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No lloren por Fidel


13-09-2006, George Weigel

Las noticias de que Fidel murió o se está muriendo han dado lugar a una serie de sentimientos, entre ellos un extraño dolor matizado de un respeto aún más extraño. Mi primera reacción al escuchar que Castro había transferido el poder a su hermano Raúl, tan letal como él, fue recordar las raras circunstancias en las que me enteré que Castro me había denunciado públicamente ante un congreso internacional de periodistas que tuvo lugar en La Habana a finales de 1999.

La noche de Navidad estaba cenando con mi familia y unos amigos en Roma cuando uno de mis anfitriones me preguntó si había visto el fax que la misión cubana en el Vaticano estaba distribuyendo. Le confesé que no lo había visto y me trajeron el documento. Resultó que en el curso de una típica arenga de cuatro horas, Castro había dedicado unos pocos párrafos a denunciar al "yanqui" que lo había difamado en una biografía del Papa Juan Pablo II recientemente publicada. Se trataba de la biografía del Papa que yo había hecho. Me conmovió la atención que Castro me prestaba -me calificó de una manera que no se puede repetir aquí-, aunque también me sorprendió su postura defensiva y una inseguridad que la edad o el poder manifiesto no conseguían mitigar.

Lo que escribí en "Testigo de la Esperanza: (Witness to Hope) fue la pura verdad: el peregrinaje papal a Cuba en enero de 1998 fue la primera vez en casi 40 años que Fidel Castro no fue el centro indiscutible de atención en un acontecimiento público en Cuba. También narré otros aspectos de la visita del Papa que Castro hubiera preferido que se pasaran por alto, como el hecho de que Juan Pablo II no mencionó el régimen castrista ni una sola vez en cinco días; que el Papa había intentado de diversas formas devolver al pueblo de Cuba la rica cultura espiritual a la que tenía un derecho inalienable; que había instado a los cubanos a ser los protagonistas de su propia historia, en vez de considerarse víctimas de la "agresión yanqui", como Castro no se cansaba de repetir desde hacía mucho tiempo. Esto no agradó al Jefe, al Líder Máximo.

Visité a Cuba en 1998, después de muchas gestiones. Mi primera solicitud de visa fue rechazada; hizo falta que el cardenal John O´Connor de Nueva York interviniera para que me dejaran entrar. El cardenal le explicó al gobierno cubano que no estaría bien negar la visa del biógrafo del Papa. Pero una vez que llegué, Cuba resultó ser un país de un colorido inolvidable, pese a las ineludibles imágenes de su destrucción.

Recuerdo cuando caminaba por las calles de la Habana observando los edificios derrumbados y las ventanas de los edificios gubernamentales que sólo la cinta adhesiva impedía que se cayeran en pedazos, y pensando que la que debió haber sido una de las ciudades más hermosas del mundo había sido convertida en un Sarajevo caribeño, aunque no por los morteros y los cohetes, sino por una ideología absurda. Recuerdo el Museo de la Revolución, en el que la sábana ensangrentada que había envuelto el cuerpo de Che Guevara se exponía como una imitación obscena del Sudario de Turín. Recuerdo las estúpidas vallas publicitarias en todos los rincones del país en las que Cuba patea al Tío Sam por detrás y cuyos títulos estilizados desafían al imperialismo. Y me recuerdo pensando que éste habría sido el aspecto de un país dirigido durante décadas por un grupo de despiadados adolescentes.

Recuerdo las estanterías vacías de las farmacias, carentes incluso de aspirinas, a pesar de la propaganda sobre la atención médica cubana. Recuerdo a los camareros y camareras de mi hotel que me contaban que el 75% de sus salarios iba a parar al gobierno. Recuerdo haber conversado con una prostituta, una doctora de habla educada, quien al preguntarle por qué vendía su cuerpo me contestó que era la única manera de mantener a sus hijos. Recuerdo también al anciano propietario de un restaurante que daba a la caleta desde donde el viejo de Hemingway salía al mar, quien me contó, llorando, que había estado esperando 40 años oír a alguien defender la vida de la familia cristiana en Cuba, y ahora el Papa lo había hecho. Cuando Castro muera, la tentación de expresar respeto, aunque sea de mala gana, por el hombre que no cesó de desafiar a la única gran potencia mundial será grande, por lo menos en algunos lugares. No obstante, hay que oponerse a ello con firmeza.

Castro no es un asesino de masas como lo fueron Stalin, Hitler, Pol Pot y Mao Tse tung, pero es un dictador criminal. No hay que olvidar las historias sobre las condiciones horribles y grotescas en que mantiene encarcelados a los prisioneros políticos. Las injusticias de anteriores regímenes cubanos no deben servir para excusar a este hombre malvado que ha condenado a una nación orgullosa y vibrante a la penuria y la prostitución militar internacional en África.

En declaraciones que hizo después de su operación, Castro aseguró a sus compatriotas que estaba garantizada la defensa de la isla ante un ataque norteamericano. Todo indica que hasta sus últimos días Castro seguirá amando la revolución más que a Cuba. Es por eso que ha destruido tanto a su país y la razón por la que no debe derramarse una sola lágrima por él.


Cortesía del Profesor Miguel Cancio, como anexo de un artículo que será publicado próximamente por este diario.


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