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VERANO MORTAL
27-07-2007, Jorge Olivera Castillo

Caen de súbito. Palidecen entre sudores y resuellos que denotan los síntomas de una fatiga. El Sol ahora es un horno que cuece todo con puntualidad inglesa.

Ha llegado el verano a Cuba para adosarle tensiones al ambiente, de por sí cargado de desventuras.

Abatidos en el asfalto, decenas de personas, a diario, muestran las consecuencias de una precaria alimentación, también padecen los efectos del constante vagabundeo derivado de la supervivencia.

La gente sale a “luchar” lo que en la isla se traduce en la búsqueda de los requerimientos básicos para el sustento. Lo hacen, regularmente a pie sin la debida hidratación. Algunos evitan beber refrescos y pócimas hechos con aguas de origen desconocido.

Tanto en los escasos negocios particulares como en las instalaciones del estado la protección al consumidor es algo abstracto. Se menciona, existen carteles que enfatizan sobre el tema, pero administradores y empleados continúan en sus transgresiones sin que les importe mucho la salud de los clientes.

Son propiciadores del parasitismo, terroristas de las vías digestivas, paladines del mal servicio y entusiastas practicantes del fraude. Timan y enferman a potenciales usuarios. Por eso la preferencia por esquivarlos, aunque a menudo se sucumbe a la tentación del pan viejo y la croqueta refrita, la fritura grasienta y un líquido dulzón y turbio que calma la sed, pero lo saludable queda bajo signos de interrogación.

Ancianos y mujeres embarazadas, se desploman en las inmediaciones de las charcas de inmundicias, entre las columnas de las viejas edificaciones que llevan por pintura una capa de churre con tendencia a la eternización. Otros se derrumban a pocos pasos de los escalones del ómnibus. Se apean bañados en sudores. Están marchitos y como extraviados en cavilaciones sobre un viaje que tiene de épico y de trágico.

Se desvanecen de súbito con un sonido que causa estremecimiento y despierta una solidaridad casi unánime. Alguien convierte un periódico en abanico, un joven militar se ofrece como camillero. Carga en ésta ocasión a un anciano y lo deposita en un banco apenas servible. Le han roto toda la armazón. Sólo cuenta con dos tablas, de cuatro, para sostener el cuerpo y una como espaldar. Es el único sobreviviente del parque.

Una muchacha cruza la calle y regresa con agua fría que obtuvo en un centro de trabajo. El atribulado sorbe torpemente, se despereza ante la mirada de unas treinta personas. Son tres las que producen aire. Una con un abanico auténtico, otra con un aditamento de cartón rectangular sujeto a un fleje de madera y la señora que sin quererlo hizo del periódico Granma una pieza imprescindible, algo que solo acontece en los servicios sanitarios hogareños. No es una afrenta al órgano oficial del Partido Comunista, es cuestión de ahorros. El rollo de papel higiénico cuesta cincuenta centavos de dólar (unos 10 pesos cubanos), el Granma solo veinte centavos en los estanquillos estatales y un peso en el mercado negro, ambos en moneda nacional.

Debido a la ola de calor muchos mueren a instancias de agravamientos de enfermedades, sostenidos déficits nutricionales y aumento del stress, todo ello incentivado por la exposición excesiva a temperaturas que cada año evidencian un alza.

Apagones, falta de agua para el aseo y el consumo, caminatas indiscriminadas bajo el asedio de los grados centígrados, viajes en transportes donde el hacinamiento propicia desenlaces que van de la violencia hasta la pérdida del conocimiento por deshidratación. Tales vicisitudes la sufren millares de coterráneos en repartos y solares, en el campo y en las ciudades.

La tasa de suicidios, de seguro tendrá un notable aumento en estos meses, al igual que los acontecimientos relacionados con el crimen. La insalubridad fusionada con las inclemencias del calor, es letal. Mata, exprime, eleva el nivel de las insatisfacciones, multiplica la irritación.

La nomenclatura no se detiene en tales nimiedades. Vive en otra galaxia. En esas órbitas hay una temperatura ideal, vitrinas bien dotadas y un confort tan vistoso como el que pudiera tener Donald Trump. Allí no se muere de angustias, ni por las agonías que provoca un Sol que raja las piedras.


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