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Cañas en el Averno
03-06-2007, Luís Cino

Desde la primera vez que corté caña, asocio el Averno con los cañaverales. Parece que no andaba mal encaminado. Más de 35 años después de la primera e inolvidable zafra en que participé, nada menos que Fidel Castro me dio la razón: cortar caña es infernal.

El Comandante, en una de sus recientes reflexiones en forma de artículos de Granma sobre el uso de los biocombustibles, comparó con el "infierno de Dante" las condiciones en que trabajan los cortadores de caña en Brasil. Diciéndolo el promotor de la idea de la zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar de 1970, con las cifras y detalles con que lo argumenta, quién lo duda.

Recuerdo con nitidez (mi mente suele ser renuente en borrar ciertos malos recuerdos) la primera vez que me enfrenté, mocha en mano, a un helado cañaveral matancero. Era 1972, tenía 16 años y estudiaba en el Instituto Preuniversitario Cepero Bonilla. Cumplía los 45 días de escuela al campo en el campamento "El Tiempo", en Bermeja, provincia Matanzas.

Dije "helado cañaveral" porque iniciábamos la faena poco después de las seis de la mañana. Dos o tres horas después, con el cuerpo bien entrado en calor y un sol que rajaba las piedras, no había quien soportara trabajar con la gruesa camisa caki de mangas largas.

El remedio de trabajar sin la camisa era peor que el calor: las hojas con espinas arañaban los brazos, el torso y hasta la cara. La única compensación era el hermoso bronceado hawaiano que adquiríamos.

Ya para esa hora, los ásperos cabos de las pesadas mochas nos habían hecho ampollas en las manos. Los arañazos, el dolor de cintura, las picadas de los insectos, el sudor en los ojos, la sed y el ardor en la espalda no eran nada en comparación con el nuevo tormento. Nos instruyeron de cortar la caña bien abajo, de un solo tajo, limpiar y tirar para la tonga. No nos hablaron de las ampollas. ¿Qué son las ampollas para un comunista?

Decían que las ampollas se curaban reventándolas y orinándose las manos. Para que se hicieran callos. Ni modo. Los callos demoraban una semana o más. Entretanto, sólo quedaba aguantar el dolor, apretar duro el cabo y todo lo demás, y seguir cortando. Abajo, de un solo tajo…

La sed no la calmaba el agua de los porrones. Tampoco quitaba el hambre el agua con azúcar prieta que repartían a media mañana. Le llamaban "sopa de gallo" y venía en una lata de aceite recalentada por el sol, en cuyo fondo se acumulaba una borra sospechosa. Con ella se suponía que resistiéramos hasta la hora de almuerzo.

En realidad, el hambre nunca nos abandonaba. Fue nuestra más fiel compañera durante cada día que permanecimos en "El Tiempo".

Almorzábamos poco y mal en el mugriento comedor, o nos llevaban la comida al campo si estábamos lejos del campamento. Descansábamos poco más de una hora antes de volver al corte.

El sol del mediodía hacía reverberar el cañaveral. Empezaba la angustia por llegar a la norma. Si no habías adelantado en la mañana, poco podías hacer con el calor agotador de la tarde. Y era obligatorio llegar a la norma. De ello dependía el pase del fin de semana para ir a la casa y regresar antes del grito ¡De pie!, del lunes.

Valía la pena ir a casa aunque, cuando el transporte público estaba malo, fuera sólo por unas horas. Las suficientes para ver a los padres, recoger ropa limpia y sobre todo, comer…

Llegar a la norma, aunque decían que era adecuada a nuestra edad, no era tarea fácil. Había que cortar 150 arrobas en normas técnicas y 200 si era para acopio.

Cuando era caña quemada, se elevaba a 250 arrobas. El llamado corte australiano era más fácil, porque la paja se quemaba y no había que limpiar la caña. El problema era el tizne, que se te metía por los poros, la boca y la nariz. Las ropas y el pelo se impregnaban de una negra y pegajosa melcocha que olía a rayos cuando se mezclaba con el sudor.

Había que hacer de todo con tal de cumplir la meta. Quedarse cortando en el cañaveral después de las 5 de la tarde. Robar cañas de las tongas de los cortadores más largos. Abultar las tongas con pajas o troncos antes que se hiciera el cómputo. Lo que no se podía era perder la emulación y quedar como blandengue. Menos todavía perder el pase semanal.

Algunos, ante la enormidad de la norma y la posibilidad de perder el pase, optaban por aguantar la respiración y golpearse en la canilla con el machete. Sólo lo suficientemente duro como para pasar varios días sin trabajar. Los más seriamente accidentados se ganaban el premio gordo: los enviaban para La Habana.

Son escasos los recuerdos amables que guardo de la zafra en "El Tiempo". El sabor dulce del jugo de las cañas para aplacar el hambre. Las fugas al pueblo y las bromas entre amigos cuando regresábamos, tiritando en frías madrugadas por la línea del tren que bordeaba el cementerio.

Una canción de Cat Stevens sonaba insistente aquel invierno en las emisoras americanas que escuchábamos de noche, escondidos en la litera del fondo del albergue. Todavía no sé por que "Sitting" me daba tanto ánimo en aquellos días. Mucho más ánimo que los círculos de estudio y las exhortaciones a la emulación de los profesores o los musulungos de la UJC.

En definitiva, el día que más caña corté sólo llegué a las 300 arrobas. Fue con trampas, me ayudaron. Terminé como si me hubieran molido en el central España Republicana, junto con las cañas.

De no ser entonces un muchacho hambreado y con serios problemas ideológicos, en aquella o en alguna otra de las siguientes zafras, quizás hubiera logrado acercarme siquiera a las 3,4 toneladas de caña que cortó en 4 horas el Comandante en 1970. Ni siquiera lo intenté. ¿Para qué?

Conozco mis limitaciones. No clasifico entre los héroes y los superhombres revolucionarios. Soy sólo un tipo hecho de carne y huesos… sobre todo eso, huesos.


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