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El tirano agoniza. Nada de congas, por favor
11-09-2006, Carlos Eire
Las noticias del roce de Fidel con la muerte atrajeron a la prensa hasta mi puerta, metafórica y literalmente. Los periodistas no llegaron solos. Incluso amigos perdidos desde hacía tiempo reaparecieron de golpe, deseosos de oírme hablar sobre los sucesos.
Entre quienes llamaron a mi puerta estaba el New York Times, preguntándome si quería escribir un artículo editorial. Era una rara petición. De entre todas las cosas que se le pueden preguntar a un exiliado cubano, sobre el desdén del Máximo Líder cubano, ahora enfermo, hacia los derechos humanos, o la ruina total de la economía cubana, me pidieron que juzgara a mis compatriotas de la Pequeña Habana, que celebraban el final de Fidel bailando en las calles.
La forma en que el ensayo me fue propuesto no podría haber sido más ofensiva, o más reveladora de prejuicios profundos. "No puedo dejar de pensar si es apropiado", dijo la editora sobre los bailes en la calle, "ya que muchos de ellos [los danzantes] probablemente abandonaron Cuba a principios de los 60 con la bendición de Castro". La ignorancia e insensibilidad que revelaba esa propuesta era tan evidente y horrible –del mismo tipo que la de los que niegan el Holocausto, o la de esos personajes de la alta sociedad en las caricaturas de William Hamilton– que me cogió con la guardia baja.
Pero eso no era todo. La editora quería saber de antemano lo que yo diría.
Mi opinión tenía que ser aprobada antes de que se me concediera expresarla.
Todo lo que pude pensar fue en la palabra más empleada en la serie televisiva de HBO Deadwood*.
Dado el prejuicio que revelaba la propuesta de la editora, supe que cualquier cosa que dijera sería probablemente rechazada, pero a pesar de todo lo intenté, de la misma manera que un hombre trata de agacharse delante de un pelotón de fusilamiento.
"Sí, –repliqué– las celebraciones en Miami son un buen tema, sobre todo porque los que están en la calle definitivamente no pertenecen a la primera ola de refugiados de los años 60, como usted sugiere. Los celebrantes que he visto en la televisión son todos hijos genuinos de la Revolución, gente mucho más joven que llegó en los años 80, 90 y en la presente década. Sí que puedo escribir sobre los festejos".
De nuevo, la editora me presionó para que fuese más específico sobre lo que diría.
Desconcertado sobre cuál podría ser la mejor manera de confirmar y negar a la vez los prejuicios de la editora, me ofrecí a presentar a Fidel como el summun del Príncipe maquiavélico. Resumí mi presentación de la manera siguiente: "Ante todo, Fidel ha dominado el arte de ser amado y temido simultáneamente; el arte de parecer piadoso y generoso mientras es cruel sin piedad, y el arte de no tener sombra, es decir, el arte de carecer de un sucesor viable.
En breve, me esforzaré en analizar por qué alguna gente puede odiar al gobernante maquiavélico y bailar en las calles cuando la enfermedad lo hace tambalearse, mientras que otros miran desdeñosos a los celebrantes como patanes ingratos, egoístas e insensibles". Tal y como esperaba, lo que siguió fue un rechazo claro, aunque vagamente expresado: "Nos tememos que este abordaje no es apropiado", dijo el Times.
Me volvió a emboscar el prejuicio que me ha acosado en el exilio durante cuatro décadas y que me ha tentado para cambiarme el nombre por el de Thurston Howell III, Jacques Clouseau, Thor Heyerdahl o cualquier otro que no me señale como cubano o hispano.
Lo peor de ser un exilado cubano, al menos para mí, es tener que afrontar propuestas como la que me hizo el New York Times, que claramente muestran su desdén hacia nosotros como exilados.
¿Por qué –me pregunto– un editor cualquiera del New York Times se permite mirar con desprecio a los exilados cubanos que se alegran del fin de Fidel, para después buscar algún cubano que confirme sus prejuicios? ¿Por qué una norteamericana bien educada me hace un comentario despectivo, que nos recuerda el "que coman pastel" de María Antonieta, esperando que yo coincida con ese prejuicio necio y despreciable? ¿Acaso ignora que esa libertad de la que disfruta en Estados Unidos es ilegal en Cuba? ¿Ignora acaso que todos esos cubanos que saltan de alegría lo hacen pensando que su país podrá disfrutar de las mismas libertades que ella da por seguras? ¿Le importa acaso? Peor aún ¿por qué mi opinión debe pasar un examen antes de ser expresada?
¿Cómo es posible?
Desgraciadamente, la respuesta a todas mis preguntas es brutalmente simple. En lo que respecta a Cuba, el prejuicio aún se acepta en los círculos más elevados. Sobre Cuba persiste un insidioso tipo de prejuicio que subyace en la forma de pensar de muchos norteamericanos bien educados, un prejuicio que permite que gente por lo demás razonable acepte o incluso alabe la peor represión política y social por parte de cualquier líder tercermundista que presuma de objetivos igualitarios.
Y la base sobre la que descansa ese prejuicio es rastreramente racista: sigue habiendo mucha gente confortablemente rica del Primer Mundo que juzga a toda la gente del Tercer Mundo como seres inferiores que deben comportarse de acuerdo a reglas diferentes de las propias.
Este es el motivo por el que Fidel no sólo escapa al tipo de censura que otros dictadores reciben normalmente, sino que continúa siendo reverenciado, a pesar de haber arruinado Cuba, conducido al 20% de su población al exilio y encerrado, torturado y ejecutado a miles de personas más que su contrapartida chilena, Augusto Pinochet. El simple hecho de que presuma de educación gratuita y cuidado médico para gente de piel oscura hace de él un gran líder.
Olvidemos el hecho de que ninguno de los que lo elogia en el Primer Mundo estaría dispuesto a vivir bajo su égida.
Bueno, está bien, que me digan patán, y también cretino, porque nunca he aceptado mi estatus subalterno de tercermundista. Nunca aceptaré como algo dado que yo, y todos los demás cubanos, necesitamos déspotas "visionarios" que eliminen la propiedad privada, ahoguen la libertad de expresión, encarcelen a todos los disidentes y "permitan" que nosotros, los ingratos descontentos, abandonemos nuestra patria sin un centavo en el bolsillo. Nunca aceptaré las decenas de miles de compatriotas cubanos que han sido encarcelados, torturados y ejecutados como un intercambio justo por un régimen represivo e inepto que garantiza la educación gratuita y el cuidado médico de aquellos que obedecen a un Máximo Líder.
Como mi coterráneo Desy Arnaz solía decir: tengo que explicarme. Pero eso no es lo que la editora del Times esperaba de mí. La única cosa errada de las celebraciones de Miami, tal y como las veo, es que fueron prematuras. Cuando Cuba finalmente se libre de los hermanos Castro, no lo celebraré en público, ya que vivo en una pequeña ciudad de Nueva Inglaterra en la que todos los despliegues de emoción son inapropiados.
Ciertamente, en la privacidad de mi casa me dejaré llevar por el egoísmo y colocaré rosas blancas en la tumba de mi madre, mientras lloro de alegría y rezo por el alma inmortal de Fidel.
Aunque definitivamente, sí señor, puedes apostar, nosotros los cubanos siempre meteremos la pata. Saquen los tambores de la conga. Necesito practicar para el gran día que nos espera.
(*) La palabra más empleada en la primera hora del western televisivo Deadwood fue FUCK. 43 veces según el recuento de MTV Canadá.
Traducción de Juan Carlos Castillón.
Paz en la tierrra...PAZ, Paix, Shalom, Frieden, Fred, Baris, Mir, Béke, Vrede, Lapé, Salam, Heiwa, Pace

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