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ISLAM, FUNDAMENTALISMO Y TERRORISMO
31-05-2007, Juan F. Benemelis

Alá es la aspiración,
el Profeta su modelo,
el Corán su constitución,
la yihad su camino,
y morir por Alá la más sublime fe.

-Hamás-


El Terrorismo


El Islam es una religión de guerra: la guerra como un medio de propagación de la fe; y, el Dios coránico es en verdad un “Dios del ejército”. Es una verdad dramática lanzada por los terroristas islámicos: “ustedes de Occidente saben afrontar la vida, nosotros los islámicos sabemos afrontar la muerte”. En la Biblia, el ejército es de ángeles, en el Islam es de combatientes musulmanes. La cara religiosa del Islam fue siempre ignota para la cristiandad que concibe la guerra como defensiva y no ve en ella su misión espiritual. El cristianismo aceptó la guerra como una realidad del mundo dominado por el pecado de la violencia, pero nunca vio la muerte en batalla como el gesto supremo, el acto más elevado de la fe. Opuesto al Islam, el cristianismo ve en el amor, al acto supremo de la fe, lo más divino de su actitud. Si bien la Iglesia ha reconocido al combatiente cristiano, muy raramente lo ensalza al nivel del altar.

 

Como en el cristianismo patrístico, el Islam considera que la sangre del mártir es el semen de la religión, el sentido profundo del testimonio último de la fe, como lo definió Tertuliano al señalar que la injusticia del uno era la demostración de la inocencia del otro, el perdón al asesino, “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, diría en la cruz el Cristo: “Sanguis marthyrum, semen christianorum”, a la manera del turco Mehmet II, el cual con la cabeza decapitada de un niño prendía fuego a la iglesia de Santa Sofía en Constantinopla, un infausto día de 1453.

Ahora es el Islam quien acumula mártires; son hoy los kamikaze, el viento de Dios de los japoneses. El Corán elogia y bendice a sus mártires, al punto que la shahada, el martirio que testimonia la fe es una pilastra fundamental de la religión. Pero existe una diferencia abismal entre este mártir y aquel cristiano. El mártir cristiano no combatía ni iba a la guerra, era el carnero sacrificado ante la injusticia, como el Cristo: un cordero manso al matadero para ofrecer su vida por el pecado que lo aniquila; por eso Jesús se ofrece por la humanidad a ser crucificado. Para el Corán el mártir es un combatiente, el que lleva por el mundo la yihad; la vida humana es sólo un medio de la mano de Allah. El mártir islámico no es un inerme sino que porta la muerte al otro y no ofrenda la suya como sacrificio por el prójimo. Es el insondable abismo que separa una propuesta de amor y una prepotencia arrogante destructora; la confrontación entre la dulzura y la barbare, el contraste entre el amor y el odio.

Hay quienes apuntan que el jihadismo enfrentará en este nuevo siglo una fase nueva, potencialmente constructiva, un período de renovación del mundo musulmán ante la modernidad, la globalización de los mercados y las comunicaciones de Occidente. A las élites “moderadas” en el poder u opositoras en el mundo islámico, y a la nueva generación de esta élite, de Marruecos de Mohammed VI a la Jordania de Abdallah II, de la tecnocracia y capa militar argelina a la del presidente indonesio Gusdur Wahid, se les plantea escoger gobernar ante la oportunidad que le brinda la historia o desaparecer de la escena política. Si esta élite se doblega a una coyuntura política actual no favorable, la del islamismo político, el mundo musulmán deberá afrontar una nueva explosión, tanto de impronta confesionaria como étnica y racial.

El Islam ha absorbido del Occidente la idea de la revolución y el terrorismo, pero ha rechazado la dimensión pacífica y creativa de la realidad humana que el cristianismo promueve como la visión positiva de la vida. Asimismo, no ha asimilado el valor creativo del trabajo y del concepto de empresa, en el cual se fundamenta el desarrollo cultural y social de Occidente. Esta es la razón por la cual la técnica de la empresa y del trabajo, que el mundo “pagano” (hindú, chino, japonés) ha asumido por contacto con Occidente es incomprensible en el mundo islámico. Es, precisamente este concepto de la vida versus la muerte donde se halla la diferencia entre Occidente y el Islam, entre la cultura cristiana y la islámica.

El terrorismo recorre la historia de Occidente y ha sido instrumento de las revoluciones, de pequeños grupos anarquistas y nacionalistas que han incidido en la vida de sus instituciones. El terrorismo encarnado en Occidente no era un hecho suicida, aunque sus actores arriesgasen su vida. Un instrumento de Occidente, como el terrorismo individual ha devenido en la comunidad islámica en un elemento de masas. El terrorismo islámico ha ampliado el significado y la potencia del gesto, ante un escenario de escala mundial gracias al sistema de comunicaciones que concede a los eventos un tiempo real, y es algo que comprende toda la comunidad islámica.

Desde el wahabismo de Arabia Saudita a la Hermandad Musulmana, desde las tensiones étnicas en Malasia a la dictadura paquistaní del general Zia, desde el régimen integralista iraní del ayatolá Jomeini, a la Intifada palestina, desde el FIS argelino al régimen del Talibán afgano, desde al-Qaeda y Hamás a la lucha entre laicismo e integralismo en Turquía, el yihadismo es uno de los fenómenos más significativos del novecientos y una de las incógnitas imprevisibles del siglo XXI. El ataque del Islam contra el mundo cristiano se está desarrollando en todo el planeta: desde Timor hasta las Molucas y Mindanao; en Nigeria los musulmanes del norte extorsionan a las tierras cristianas del sur. En Sudán ya no se encuentra el fundamentalista Ibn Turabi, pero las persecuciones contra los cristianos del sur continúan. ¿Por qué este hecho no constituye un problema religioso para la Iglesia Católica y para las otras iglesias? ¿Por qué le es tan difícil a Occidente reconocer que el Islam ha sustituido al comunismo como su principal problema político?

La caricatura en Occidente es que el terrorismo es obra absoluta de Al-Qaeda y de Ben Laden, y tanto en Occidente como en el mundo Islámico se da por descontado la existencia de una organización terrorista financiada por el tesoro de los millonarios sauditas. El terror organizado, capaz de diseminar por el mundo la muerte y el espanto no se reduce al nihilismo extremo y el odio religioso gestado por los Mullah en las mezquitas. Pero Al Qaeda es sólo una organización mafiosa, un conglomerado que ejerce la extorsión en su entorno mesoriental. La considerada “guerra santa” no es practicada sólo con bombas y kamikazes, sino que dispone de un circuito financiero que atraviesa el mundo en varias direcciones, de Europa a los Estados Unidos, de Indonesia a Australia, del continente africano a Rusia.

La guerra del radicalismo islámico contra Occidente, puede ser vista, además, como una guerra económica, un conflicto en el cual el mujaheddin no porta necesariamente el explosivo debajo de la túnica, sino que es un joven instruido que navega por la Internet y que practica su calificación en el sistema financiero occidental. Esta guerra santa, es también una guerra de dinero, del comercio del oro, de las piedras preciosas, el secuestro de personas, el reciclaje de dinero sucio efectuado a través de operaciones complejas. Es la acción de organizaciones que en nada son transparentes ni caritativas y que mezclan con habilidad el crimen con la beneficencia. A diferencia de las ONG de Occidente, la “caridad” Saudita, aunque de impronta religiosa, enfoca exclusivamente su asistencia a sus correligionarios, y al color con el cual se porta el mensaje del Corán.

 

Cristianismo e Islamismo

 

La percepción musulmana de Dios no es aquella de la Biblia. Para el islamismo Dios es imposible de conocer en última instancia; si bien manifiesta su voluntad en el Corán nunca se revela a sí mismo, no es una deidad de amor o benevolencia, como el de la Biblia. El Jesús cristiano es Profeta e hijo de Dios y salvador de la humanidad simultáneamente, mientras Mahoma sólo es el transmisor de la palabra divina, pues en el Islam el humano no ha nacido con pecado original y no requiere de un redentor.

La historia, para el cristianismo, es una relación personal del humano con Dios, en la cual la libertad de creencia está garantizada. El Islam adora al Dios bíblico pero combate al cristianismo por considerarlo una falsificación del verbo de Dios. La Biblia es el libro de la revelación de Dios que se comunica libremente con el humano. Por eso, el estatus del Corán no es el de la Biblia. El Dios coránico se define como “acción” y se comunica cuando comanda al creyente (Baget Bozzo, 2001, 51).

Contrariamente al Cristianismo, que acepta la distinción entre Iglesia y Estado, el Islam no distingue el hecho religioso de lo político y lo social, constituyendo así, innegablemente, un universo de referencia distinto. La diferencia entre ambos toca las raíces del dilema de la libertad individual que en el Islam se mantiene en paréntesis, entre la “obediencia” cristiana y el “sometimiento” islámico. La fidelidad islámica es de tipo sustancialmente pasiva. Por eso, la diferencia teológica, cultural, civil y política existente entre el cristianismo y el Islam toca la estructura misma de cómo vive el humano, y la relación de la condición humana con lo divino (Baget Bozzo, 2001, 87).

El cristianismo es una religión personal, en la cual la libertad de Dios respeta a la del humano. El Dios cristiano es “padre”, no “patriarca”, y en último análisis, la voluntad divina del Dios cristiano sólo impone al humano la voluntad del creyente. El modelo del acercamiento “dialógico” de la libertad de Dios y la del humano, recorre toda la economía bíblica y en ella es siempre autónomo ante su Dios. El hacer la “voluntad” de Dios es siempre albedrío del creyente. Mientras la acción del Dios cristiana requiere la colaboración libre y facultativa de la criatura, el Dios coránico la pretende. La voluntad del Dios coránico es imperativa y se presenta al humano de modo prescrita. No necesita de colaboración, sino que impone la obediencia pasiva, su voluntad divina no permite la voluntad humana.

Al Dios de Mohammed le falta el humanismo y la filantropía divina del Dios de Jesús Cristo. El Dios coránico no se apiada del humano, no lo ama, sólo le exige obediencia (Baget Bozzo, 2001, 90). El elemento que determina y caracteriza el rapport entre Allah y el musulmán es la sujeción, la dimensión del sometimiento exterior que subyuga a su interior. Mientras que la obediencia cristiana se halla en lo interior que trasciende a lo exterior (Baget Bozzo, 2001, 56). Entre Allah y el musulmán se instaura, desde el principio, un acercamiento unilateral donde la subjetividad del creyente está suprimida y con ello la posibilidad de un ejercicio de pensamiento, de libertad y de voluntad auténtica.

La divergencia no es entre Islam y Occidente, sino entre Islam y Cristianismo, porque el motivo que los divide es teológico y siempre pensado en conflicto. El Islam se instituye sobre el modelo del “Uno”, mientras el cristianismo se funda en el “ser”, que consiste en la pluralidad, en el concepto de la distinción de Dios y creación, la cual es autónoma. Para el Islam, la revelación coránica es el principio de una civilidad mundial ya que ordena todo el entramado social, la comunidad musulmana mundial, en nombre de Dios y como consecuencia de su palabra. El cristianismo pudo distinguir en qué dimensión se entrecruzan la fe y la cultura, algo que le permitió adaptarse a las diversidades culturales y distinguir entre el individuo y la sociedad, la naturaleza y la gracia divina.
La creación es una noción fundamental del cristianismo como realidad aparte de Dios, aunque en Dios tiene su origen y fundamento. Para el Islam, la creación sólo existe como una producción constante de la voluntad divina: Dios es la única causa de todos los eventos y, por ello, el concepto de naturaleza no posee autonomía y es diferente al del cristianismo

El cristianismo, al igual que el hebraísmo, ha podido fundar con tal base la idea de una realización bilateral con Dios, de una “alianza”, de una participación en la cual el humano permanece como tal, puede lidiar con la naturaleza divina. El Islam, por el contrario, no puede concebir otra cosa que la sujeción total y no fundamenta lo bilateral en su relación con Dios. La escritura cristiana es al mismo tiempo la palabra de Dios y del humano, y el Corán es sólo un acto de Dios en el cual el mahometano no interviene; de ahí que el monismo islámico sea total.

El Corán supone la sola realidad en la cual Dios se manifiesta y tal cosa del humano no es un acto de revelación de Dios, sino una voluntad de obediencia a su palabra. El Corán, entonces, es más que una creación y no establece una comunión con Dios, sino una sujeción del humano a la única causa del mundo, el reconocimiento de que Dios es la solitaria realidad. El Islam mantiene el panteísmo, la totalidad de lo divino, pero excluye enteramente a Dios de la naturaleza; cita el texto bíblico pero excluye la Biblia. La memoria bíblica es enteramente incluida en el único acto revelador de Dios, que es el Corán.

El infiel dispone de una falsa existencia que no reconoce la naturaleza y su radical dependencia a la exclusiva causalidad divina. El infiel contradice la ontología del único Dios-causa que es la esencia de la revelación coránica. El islamismo ha podido absorber dos religiones dualísticas como el maniqueísmo y el zoroastrismo porque ha introducido el dualismo en la distinción entre la existencia del musulmán, conforme al único Dios, y la maligna existencia del no-musulmán que es nula por no reconocerlo. Por eso la presencia del infiel, del no-creyente debe ser negada para afirmar la única realidad, aquella de la causalidad divina.

Al no existir en el Islam una ontología del ente creado, no concurre la idea del mal, pero brota una definición de la negatividad, una impugnación de la unicidad de la causa divina, que se rebela contra la única causa de su existir. Toda la palabra del Corán es un verbo que narra una historia cristiana pero separada de ella por una potente institución religiosa en la cual el Dios único ha devenido en la sola causa y la realidad de la existencia.

 

Occidente e Islam

 

El espectro político del presente radica en el nuevo peligro totalitario. El totalitarismos del novecientos fue el comunista y el fascista, en la actualidad muy difícil de replicar. Pero ello no quiere decir que el peligro totalitario se ha esfumado definitivamente, pues queda su esencia, su potencialidad, un espectro esencialmente impalpable, una sustancia que perennemente se perfila para incidir negativamente en el individuo, la posibilidad concreta de un poder el hombre sobre el hombre.

Si proyectábamos al comunismo como una forma de totalitarismo político, al Islam se le puede representar como una manera concreta de totalitarismo religioso. El peligro totalitario del tercer milenio lo representa el fanatismo y el terrorismo de Islam radical. Un fanatismo que de religioso nada tiene, aunque usa formalmente la religión ante la inexistencia de una ideología capaz de legitimar la más feroz violencia. Este totalitarismo enfila su fuerza destructiva no sólo en dirección del Occidente liberal-democrático sino que también confronta al “Islam moderado”.

Estamos, entonces, ante una división bi-polar entre el mundo islámico y el no islámico. El musulmán no distingue entre cristiandad y Occidente; los islámicos no han censurado el suicidio en la batalla, pues lo consideran un acto religioso, un acto de “guerra santa” y no de una simple guerra; de frente al heroísmo del fanático decidido a dar la vida, en Occidente se proclama que ésta no es una guerra de religiones, como lo demuestra la patética voluntad del Vaticano de insistir en el “diálogo”, como en el Sínodo de Vescovi. Mientras Ben Laden bendice la Cruzada contra Estados Unidos el mundo católico italiano ve en el islamismo la vindicación de la globalización de los excluidos del poder. Se trata de la iglesia popular que apoya el sandinismo, fascinada por la “espada justiciera del Islam” y calificada como la quinta columna anti-occidental por la iglesia teológica, que preludia mediante su herejía gnóstica un cisma dentro del catolicismo.

La historia del novecientos enseña que las democracias se mostraron temerosas y remisivas ante el totalitarismo y el resultado fue muy triste. Una de las lecciones es que la paz nace frente a la violencia y, como la libertad, es un tesoro por el cual tiene que lucharse con todos los medios disponibles. Es una anomalía pavorosa pero necesaria.

La izquierda insatisfecha enarbola el lema de luchar por la paz y la libertad, pero tal gesto político revela en su fondo la voluntad negativa de retroceder frente al dictat de la paz y de la libertad (defenderse con todo lo disponible), de los cuales finaliza como su más acérrimo Némesis. Privada de ideas, desilusionada de su propio ideal histórico socialista y confundida en el criterio de qué adoptar para resolver el dilema actual, esta izquierda trata entonces de justificar lo injustificable presentando como víctima de Occidente al peligro totalitario encarnado en el fanático y el terrorista. En medio de su confusión, la izquierda propone como única acción para defender la causa de la paz los slogan, las banderas y la retórica, olvidando que el pacifismo ideológico de los años sesenta y setenta también concedía el papel de víctima a Stalin, Mao y Pol Pot.

Es esta la forma sutil del nihilismo lo que permea el pensamiento islámico y lo que proyecta su consumación aniquilante: la acción de guerra, su característica de acción civil y social. Al mismo tiempo, la anulación, la muerte en batalla, el modo por el cual el musulmán entra en el espacio segundo de la creación y no es, como el cristianismo, la vida de Dios sino una existencia premiada. Así, toda la diferencia entre el Islam y el cristianismo deviene en una diferencia entre el Islam y Occidente ya que este último ha llevado a la máxima expansión la autonomía de la realidad humana ante la realidad divina. Nos hallamos en una situación en la cual en el último cuarto de siglo la corriente totalitaria musulmana (encarnada en Saddam Husein, los ayatolá, etcétera) aniquiló millones de personas ante la silenciosa oscuridad moral de toda la izquierda internacional.

La modernidad de Occidente con su universo tecnológico, con su filosofía de la vida, de la libertad, de la democracia asfixia al pueblo islámico. La división tras la mimesis de Occidente con el único instrumento de la guerra terrorista es la aceptación del desarrollo de Occidente como un modelo que no sólo produce tensión dentro del Islam, sino que lo confronta.

La dificultad de Occidente no es el “peligro amarillo” sino su incapacidad de comprender la realidad de que hemos devenido en “tierra del Islam”, tierra en la cual el musulmán debe ejercer la yihad, la guerra por la fe, por reivindicar la sharia, la ley islámica y no por la ley del Estado. Por eso, el islamismo político es una guerra contra el concepto de Estado, y el modo por al cual se conduce depende de las circunstancias; la yihad no es la islamización de lo islámico, sino la islamización de la sociedad Occidental.

En nuestro concepto laico de lo “multi-étnico” considerar como tal al Islam es un error, al ser éste una totalidad religiosa y social, una realidad “multi-jurídica” que niega el concepto occidental de Estado y no una cultura en el sentido Occidental. El Islam político considera al cristianismo como un cuerpo muerto y a Occidente como su verdadero enemigo; si es peligroso ignorar la primera consideración más letal es ignorar la segunda.

La esencia del modo de vida occidental es el respeto al estilo de vida del semejante, en otras palabras: la libertad civil, de culto, de palabra, de la minoría, del sufragio, la voluntad política de la mayoría, el mercado, el sindicalismo, el movimiento de la persona, etcétera. Esto no se ha conseguido pacíficamente o gratis; ha costado guerras y revoluciones sangrientas, y cuestionamientos desde ideologías totalitarias como el fascismo y el comunismo.

La “caridad” islámica no está dirigida a aliviar el sufrimiento del pobre, sino a promover la prédica del Islam, y en esta perspectiva el financiamiento “humanitario” es un vehículo menos noble que el del “otro”, como se verifica en Afganistán, Chechenia, Palestina, Cachemira. En esta complejidad la acción humanitaria constituye un proyecto económico del Islam contra Occidente, en el cual, el amor al prójimo está en función del proselitismo vía radicalismo.

El Occidente niega su vinculación con el Islam evitando el retorno de la convivencia y la contaminación cultural que se fundamenta en la religión. Esta res-pública visceralmente anti-religiosa es considerara por el Islam como anti-islámica al proyectar una política hacia el Medio Oriente ausente de un elemento extra-político, por una cultura que descansa en el concepto de la teología secularizada, de una religión civil, que se vive excluyendo rigurosamente a Dios y la religión. Para el islámico, el multiculturalismo europeo busca garantizar el politeísmo de valores, buscando negar el horror interno. Si para Occidente, el actual choque con el mundo islámico no reside en causas históricas y sociales para el Islam se trata de una guerra religiosa contra una cultura civil greco-romana, un modo de vida lujurioso y una libertad sin raíces.

 

Tariq Ramadan, el más popular de los intelectuales islámicos en Europa es el predicador itinerante de un islamismo político cuyo objetivo es la conquista religiosa de Europa, de aquello que podemos llamar euro-islam. Ramadan es el sobrino de Hasan al Banna, quien en 1928 fundó el grupo integralista islámico de la Hermandad Musulmana. Ha estudiado teología islámica en el Cairo, y es laureado en literatura francesa y un especialista en el pensamiento de Friedrich Nietzsche. Gracias a su indiscutible capacidad retórica ha sido capaz de agrupar a la juventud islámica en Europa dentro de una identidad religiosa anti-globalista, con una versión anti-occidental proveniente del bagaje tercermundista.

Ramadan es considerado uno de los campeones del llamado dialogo intercultural, el maestro de un islamismo "moderado", un intelectual capaz de difundir la doctrina islámica dentro de un registro religioso reformista. Mientras a Ramadán se le niega la entrada en Estados Unidos por su vinculación con el fundamentalista sudanés Hassan Al-Turabi, vinculado a Al-Qaeda, Ramadán ha sido alabado por intelectuales como Bernard Kouchner y Bernard Henry Lévy con sus disimuladas propensiones anti-semitas; como el teólogo Olivier Clement, que lo considera importante en la afirmación de la identidad musulmana en Europa. Andrè Glucksmann ha publicado en L'Espresso que Ramadán no es un talibán o un partidario de los extremistas islámicos argelinos sino un profesor con el cual se puede hablar de Aristóteles y de Descartes. Pero bajo su barniz académico se halla un maestro del integralismo que no concede espacio a la modernidad, salvo introducir una “moratoria” a la lapidación de la adúltera.

Para Ramadán el Islam no se europeizará sino que Europa se islamizará. Según Ramadán en el curso de una o dos generaciones, la actual Europa aprisionada en su auto-negación tendrá que admitir el hábito y desechar la laicidad, para abrazar una visión teórica y práctica inspirada en las leyes coránicas: la umma europea del siglo XXI, compuesta por millones de musulmanes, un continente “des-territorializado” por el Islam tradicional.

En este siglo que apenas comienza el debate cardinal de las ideas se centra en el Islam, en su misión imperiosa de trascendencia y de intolerancia a la libertad humana. Quienes envueltos en una frívola y cinematográfica visión del mundo multi-cultural tutorado por el postmodernismo, niegan este hecho, enfatizando el presunto pluralismo del Islam, su moderación mayoritaria y el carácter minoritario de su Drang nach Westen, simplemente desconocen el reto de ideas que se le impone a la civilización, desconocen a esa religión con su inaudita y poética misión profética, con su espíritu guerrero fundado en lo divino, su nomadismo, su comunitarismo y su escuela espiritual de la muerte, con su fundamento moral sin apelación, sin fragmentaciones, sin dialéctica, sin diálogo, que dinamita las estatuas del Buda, que cubre de velos a las mujeres, que decapita a nombre de Alá.


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