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UNA PRESIDENCIA SIN DECENCIA
29-07-2007, Rev. Martín N. Añorga

Fue el tirano Castro el que inició la deplorable costumbre del insulto grosero, agresivo y cobarde. Años después se ha coronado el presidente venezolano Hugo Rafael Chávez y Frías como el sucio heredero de tan denigrante práctica.

Para asomarnos un poco al carácter de Chávez hemos leído algunas de sus biografías. Nos llama la atención el hecho de que fuera asistente, en los días de su niñez, de los sacerdotes católicos en la prestación de los servicios religiosos de la iglesia. En esto tiene cierta analogía con Castro, el que fuera alumno de las más prestigiosas instituciones educativas católicas de Cuba. Ambos crecieron en el marco de la fe, y ambos se han convertido en enemigos acérrimos de la religión en la que crecieron.

Chávez se inició desde joven en la carrera militar, y su carácter impetuoso, autoritario y violento le fue abriendo caminos, de tal manera que alcanzó altos grados. La culminación de su soberbia se puso de manifiesto después de haber fundado en el año 1982 el Movimiento Boliviano Revolucionario (MBR200), bajo cuyos auspicios, en 1992, intentó un golpe de estado para derrocar al entonces presidente Carlos Andrés Pérez.

Después de breves años en la cárcel volvió a la libertad con una falsa etiqueta de héroe y ascendió en 1998 a la presidencia de su país, usando como camino el proceso del voto. Ha sido reelecto en las elecciones de los años 2000 y 2006, y se halla ahora en el proceso de imponer un cambio constitucional que le permita ejercer el cargo de forma permanente. Se trata de un dictador con “visa” de legalidad, incrementando su poder por medio de la propuesta del socialismo del siglo XXI.

A medida en que Chávez ha fomentado su autoridad por medio de arbitrarias “nacionalizaciones” de empresas que contaban con capital extranjero, entre éstas la del petróleo, la que ha usado como tarima para intervenir en casi todas las naciones del hemisferio, y ha ido reformando su gobierno para insertar en posiciones legislativas y de justicia a personas que les son irrestrictamente afines, su personalidad se ha ido revelando como la de un tipo descortés, de malos modales, vulgar en el habla, pretencioso, mordaz y tiránico.

Chávez no admite opiniones contrarias a la suya, se ha intoxicado con el mito de que es infalible, y no accede al derecho de otros a ser diferentes. En Venezuela, donde le sobra el poder, sus armas son la destitución de oponentes, el despido de adversarios, la amenaza para los que pretendan levantar sus cabezas y la estigmatización pública de los que se atreven a retarlo. El uso del insulto provocador es su arma preferida, a sabiendas de que en su propia tierra van escaseando los que se le rebelan.

Pero como pasa con los dictadores, Venezuela, a pesar de grande y rica, le queda estrecha, por lo que procura Chávez extender su poderío más allá de sus propias fronteras. Sueña con una alianza americana que se someta a su poder, compra adhesiones con la negra moneda del petróleo e intimida a los que no aceptan sus imposiciones. Alan García, por ejemplo, por haber sido electo presidente del Perú, derrotando al “comunischavista” Humala, ha sido objeto de sus más mezquinas diatribas. También el congreso chileno ha sido vilipendiado con las más soeces palabras del megalómano dictador, y aún gobernantes mesurados en su distanciamiento, como el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula de Silva, no han escapado a su agresividad verbal.

Chávez ha insultado reiteradamente al presidente de México, Felipe Calderón Hinojosa y al de Costa Rica, Oscar Arias. Al de Estados Unidos, George W. Bush , ha llegado hasta la osadía de llamarlo “diablo: “genocida” “alcohólico” y “criminal”, entre muchas otras miserables impertinencias. Para él son intocables los que se le pliegan. Ama a Fidel Castro, exalta a Néstor Carlos Kirchner, de Argentina, y abiertamente apoya a la esposa de éste, Cristina Fernández Kirchner, que aspira a la presidencia en sucesión de su marido. A Juan Evo Morales Ayma, sexagésimo presidente de Bolivia y el primer indígena en alcanzar la posición, lo llama “el héroe que ha terminado con cinco siglos de explotación foránea en su país”. Cuesta caro comprar los aplausos de Chávez.

Hay que salirle al frente a Chávez, tal como ha hecho Rodrigo González Fernández, director de la sección jurídica-informativa del gobierno chileno, haciéndole saber al neo dictador “bolivariano” que el Senado de la República de Chile, presidido por un ex presidente de la República es una institución a la que hay que respetar y que, por lo tanto, exige una rectificación - que no va a llegar – de parte del gobierno venezolano. No son más que palabras; pero de mucho peso, las pronunciadas por el senador Eduardo Frei, presidente del organismo: “Como presidente del Senado quiero expresar mi más categórico rechazo a las expresiones del señor Chávez, descalificaciones e insultos que no vamos a aceptar como Senado de la República”.

Pudiéramos continuar mencionando los conflictos, producto de su enfermiza locuacidad, en los que se ha internado Chávez con gobernantes, diplomáticos y políticos de muchos otros países libres del mundo; pero vamos a referirnos ahora a su ofensiva en contra de la Iglesia Católica y sus dignatarios oficiales.

Chávez tuvo la irrespetuosidad de llamar “payaso imperialista” al cardenal de Honduras, Rodríguez Madariaga. “Se trata de otro loco más, ahora vestido de cardenal”, insistió Chávez. “Las palabras del señor presidente – respetan al que no respeta -, son desafortunadas, son un insulto irreverente a nuestro Cardenal”, dice un comunicado de prensa de la iglesia hondureña, firmado por el funcionario Ricardo Benegas.

Las manifestaciones despreciativas de Chávez han ido más allá de la jerarquía cardenalicia de la Iglesia. Han llegado hasta el Papa. La ocasión en que hizo una visita oficial al Vaticano y fe recibido en audiencia por S.S. Benedicto XVI, fue aprovechada por el iconoclasta venezolano para afirmar en una conferencia de prensa que “el Papa era un aliado del imperialismo déspota” y que no reconocía que la pobreza en Venezuela, “un país rico en petróleo, pero lleno de pobres” se debía al capitalismo”.

Recientemente Chávez llegó hasta la osadía de exigir a Joseph Alois Ratzinger, teólogo alemán devenido en el Papa Benedicto XVI, que se excusara “ante los pueblos indígenas de América por la imposición por la fuerza del cristianismo, aliado a los colonizadores, que tantas vidas costó en el continente”.

Si agresivo ha sido Chávez con la iglesia en otros entornos, mucho más rudo e insolente ha sido con la iglesia en su propio país. El Cardenal venezolano Jorge Urosa ha sido blanco de los más envenenados dardos de parte del mandatario Chávez. “Lenguaje grosero, procaz e insultante”, así lo ha calificado el arzobispo, monseñor Roberto Luckert, el que añade que “está acostumbrado al comportamiento insultante y grosero de Chávez”.

De las agresiones verbales de Chávez a su vecino, el presidente colombiano Alvaro Uribe, no se ha escapado la jerarquía católica, a la que increpa por no haberse integrado a la lucha terrorista de las guerrillas del sufrido país suramericano.

Chávez desacredita la posición que ostenta como presidente de Venezuela. Ha descendido a los niveles albañales en sus críticas, insultos y desmanes. Para muchos, ignorarlo es la salida airosa; pero nosotros creemos que a un individuo de su calaña no puede obsequiársele con la indeferencia. A Hugo Chávez y Frías hay que enfrentarlo, ponerlo en su lugar. Con una fiera no se convive: se la domestica y se destruye. No hay más opciones que éstas.


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