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CUBA EN EL RECUERDO
21-06-2007, Jorge Olivera Castillo

Su preferido debe ser un Stenway & Sons. Infiero tal elección porque Bebo Valdés es un maestro de las teclas. Un artista consagrado. Alguien que se zambulle en el mundo de las tonalidades y las melodías con una maestría envidiable. De allí saca tesoros a montones.

Escogió a Suecia como segunda patria a partir de 1960. El comunismo le sentaba mal e hizo del exilio una condición a prueba de capitulaciones.

A sus 89 años de vida, se niega a regresar a Cuba mientras prevalezca el motivo de su desarraigo. Persiste en considerar al sistema que dura tanto como su distanciamiento, como algo perjudicial para el desarrollo de esa música que lleva el olor de la palma real, las salpicaduras cálidas del mar que escolta a la bahía de La Habana, unos colores enciclopédicos de barrios y solares, y las voces legítimas del criollismo en sus múltiples versiones dadas a conocer, tanto en el asfalto como en las serranías.

Las bajas temperaturas nórdicas no han podido congelar su nostalgia por el terruño, tampoco el deseo de pisar nuevamente el país donde transcurrió una buena parte de su existencia. Bajo las neblinas suecas laten los sentimientos que retratan en las interpretaciones a Cuba toda. Un país al que sigue atado con un nudo gordiano.

Bebo Valdés sueña con la oportunidad de un regreso breve y terapéutico. Sólo aspira a recorrer el lugar donde nació y llorar sobre la tumba de sus padres, hermanos y amigos. Busca desahogos, remedios a tantos años de dolores. Insiste en la modestia y otras opciones que no traen curas absolutas, pero sirven para al menos suturar con mejor hilo las heridas que proporcionan las lejanías.

Asegura que junto al peso de los años, viene cierta perfección en el estilo de interpretar. La memoria, los baches de la vitalidad, son obstáculos que van apareciendo en la cercanías de una vejez rumbo a alcanzar las nueve décadas. A pesar de las realidades, hay espacio para mirar en lontananza y atisbar proyectos quizás menos ambiciosos, pero concluyentemente honrados y sin la fatal estela de los puntos suspensivos.

Ahora vive en España. Hace un dúo con la brisa del Mediterráneo porque no le es posible elegir el coro marino del Caribe. Bebo avanza, se acerca, se entrena para caer antes de morir en una Cuba donde le sobran admiradores de su música y de su dignidad.

Lejos de Estocolmo, lejos de Cuba. Dos sitios que complementan una trayectoria que define la fibra moral y espiritual de uno de los grandes de la música cubana.

En Suecia encontró más que frío, un clima apropiado para satisfacer las interrogantes del alma y crear sin concesiones ideológicas, esas obras que destilan originalidad y que son pistas exactas para tropezar con el talento.

Desde un CD, Bebo Valdés habla en su lenguaje. Entiendo sus recados. Me asegura entre las corcheas y los silencios que es un cubano genial, que se mantiene fiel a su creencia de considerar que las dictaduras tienden a menoscabar el arte verdadero.

Yo creo que la música parte de un piano de cola. Por el sonido límpido que se desparrama como una cascada me asalta la impresión de que es un Stenway & Sons.

Pero lo que realmente me conmueve y me hace proclive a engrandecer mi admiración por Bebo es que en la sala de mi casa estoy rodeado de “Lagrimas Negras”.

Una canción que refleja sentimiento y cubanía. En el 2003 junto al cantaor flamenco Diego “El Cigala”, salió el disco homónimo. Un éxito, una ocasión para sumirse en las profundidades de Cuba. La patria que espera a Bebo con los brazos abiertos.


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