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La Habana
29-07-2007, Yosvani Anzardo Hernández

“Visitar la capital es una acción de pezones para`os”, es lo que dice Mireya, una trigueña de ojos fieros que te para las intenciones con la mirada, con la facilidad con que la muralla del honor enfría los bajos instintos. Para ella tal vez fue excitante, aunque asegura no tener nada nuevo que decir del viaje como tal, pues esas odiseas ya se conocen, no obstante aprendió mucho sobre la realidad de su país.

No es la primera vez que la visita, porque en verdad ella nació allá, luego el padre se mudo para Holguín provisionalmente por cuestiones de trabajo, pero ya saben, aquí lo provisional es permanente. Provisionalmente se quedaron a vivir y luego el viejo, que antes fue provisionalmente joven, murió, y eso sí que no es provisional, en fin, a la joven hembra le gusta la ciudad, hay muchos lugares donde te puedes divertir.

Si tienes dinero es fabulosa, vas a buenos restaurantes y hasta a lugares exclusivos y si no tienes, no pasa nada, con una botella no importa de qué, pasas la noche en el malecón, además si vives en la ciudad te mueves en bici-taxis, claro que hay que acordar previamente los precios con ellos o te clavan... los colmillos por confia’o.

Pero esta vez fue distinto, siempre vio la ciudad bella. De pronto, ¡que casualidad!

– ¿Luisito, tu aquí y manejando un bici taxi?”

Él, también es holguinero, le contó su historia y como por arte de magia, la otra ciudad apareció ante sus ojos, es la misma pero no es igual, por primera vez le dolió las ruinas de siempre, los escombros y los vertederos, las aguas albañales corriendo por las calles como arroyos fétidos nacidos en las entrañas de la gente, las aguas blancas goteando en algunas esquinas, las señoras negras recogiendo latas en el malecón, los señores negros esperando frente a ti que termines tu cerveza para llevarse la botella vacía, los negros señores de piel blanca o desteñida que circulan en autos de chapa blanca, siempre muy concentrados, descaradamente importantes.

Luís le contó: –Duermo en un gavetero. Son casas que tienen empotradas en las paredes camas de hormigón armado, nos las alquilan por ocho horas, en esas casas nos lavan la ropa y hasta podemos comer, claro si pagas, también dejamos nuestras pertenencias que siempre son pocas, es una solución para nosotros los orientales mientras estamos aquí, y ganamos algo para mandarles a la familia, rodamos más que la romana del diablo, ¡pero vivimos coño!, y no nos dejamos morir... sí, a veces, de vez en vez, cuando la desesperación puede más.

Mireya aprendió tantas cosas que prefirió no contarlas. Luego decidió no sufrir el regreso, por esta vez podría pagar el pasaje en avión, que cuesta casi lo mismo que un sueldo básico.

En el aeropuerto internacional José Martí quiso ir al baño, a la mujer que cobra la entrada le dio un peso moneda nacional, la “compañera” sin mirarla le ladró: – ¡Por allá! –y le señaló con la pata, no había que entrar para saber que la cloaca inspiraba respeto por la suciedad, entonces le dio 25 centavos en CUC, la “señora” la miró, le entregó una servilleta y le indicó amablemente con la mano el baño de al lado, limpio y oloroso.

Esta mujer joven por vez primera comprendió lo que mis hijos ya saben, para ellos la moneda nacional es dinero de comprar maní y el CUC es el dinero de tienda y este otorga poderes impresionantes.

Mis monedas no valen porque son el fruto de mi trabajo, las del estado sí porque también son el fruto de mi trabajo y al final las dos monedas son de él, ¿y nuestra?, nuestra es sólo la esperanza.

*Agencia de prensa Jóvenes sin Censura. Diseminado por Payo Libre


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