que los soltaran en la selva y se los comieran las fieras. 'El Lingo' decía eso. Que los mandaban de bisté.


Publicado en la página Medicina Cubana, del Dr Eloy A. González


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