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La república de corcho
13-09-2006, Luís A. Baralt

Los cubanos constituyen una sub-especie de terrícolas cuya existencia se presume muy anterior a la aparición de Homo sapiens sobre el planeta. Con lo cual es de suponer que ya formaban parte, antes de la Creación, del mundo de las ideas de Platón, en espera de convertirse en realidad. Tuvieron que esperar mucho tiempo; tanto que, cuando al fin llegaron a poner pie en la realidad terrestre, ya la mayoría de las subespecies terrícolas habían echo su aparición.

Sin embargo, la espera tuvo sus ventajas. Durante la misma, algunas de las características más notables de los cubanos, que eran la inteligencia, la imaginación y la reciedumbre de carácter, se acendraron hasta grados superlativos. En sus primeros tiempos de realidad corpórea, debieron sufrir un cautiverio, como súbditos y esclavos del gran imperio austro-borbónico, muy al estilo del que sufrió el sub-grupo de los terrícolas judíos bajo los faraones egipcios. También es de notar que dicho yugo duró bastante en comparación con el sufrido por otros sub-grupos cautivos de los mismos amos. Esto se debió, primeramente, al hecho de que la gran barca que transportaba a los cubanos era de una riqueza excepcional y muy preciada, así como defendida obstinadamente por el Imperio; y, segundo, a que los cubanos eran tan inteligentes y notables individualmente que tuvieron grandes problemas en organizarse a fin de tomar una efectiva acción libertadora, pues todos querían ser el jefe.

A pesar de ello, al fin lo hicieron, bajo su propio Moisés reencarnado en la figura de José Martí. Sin embargo, no tuvieron la suerte de aquel pueblo elegido y su “Moisés” no sobrevivió a la guerra de emancipación. Con lógica muy cubana y justificada, empero, los cubanos se dieron a la tarea de construir una república por medio de sus propios recursos intelectuales, que no eran pocos, ayudados por vecinos que, si bien no enteramente mal intencionados, tenían como es lógico intereses propios y con matices diferentes de los de los aliados cubanos. La empresa no resultó imposible, si bien en el proceso de ejecución del proyecto no dejaron de cometerse algunos errores de bulto.

El caso es que la nueva nave republicana se lanzó al piélago de la historia con gran regocijo general, y se pudo observar que… ¡flotaba! Un sociólogo cubano, admirado del milagro (ya que se presagiaban las más terribles catástrofes – el problema del monocultivo, la corrupción generalizada, las amenazas de populistas y comunistas tanto de estirpe local como de importación, el padrinazgo/patrocinio/paternalismo del vecino norteño, la depresión mundial, etc.), exclamó entusiasta: “¡Ésta es la Isla de Corcho… jamás se hundirá en el proceloso océano!” Pero pasó poco más de medio siglo y sucedió lo inesperado. La barca de la república hacía aguas. Y, hasta el momento, lo único cierto que puede decirse es que, si no se ha hundido completamente, se halla a la deriva o embarrancada entre los más temibles escollos que imaginarse pueda. ¡OH…, horror! ¿Qué había pasado? ¿Cómo había podido suceder que la isla de corcho se fuera a pique después de navegar durante sesenta años ante las brisas más propicias?

Por supuesto, esto es tema de análisis cuidadoso y centrado. Sí, la república de corcho flotaba, y flotó durante muchos decenios. Pero sus constructores se habían equivocado de camino en varios aspectos. Los cubanos originales – los de Platón – tenían a su disposición los mejores materiales para su construcción: hierro, tungsteno, cobre, manganeso, entre los metales; rica tierra colorada y fértil, entre los orgánicos; capacidad y recursos intelectuales, entre los morales. Pero habían escogido la caña y el bagazo para armar su barca, por lo fácil de su manejo; y el corcho para su recubrimiento, por lo de su impermeabilidad, su elasticidad y, naturalmente, por su ligereza resultante en capacidad de flotación. Por otra parte, en cuanto a los recursos morales disponibles, habían utilizado la inteligencia, pero habían descartado la humildad, el tesón y el esfuerzo sostenido.

Por otra parte, los cubanos, como lo sabían todo, habían despreciado la especialización, el valor de la organización y el de la jerarquización según cánones probados. Los médicos se creían políticos; los abogados, doctores en jurisprudencia; los ingenieros, arquitectos, y vise-versa; los estudiantes de derecho, estadistas; los locutores de la radio, Zaratustra; los periodistas, jueces; los militares, administradores de la cosa pública; y los cubanos todos, sin excepción, expertos en toda materia médica. Así fue que la barca, construida con los materiales más prácticos y maleables, pero menos nobles al fin, y por los hombres más brillantes y descolladores (una pena que durante la república no se involucraran más las mujeres, porque lo habrían hecho sin duda mejor que sus congéneres masculinos) pero más improvisados y poco sólidos de carácter y constancia, se convirtió en un gran Leviatán dentado -- cómodo, sabroso de ambiente, placentero y confiado – flotando en un mar infestado de cetáceos voraces y amenazado por tormentas y peligros inimaginados.

En fin, que para hacer de este largo cuento uno corto, así finalizó la República de Corcho, el 1 de enero de 1959, cuando empezó a ser pasto de los tiburones, que no seres humanos, y juguete de las tormentas del siglo más huracanado de la historia del hombre.

Colofón -- Todo lo que antecede nos conduce a una sola nota positiva y esperanzadora a estas alturas. Es de esperar que la barca zozobrante, en ésta su agonía final, se libre de sus oficiales de abordo en el furor de la tormenta: el capitán, hombre al agua; los primeros y segundos oficiales, y el contramaestre Raúl por supuesto, despedazados por los escollos o pasto de tiburones; y el resto de la tripulación y la carga de esclavos amontonados en estiba, rescatados en aguas mansas o náufragos en algún litoral libre y dedicados a la construcción de una nueva barca más sólida, menos presuntuosa pero más segura.


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