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MARTI Y EL DEBER
23-05-2007, Julio M. Shiling

“¡Triste el que muera sin haber hecho obra!”, nos relató el Apóstol. Más de 49 años de despotismo marxista, ha dado amplia ocasión para que hijos ennoblecidos consagran el altar patrio, con dádivas, fruto del deber. Cementerios abarrotados en tierra y mar, mujeres y hombres atravesando, por los millares y a través de las décadas, las pesadas y giratorias puertas de las espeluznantes cárceles castristas; generaciones nacidas, en la diáspora, impregnadas de una indomable cubana, e intramuros, la inexistencia del “hombre nuevo”, dan credibilidad sustanciosa de eso. Sin duda, el cubano ha tenido un paradigmático ejemplo con el Maestro. El 19 de mayo, día de partida de Martí y víspera de la independencia cubana, obligan la reflexión del concepto del deber.

Con su talento, excepcional y diversificado, Martí le hubiera hecho honor al más exigente y remunerador de los deseos de cualquier vida privada. Familia, sueño, fortuna material toda importante y todas, palpables posibilidades, como un generoso filántropo, las donó. El deber, y con quien lo tenía, serían los principales recipientes de su fortuna. El poeta político nacido en la Calle Paula, claro tenía para lo que vino al mundo. Y con la luz de su frente navegó para asegurar, en su caso, que “La muerte de un justo es una fiesta, en que la tierra se sienta a ver como se abre el cielo”.

Vivió Martí preparando el día de su partida y de esa “fiesta”. No en los detalles de como iba a morir. Sino con la altura que tenía que vivir, para enfrentar los compromisos adquiridos, incluso antes de nacer, con un camino. Sacrificio sí. Pero dulce y obligado si se pretendía no vivir muriendo. Las frías calles de un Nueva York despalmado, sintieron más sus pasos que ningún otro lugar. Precio necesario para así poder, en libertad vivir, y organizar la benéfica gesta emancipadora para su tierra natal. Sin embargo, un continente completo fue su maestral escenario, que por medio del fascinante arte de su prosa, marcó un hito, hasta nuestros días, inigualable. Pero fueron, sin embargo, la sensatez de sus ideas donde su genialidad más brío manifestó.

Mientras muchos de sus contemporáneos de calibre intelectual, se emborrachaban con enfermizas teorías socio-políticas, Martí se mantuvo sobrio. Las tóxicas proposiciones de lucha de clases, agitaciones anarco-sindicalistas, inventos comunales utópicos y la colectivización de la propiedad (en su amplia definición), fueron consideradas por el Maestro, ridículas y peligrosas. En el falso nombre, de una tergiversada “libertad” que estos absurdos esquemas proponían, a Martí, nunca lo engatusaron. Siempre comprendió que la libertad es la ausencia de coerción. Todo el resto, es licencia para el despotismo. Su capacidad de mantener pulcro la gama de su vasto arsenal intelectual, evidencia la superioridad de su esencia. El regalo que llevaba Martí, era trascendental.

Su condición de místico le facilitó, sin duda, no sólo la claridad de su pensar, sino la determinación para cumplir. “Cada cual al morir enseña al cielo su obra acabada, su libro escrito, su arado luciente…”. Este convencimiento llevó a Martí el abrazar el deber, entrañablemente. “¡Se sale de la tierra cuando se ha hecho una obra grande!”. Martí salió con creces. Ahora espera y lucha para las grandes obras en construcción que en su inspiración, se están preparando. Ya lo veremos.


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