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¿TENDRÁN VOTOS LOS ESCLAVOS?
23-07-2007, Jorge Olivera Castillo

La servidumbre en Cuba podría, al fin, tener una real participación en el desarrollo del país. Se anuncia con cierta discrecionalidad el retiro de la mordaza, la jubilación de otros métodos que componen el instrumental para hacer el parto de la unanimidad de criterios y del asentimiento mecánico.

Sobre eso se especula, se escriben artículos en la prensa oficial que invitan a las fuerzas productivas a zafarse las ligaduras del formalismo, la indiferencia y toda una variopinta red de asuntos negativos.

Ahora se les exhorta a superarse en lo que atañe a conocimientos en materias económicas concretas. Hacerlo es vital, urgente, sin dilaciones. Son demasiados los flancos débiles. La isla flota a duras penas sobre un océano de improductividad, indisciplinas e ineficiencia.

Al margen de las notas críticas y los llamados a cerrar filas en torno a una guerra contra lo mal hecho, lo que sobreabunda entre la masa trabajadora es el escepticismo.

La cantinela se repite. Nada nuevo entre la reverberación de las loas al sistema y el repique de otras adjetivaciones que dibujan un futuro promisorio.

Hay matices en el discurso, leves cambios semánticos que giran en una periferia desde donde las esencias se notan más cristalinas. Son, por el momento, retoques cosméticos, dilaciones que se adelantan a las soluciones, fintas para esquivar el filo de las realidades.

Las estructuras, el marco institucional figuran como reliquias paleontológicas. Son intocables, están en una urna a salvo de remociones. En el anquilosamiento está la savia de una revolución que intenta implantar un record de permanencia. Ha tenido éxito.

Casi medio siglo en el poder, pero tal hazaña no concuerda con la lógica de quienes han soportado y soportan el tonelaje de la desesperanza. Toda una era de planes descabellados que han retrotraído al país a un tercermundismo de rasgos haitianos.

Muchos alrededor del mundo no lo creen, sin embargo los hechos son tercos, inquietos, descorazonadores para la larga estela de víctimas.

Centenares de miles de cubanos viven fuera del país, algo inconcebible en la etapa anterior a 1959. De un país que se autoabastecía en lo concerniente a la producción de alimentos, hoy se importan alrededor del 85% de las necesidades. No menos de medio millón de capitalinos subsisten en inmuebles sin requerimientos mínimos de habitabilidad. Por otro lado la salud pública llega a unos índices de degradación que rebasan cualquier explicación oral o escrita, basta realizar un recorrido por la mayoría de los hospitales para conocer la debacle en el sector en ámbitos como la higiene, la falta de profesionales y el declive de los parámetros éticos.

Es imposible señalar algún rubro donde impere el orden, la efectividad y el desarrollo armónico entre producción-eficiencia-salario. Todo funciona a partir de preceptos anárquicos regidos por la voluntad y no por reglas básicas del desarrollo sustentable. Como justificante enarbolan el embargo estadounidense, pero no hay que ser un experto para advertir que las legítimas razones de la decadencia están dadas por una larga cadena de errores en el diseño de prioridades y políticas que en vez de perseguir una evolución racional y gradualista hacia el desarrollo han optado por un troskismo trasnochado que categoriza la confrontación y exportación de un modelo autotitulado revolucionario.

Revolución quiere decir avance, proyección de futuro, satisfacción de las necesidades de los pueblos, igualdad social. Analizando comparativamente tales pautas, valga decir que Cuba retrocede en términos generales, la filosofía que rige en discursos y mandatos no tiene otro basamento que el pasado, la miseria crece y la igualdad es una entelequia infame.

Eso que quieren hacer creer es menospreciar la inteligencia de la ciudadanía una vez más. La verdad es que seguimos siendo esclavos, personas que deben elegir la ilegalidad para sobrevivir, gentes con voz y sin votos. Valga la aclaración que voz solo para decir que la revolución cubana es lo mejor del universo. Nadie va a expresarse con libertad dentro de una cárcel.

Millones de cubanos esperan por la redención, desesperados, con la angustia fermentada en su cerebro. Mientras, se desdoblan como buenos actores y actrices. Es lo que han aprendido bajo el ruido de la fusta y el terror a ser tildados como contrarrevolucionarios.


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