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¿BELÉN O BURUNDI?
18-07-2007, Jorge Olivera Castillo

La marginalidad forma parte de mi existencia. La veo a través de la ventana, en mis largas caminatas, en unos sueños que periódicamente terminan en pesadillas.

Tiene casi la omnipotencia del sol y se desenvuelve en el registro del crepúsculo. Lo sé porque me quema las neuronas y puedo dictar una conferencia sobre sus sombras. Sí, el color de la sordidez, las manchas del abandono, las neblinas de la supervivencia y el tono pálido de la incertidumbre.

De algún apartamento, un perro me dispara a matar. Lo hace a diario. Su arma es de grueso calibre y se activa con una simple compresión de sus vísceras. En tropel unas flatulencias de olores demoníacos. Unas ráfagas que me obligan a un repliegue urgente. No me atrevo a preguntar de qué se alimenta el animal. El dueño podría interpretarlo como una afrenta. Son los códigos dentro de estas fronteras que delinean un territorio emparentado con la jungla.

Una colecta monetaria nos salva de los excrementos en las escaleras y el orine seco esparciendo su néctar. Dos vías para sacar las lágrimas de los inquilinos a partir de la exposición eterna de los desechos. Ahora hay una puerta de hierro, aunque la limpieza sigue en el orden de los deseos.

Nunca se supo nada de los responsables de las evacuaciones. Ahora es sólo orina de vez en cuando o los rastros de basura que embadurnan los escalones. Hace unos días alguien dejó unas huellas insoportables. Era un líquido amelcochado y negruzco.

La pestilencia duró casi una semana. Aún se desconoce quien regó la sustancia. Hubo crispación, protestas individuales y finalmente un acuerdo entre algunos vecinos para sanear el ambiente.

Por estas tierras, las groserías florecen con una vitalidad primaveral. La gama de frases y palabras intemperantes no tienen parangón. Escucho de todo, a cualquier hora y en voz de niños y adultos. Son exorcismos, dibujos orales del aquelarre, palabrotas que hubieran matado a mi abuela del susto. Lo temible es que ese es el lenguaje al uso. Amas de casa, profesionales, infantes, adolescentes. Casi nadie se sale del guión. La mayoría sigue las pautas que dicta el vivir en la zozobra, la mugre y el desconcierto.

Dentro de la parafernalia sonora, se inserta la música. El “reguetón” hace vibrar mis paredes, un bolero de Omara Portuondo amenaza con convertir en polvo los tímpanos, en el cóctel viene también el último disco del puertorriqueño Marc Anthony, que desembarca en el apartamento con fuerza de tornado. Tengo de visita a un amigo y apenas podemos hablar. A gritos logramos la conversación. No existen otras formas.

Son tiempos difíciles que obligan a adaptarse o simplemente a tomar el camino del suicidio. La civilidad no es compatible con el socialismo, al menos con el que me ha tocado vivir.

Tengo evidencias de que sobrevivo en medio de un mundo enajenado y complejo. Los patrones éticos y educativos son piezas de museo, la decencia un término en extinción, en fin, Cuba es una gran feria donde la magia es kafkiana y las fieras andan en cualquier esquina.

Lo humano se pierde con cada versión del desastre. Puedo emplear ésta palabra con conocimiento de causa. Pues soy oriundo de Belén, un barrio del capitalino municipio de la Habana Vieja plagado de cuarterías, edificios apuntalados, gentes con plena capacidad para ejercer la violencia como respuestas a su interminable ciclo de penas.

Hace 46 años (mi edad) que doy vueltas en el vórtice de una debacle. Me lo subraya la perpetuidad de los basurales en las esquinas, las broncas intervecinales surgidas al calor del alcoholismo y la droga, y desde hace poco la falta de agua. El baño ya entró en la categoría de los lujos. Para concretarlo debo salir con un recipiente a la calle, comprar tan siquiera un par de cubetas o conseguir que algún conocido no haya caído en la misma desgracia para pedirle ayuda.

En cada lucha por la sobrevivencia, creo que Belén es un protectorado de Burundi. No es un delirio, simplemente experiencias, intensidades dramáticas reciclables, tragedias cotidianas que rozan la ficción. Entre ese cruce de turbulencias puedo alzar aún mi diestra y ser objetivo. Algo que me es posible lograr sin mucho esfuerzo. Las historias del inframundo son duras, espesas, interminables, muy reales.


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