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La Comunidad política al servicio de la sociedad civil.
11-09-2006, Dagoberto Valdés Hernández

Cuba ha vivido un demasiado largo tiempo, más de medio siglo, bajo una sola perspectiva para ver y comprender la vida social y política. Esa más de media centuria ha estado caracterizada por el autoritarismo de un signo o de otro.
La dictadura militar por un lado y la “dictadura del proletariado” por el otro, han dejado una honda y ancha huella en la forma de pensar, de sentir, de actuar y hasta de vivir la religión de todos los cubanos y cubanas que hemos compartido estas cinco décadas: esa huella es la dependencia totalitaria del Estado, la indefensión de los ciudadanos y el desmantelamiento del tejido de la sociedad civil.
Durante demasiado tiempo lo que llamamos comunidad política, es decir, las estructuras estatales y partidistas que ejercen el poder o aspiran a ello, han copado todos los espacios de la vida pública, han tomado el poder para dominar y no para servir y han invertido la estructura natural de la sociedad.
En efecto, el desarrollo de la educación cívica y política en el mundo entero ha llegado al consenso de que la comunidad política – entendiendo esta como los poderes del Estado (legislativo, ejecutivo y judicial) y los partidos políticos- existe para servir y promover el desarrollo y el protagonismo de la sociedad civil y no al revés. Esta es la dinámica natural de las relaciones sociales en una sociedad democrática. Es decir, es la forma normal de organizar la convivencia nacional e internacional.
En no pocos países, todavía, ocurre lo contrario de esta normalidad y las naciones se organizan contra la naturaleza de la persona humana y contra la subjetividad de una sociedad sana. En algunos de esos países se subordinan los intereses de la sociedad civil a los intereses del gobierno y los partidos. En otros países las organizaciones intermedias que conforman la sociedad civil son dominados por los intereses, hegemónicos y sin control, del mercado. En otros, como el nuestro, un solo partido se considera como “fuerza superior dirigente de la sociedad y del Estado” (cf. Constitución de la República. 1976. Art. 5)
En este tipo de organización socio-política se invierten los papeles y las organizaciones, asociaciones, instituciones y grupos de la sociedad civil no solo se ven totalmente controlados y convertidos en “correas de transmisión” del poder político, sino que en los casos más graves, la sociedad civil es perseguida, infiltrada, colocada al margen de la ley y sus representantes encarcelados o controlados hasta el último minuto de su vida como si fueran forajidos, vigilados sus actos públicos como si fueran subversivos y violados los espacios más íntimos de sus vidas personales y familiares.
La inversión de la dinámica social por la cual el poder político domina, desteje y persigue a la sociedad civil es, quizás, la malformación cívica más perversa del mundo contemporáneo.
Porque la persona es y debe ser la soberana, es decir, la que detenta el poder y no los monarcas, mandatarios, jefes, presidentes, ministros y cualquiera que ejerza una responsabilidad política que solamente reciben y deben recibir de los ciudadanos el encargo de servir a toda la sociedad administrando los recursos y procesos de desarrollo del país a nombre y por delegación de los que verdaderamente deben regir los destinos de los pueblos: todos sus hijos e hijas. Y porque así como la persona es el soberano y soberana de la sociedad en las democracias, que significa: poder del pueblo, así los espacios de participación y decisión, los espacios de creación y solidaridad que forman la sociedad civil son para lo comunidad política lo que el ciudadano para el gobierno, su soberano, aquellos que detentan y deben detentar realmente el poder de decidir.
Así como la subjetividad personal es y debe ser la protagonista de la sociedad civil, la subjetividad social, es decir, la sociedad civil, es y debe ser la soberana con relación al poder político.
No se trata de una opinión personal entre otras. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia publicado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz, en el Capítulo Octavo sobre “La comunidad política” dice en el párrafo 417:
“La comunidad política se constituye para servir a la sociedad civil, de la cual deriva. La Iglesia ha contribuido a establecer la distinción entre comunidad política y sociedad civil, sobre todo con su visión del hombre, entendido como ser autónomo, relacional, abierto a la Trascendencia: esta visión contrasta tanto con las ideologías políticas de carácter individualista, cuanto con las totalitarias que tienden a absorber la sociedad civil en la esfera del Estado.”

Destacamos la afirmación de que la Iglesia ha contribuido a establecer la distinción entre la comunidad política y la sociedad civil. Todo lo contrario de lo que intenta hacerse en Cuba.
En cuanto al lugar de la Iglesia, o las iglesias, en la sociedad está claro que:
- La Iglesia no puede ni debe pertenecer a las estructuras del Estado, ni al mercado.
- ni poder situarse fuera o por encima de toda realidad humana argumentando ser distinta, como lo es y al origen divino de su fundación como lo creemos los seguidores de Cristo,
- como ha sido enviada por su Fundador a ser fermento en la masa, luz entre las naciones y sal de la tierra, haciendo el mismo camino de la encarnación, de la inculturación, de su divino Maestro que “no hizo alarde su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz.”(Flp. 2,5-11)
- Por tanto el lugar natural de la Iglesia en la comunidad humana es el tejido de la sociedad civil del que forma parte a título único, diferente por su ser y su quehacer, diferente por su origen y su destino, pero inseparablemente injertada en ese tejido social, a su servicio y aún más, la Iglesia es allí un signo de cómo debe ser la convivencia social basada en la fraternidad universal. Y todavía más, la Iglesia no solo forma parte del pueblo en el que está encarnada como Cuerpo de Cristo, sino que ella puede y debe ser madre y maestra, generadora y animadora de comunidades y ambientes de la sociedad civil.
Debemos destacar que el tema de la sociedad civil con el contenido que hoy ha alcanzado es relativamente reciente. Lo civil se utilizaba en otros tiempos, también hoy, solamente para distinguir de lo militar. Pero no es este el significado que tiene cuando se une al término sociedad para conformar una categoría sociológica cuyo significado debe comprenderse hoy según una definición que aporta el mismo Compendio mencionado en el párrafo 417b:
“La sociedad civil es un conjunto de relaciones y de recursos, culturales y asociativos, relativamente autónomos del ámbito político y del económico: El fin establecido para la sociedad civil alcanza a todos, en cuanto persigue el bien común, del cual es justo que participen todos y cada uno según la proporción debida. Se caracteriza por su capacidad de iniciativa, orientada a favorecer una convivencia social más libre y justa, en la que los diversos grupos ciudadanos se asocian y se movilizan para elaborar y expresar sus orientaciones, para hacer frente a sus necesidades fundamentales y para defender sus legítimos intereses.”
Una clave para validar si una democracia es formal o real puede ser determinar quién tiene la primacía en la sociedad, quién protagoniza realmente la vida social: ¿la comunidad política o la sociedad civil?
El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia no deja lugar a ninguna duda al destacar un acápite dentro del Capítulo Octavo que define “La primacía de la sociedad civil”:
“La comunidad política y la sociedad civil, aún cuando estén recíprocamente vinculadas y sean interdependientes, no son iguales en las jerarquías de los fines. La comunidad política está esencialmente al servicio de la sociedad civil y, en último análisis, (está al servicio ) de las personas y de los grupos que la componen. La sociedad civil, por tanto, no puede considerarse un mero apéndice o una variable de la comunidad política: al contrario, ella tiene la preeminencia, ya que es precisamente la sociedad civil la que justifica la existencia de la comunidad política.”(párrafo 418)
En cuanto al aporte del Estado para fortalecer la sociedad civil este reciente e importante documento oficial de la Iglesia dice:
“El Estado debe aportar un marco jurídico adecuado para el libre ejercicio de las actividades de los sujetos sociales y estar preparado a intervenir, cuando sea necesario y respetando el principio de subsidiaridad, para orientar al bien común la dialéctica entre las libres asociaciones activas en la vida democrática. (Compendio de DSI, párrafo 418)
Pienso que todos los cubanos y cubanas, incluyendo a los que forman parte de la comunidad política, los que intentan tejer nuevamente, bajo mucha presión, el tejido de la sociedad civil, los partidos, opositores, las Iglesias, y los demás grupos y asociaciones del entramado cívico, debemos acercarnos a este tema que considero medular, incluso, promisorio y clave para suscitar lo único sustancialmente nuevo para el futuro de Cuba.
Acercarse al tema puede significar en primer lugar, despojarlo del tabú del que se le ha rodeado al considerar que sociedad civil es lo mismo o equivale a disidentes u opositores. Esta reducción resulta muy perjudicial tanto para los opositores como para los que no se consideran a sí mismos ni como tales, ni como adeptos al Estado.
Acercarse y profundizar en este tema de la sociedad civil puede significar también estudiarlo en nuestros espacios oficiales e informales, en escuelas, tertulias, iglesias, bibliotecas, eventos académicos… de modo que no opinemos y peor aún decidamos sin saber a fondo qué es la sociedad civil y su distinción fundamental con la comunidad política.
Acercarse es, en fin, acabar de aprendernos que en toda sociedad sana, normal y democrática existen por lo menos tres actores sociales: los ciudadanos individualmente, la sociedad civil como conjunto de asociaciones de ciudadanos; y la comunidad política, como el conjunto de estructuras oficiales que conforman los poderes del Estado y está al servicio de los ciudadanos individuales y de las organizaciones intermedias de la sociedad civil.
Es mi opinión que Cuba avanzaría hacia mayores grados de libertad, responsabilidad y democracia si el Estado cubano llegara a reconocer oficialmente, y en la práctica, la existencia y distinción de estos tres actores sociales y los tratara de forma respetuosa y diferenciada como corresponde a un Estado de Derecho.
Creo que Cuba crecería como nación y como subjetividad social si los grupos, asociaciones, partidos opositores, instituciones de la sociedad civil llegáramos a aprender que estos tres actores sociales tienen un rol diferente y al mismo tiempo corresponsables del bien común de la nación. Si llegáramos a saber que la distinción de sociedad civil y comunidad política es saludable para todos, opositores políticos y animadores cívicos. Si aprendiéramos a tratarnos con el mayor respeto y con la necesaria lucidez para distinguir cuándo una persona pertenece a la sociedad civil y cuándo al ámbito de la comunidad política, ya sea oficialista o en la oposición. Y aprendiéramos, cada vez más, a distinguir no para discriminar ni aislar sino para respetar más a cada cual como lo que es y a buscar formas originales y diversas de cooperación y solidaridad, que solamente podrán ser bien recibidas y mejor comprendidas y más efectivas si son desde la identidad de cada uno y respetando la identidad y el rol social de los demás.
Considero también que esta es una tarea pendiente aún para las Iglesias que no hemos aprendido todavía a conocer la profundidad y significado del término sociedad civil, ni hemos aprendido a distinguirla de la comunidad política, y a veces nos dejamos llevar, quizá sin darnos cuenta, por los mismos parámetros que utiliza el Estado al colocar en un mismo saco y a confundir o permitir que se confunda a todos los que son diferentes a él.
El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que ella, a nivel universal, ha contribuido a establecer esa distinción. También en Cuba, debemos dar nuestro aporte de educación cívica y de actitudes coherentes con ella para que se identifiquen, distingan y aprendamos a trabajar en fraterna amistad, todos los hijos e hijas de esta noble nación, cada cual desde su propia identidad y misión al servicio del presente y el futuro de Cuba que es, en fin, el anhelo y la esperanza de todo cubano y cubana de buena voluntad


Cortesía de Revista "Vitral". No. 74. Julio - Agosto de 2006


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