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PENSAMIENTOS PARA COMPARTIR
17-05-2007, Hugo J. Byrne

(A mi hermano Mario)

 

“El hombre crece con el ejercicio de sí mismo, como con el rodar crece la velocidad de la rueda; y cuando no se ejercita, como la rueda, se oxida y se pudre”.

José Martí (Buenos Aires, 1885)

 

Al asomarme al ocaso de la vida y reflexionar en el pasado, vienen a la mente ciertos elementos determinantes de mi ascensión a la madurez, como lo fueran las respuestas que obtenía de mi padre a mis frecuentes interrogantes y preocupaciones. Casi siempre esas preguntas se hacían a prima noche y de sobremesa.

En esas tertulias participaba prominentemente mi hermano mayor. A medida que fui creciendo en raciocinio percibí que nuestras conversaciones se volvían más y más un normal intercambio de ideas entre adultos, superando el pasado aprendizaje infantil.

Mi hermano, dueño de un temperamento más sereno que el mío y poseedor de un poder de atención admirable, no sólo tenía la habilidad de adquirir conocimientos con rapidez pasmosa, sino que era también capaz aplicarlos con la misma convicción de carácter que personificaba a mi padre, quien fuera nuestro primer mentor y mejor maestro.

Mi hermano entendió primero que yo el verdadero significado de las relaciones filiales y cómo y por qué esa fraternidad realmente debe extenderse más allá de los lazos de sangre, a la familia grande que es la patria. A empujones (casi literalmente) mi hermano me sacó de Cuba en un cierto momento crítico para mí: gracias a él estoy todavía vivo.

Para entender porqué esas tertulias familiares del pasado en mi memoria aparecen como la forja del individuo quien creo ser al presente, el amable lector debe recordar (o aprender los más jóvenes) que en ese ambiente cubano de provincia de los años cuarenta no existía mejor aprendizaje (o entretenimiento) que la conversación con los mayores.

Las noticias del día se recibían por el periódico en cada mañana, o a las ciertas horas en que el radio daba algún resumen, a excepción de los acontecimientos más extraordinarios (la televisión no llegaría a Cuba hasta principios de los años cincuenta).

Una vez cuando en esa década tan malévolamente impresa en nuestra memoria le pedí un consejo, mi padre me lo negó:

“No puedo aconsejarte, pues tú eres ya un hombre totalmente capaz de ejercer tu propio criterio.

Sólo puedo decirte, si es que insistes en saber mi parecer, lo que yo haría si estuviera en tu lugar.

Pero me temo que tendrás que decidir por tu cuenta.” Sentí que había gran emoción en sus palabras y que solamente esperaba con anticipación que yo llegara por mis propios medios a sus mismas lógicas conclusiones. Cuánto legítimo orgullo adiviné en su sonrisa al apreciar que yo usaba lógicamente ese criterio que él tanto me ayudara a formar.

Mi padre murió el día catorce de abril de 1961.

A la mañana siguiente, al finalizar la vigilia y cuando la procesión fúnebre se disponía a salir desde La Habana para el cementerio de San Carlos en Matanzas, sentimos fuertes detonaciones en una base militar cercana: el malogrado esfuerzo libertario de Bahía de Cochinos recién empezaba. A partir de ese momento mi vida cambiaría radicalmente, haciendo del exilio político para mí la única opción.

La brevedad de la vida nos fuerza a usar ciertas prioridades con nuestro tiempo. Al mismo tiempo, la disciplina y autocontrol son armas imprescindibles en nuestra lucha contra las insidias con que nos agreden sin cesar los emboscados agentes de la tiranía. Su propósito no es otro que distraernos y dividirnos para ganar tiempo.

Que tengan o no éxito, depende enteramente de nosotros. En esto, como en prácticamente todas nuestras otras actividades, necesitamos ejercitar un criterio práctico.

A menudo amigos y lectores comparten conmigo su justificada indignación por la incesante agresión verbal de esos agentes provocadores. La inmensa mayoría de estos últimos, incapaces de un debate inteligente por carecer de argumentos objetivos, nivel intelectual o ambas cosas, usan el insulto para ofendernos y así provocar nuestra reacción. Cuando lo logran nos distraen de nuestras labores en pro de la libertad de Cuba.

En ciertos casos se han anotado victorias importantes cuando algunos de nuestros planes se han visto obstaculizados por sus triquiñuelas. En varias ocasiones han logrado destruir o mermar con su cizaña verdaderos baluartes de nuestras verdades, esas trincheras de ideas de que nos hablara Martí y que estaban haciéndole daño real a la tiranía.

Sé que la tentación a contestar adecuadamente sus diatribas es a veces abrumadora.

Pero es una tentación que, en mi humilde criterio, debemos resistir.

Utilizando la limitada sabiduría que retengo de entre la infinita con que me educara mi padre, no puedo aconsejar a mis lectores.

Sería pretencioso y contraproducente. Además, sería una falta de respeto.

 

Debe bastarme con dar el ejemplo.


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