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Manto Negro, Hiromi y una tica*
24-06-2007, Luís Cino

Más de 20 años después he vuelto a acordarme de Hiromi. Me la recordó una muchacha costarricense que está encerrada en la prisión Manto Negro.

En los dos casos, los novios tuvieron la culpa de que las muchachas terminaran, acusadas de tráfico de drogas, tras las rejas de una espantosa prisión para mujeres en Cuba.

A Hiromi, una chica japonesa que residía en New York, su novio la invitó a un viaje en yate a Jamaica. A hacer el amor a toda hora, mecidos por las aguas azules del Caribe. A la deriva, cargados con varias pacas de marihuana, confundieron Santiago de Cuba con Montego Bay. Estaban desnudos, oyendo reggae y fumando hierba, cuando los abordaron los guardafronteras cubanos. Fue a inicios de los años 80.

La costarricense volaba con su novio de San José a Madrid, con escala en La Habana. Las suspicaces autoridades cubanas le encontraron un kilo de cocaína en su equipaje. Su amante le había pedido que se lo guardara.

Además de ella, otros tres costarricenses fueron detenidos ese día. Entre todos, transportaban alrededor de 4 kilos de coca. Servían de mulas a los capos de la droga. Ocurrió en el verano de 2006.

Desde hace un año, los narcotraficantes ticos están presos en Cuba. Los hombres en La Condesa, a 78 kilómetros de La Habana. La muchacha en Manto Negro, también cerca de la capital cubana.

La condenaron a 15 años de prisión. Tiene 22 años, vivía en Tibas, y es madre de dos hijos. El mayor tiene cuatro años. Ahora, los atiende la familia y no entienden por qué no regresa mamá.

La información la dio el cónsul de Costa Rica en La Habana, José María Penabad. No dio los nombres de los costarricenses presos en Cuba.

La historia de la chica de Tibas me volvió a recordar a Hiromi. La conocí en el salón de visitas de Manto Negro, allá por 1983. Uniformada de gris, con la mirada triste, sentada en un duro banco de piedra, escudriñada por los guardias.

Por entonces, era novio de una muchacha que cumplía tres años de cárcel por "tenencia ilegal de dólares". Era la única que hablaba inglés en el destacamento y había hecho amistad con Hiromi.

En realidad, pocas veces hablé personalmente con Hiromi. Lo hicimos través de cartas durante casi dos años.

Mi novia me hacía llegar las cartas de Hiromi. Eran pequeñas bolitas de papel que sacaba ocultas en su cuerpo o entre la ropa. Las ponía en mis manos, sin que la vieran los guardias, en algunas de las veces en que, separados por una larga mesa de áspero granito gris, yo apretaba las suyas y le repetía que la esperaría.

Venían escritas en papel cuadriculado, en inglés, a lápiz o con tinta, con letras muy pequeñas.

Me contaba que extrañaba a sus padres en Japón (ellos no sabían que estaba presa en Cuba). Le aterraban las poses zafias y las miradas lascivas de algunas reclusas. Le preocupaba la posibilidad de engordar con los carbohidratos del inmundo rancho.

Extrañaba su apartamento en el Village, hacer el amor con su chico, acariciar a sus gatos, tomar té y escuchar a Neil Young cantar Southern man.

Vivía pendiente de las esporádicas visitas del abogado de la embajada. Eran su única esperanza. Decía que si no salía pronto de la cárcel, iba a enloquecer o a morir. Casi lo prefería.

A mi novia la liberaron en 1985. No tuve más cartas de Hiromi. Espero que la gestión de la embajada resultara y que no haya cumplido toda la condena. No se la merecía. La muchacha tica tampoco. Ambas fueron víctimas de tipos inescrupulosos y del rigor de leyes excesivas.

Ojala Hiromi haya logrado olvidar Manto Negro y sea feliz en New York o Tokio. Lo deseo tanto como que la muchacha costarricense pueda regresar pronto a Tibas y abrazar y besar a sus niños.


*Diseminado por Cubanet


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