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Sin nada que ocultar
20-05-2007, Yosvani Anzardo Hernández

“Quiero un sombrero de guano, una bandera,
quiero una guayabera y un son para bailar”,
Miguel Alfonso Pozo ‘Clavelito’.

Cuba es un infierno tan definido que hasta en invierno se sufre mucho calor. Tal vez por eso desde los 60, el saco y la corbata dejaron de ser prendas populares y ahora sólo la usan la aristocracia y los mentirosos del noticiero. ¡Ah Claro! el vulgo lo disfruta también cuando alguien de sus miembros se casa. Única oportunidad justificada que tienen. Aunque esta práctica está en peligro de extinción, porque eso de casarse se está volviendo un mal habito del pasado. Por suerte para algunos, ya casi obsoleto.

Pero con el traje, y poco a poco, también la cubanísima guayabera se fue a bolina. Y son hasta más difíciles de encontrar. No sé, tal vez sea un problema del bloqueo. Sí, del bloqueo mental que nos conserva en una sola pieza, aunque estemos hecho picadillo. El día que nos falte un culpable, nos descoronamos. Por ello no sólo hemos perdido hábito al vestir, sino hasta el hábito de vestirnos, pues como dice mi vieja, nunca falta un remiendo para un descocido.

Y si Spencer Tunick quisiera, con facilidad obtendría la foto de desnudos masivos más grandes que las que hizo en Barcelona. Total, si en eso de andar en cueros tenemos experiencias y ya casi no envidiamos, ni vemos tan lejos, a los encueruzos Tainos.

El arte de no vestirse y parecer que estas cubierto a los isleños se nos da muy bien. Por ejemplo, cuando se vende ropa interior, no importa cuan fina y transparente sea, lo importante es que enmascare a los agujeros y elevaciones necesarias y que den a la vista lo que la imaginación de un perico no puede ver, pues todo el mundo anda por las calles luciendo decorosamente sus propiedades, hasta que la próxima moda defina a la actual como impúdica.

Así sucedió con la licras y los calzoncillos de franela, aunque las propagandas a veces cometen errores, como sucede con los blumers cachetero, que si los hubiesen dejado sólo con el apellido, todas las cubanitas usarían sus lencerías nuevas en las calles. Pero no, hubo un desgraciado, mal intencionado, que tuvo que decir que eran blumers, y ahora sólo encuentras con ellos a las incrédulas que los confunden ingenuamente con simples ‘calenticos’, y por supuesto, también a las que no se dejan confundir por nadie y se lo ponen, porque al que Dios se lo dio, San Pedro se lo bendiga.

Y hasta a algunos varoncitos los tienen enredados. Antes vestían a todas horas con camisetas. Ahora usan vulgares blusas con tiranticos y todos. Afortunadamente son sólo algunos y no pasan del 80 por ciento de los jóvenes. El 20 restante al parecer no tiene presupuesto.

De cualquier forma todo esto nos ha traído también cosas buenas, como es el hecho de que no necesitamos altos niveles de abstracción para conocer la consistencia de la carne ajena. Y con un simple escaneo visual, tenemos las respuestas que antes nos estaban vedadas. Y además, la gente también es más sincera: las mujeres no usan engañadora y los hombres no se aprietan la barriga, que es además, símbolo de prosperidad.

Preocupado por todo esto, le pregunté a mi bisabuela, viuda desde hace 30 años, y que es una especie de fósil viviente, pues todavía usa sayuela y refajo debajo del vestido, y me confesó, que sólo viste así, por respeto al esposo.

Lo que confirma mi sospecha de que la vieja es una espía del otro mundo, cuya misión será exigir que a los muertos los entierren tal y como vinieron a este. Seguro estoy, la vieja tendrá éxito, pues ya en Cuba la gente protesta por lo bajo, cuando a alguien lo siembran con ropa nueva, porque supongo sean los compinches de la vieja del refajo, los que lo sacan luego y le quitan los pantalones.

Todo esto es real. Pero alguien me dijo que no debíamos reírnos de estas cosas, porque también los cubanos nos esforzamos mucho para evitar llegar a este estado de cosas. Y hasta preferimos no comer con tal de vestirnos. Y aún así, muchos no logramos ni una cosa ni la otra.

Por lo que vestimos a media, porque también a medias comemos. Y aunque sea a medias quisiéramos sentirnos turistas de vez en vez. Y el culpable de todo, según la gente, es Amado Acosta. O sea, Amado por los turistas de verdad, A costa de los cubanos… y no es mentira.


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