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La disputa por el aborto
30-04-2007, Raúl Trejo Delarbre

En la querella en torno al aborto se enmarañaron argumentos científicos, realidades sociales, exigencias éticas, convicciones morales, creencias desatadas, apremios religiosos. Cada hebra de esa embrollada madeja enredó una discusión de antemano condenada a resultar infructuosa. Para que haya intercambio auténtico se requiere no sólo de un contexto común sino, además, que los debatientes compartan algunas premisas básicas. Y el del aborto es de esos temas irremediablemente polarizados porque hay quienes, ante la ciencia, imponen sus creencias.

La investigación científica ha esclarecido sin lugar a dudas que el embrión, durante sus primeras semanas de desarrollo, no es un ser humano. Pocos temas de la biología y la medicina han sido motivos de una divulgación tan extensa como ése. Pero tales razones de nada sirven cuando hay quienes prefieren suponer que el ser humano existe desde el momento de la concepción. Las diferentes apreciaciones acerca de ese inicio paralizan cualquier discusión seria. Así ha ocurrido en todo el mundo y no podría haber sido de otra manera en este episodio que, entre otras cosas, forma parte del tortuoso pero a veces fructífero avance mexicano dentro de la modernidad.

Los puntos de vista de quienes se oponen al aborto antes de las 12 semanas de gestación resultan comprensibles como expresión de convicciones determinadas por la fe; son apreciables en tanto forman parte de posiciones realmente existentes en la sociedad mexicana. Pero no son respetables.

Una falsa cortesía habitualmente nos lleva a sostener que las posiciones de los otros son respetables aunque no coincidamos con ellas. Pero las ideas y las actitudes que se derivan de ellas no son para ser enaltecidas y mucho menos veneradas, sino para discutirlas. Las personas que las sostienen merecen respeto pero sus ideas, no necesariamente. Y así ocurre en el espinoso debate acerca del aborto.

La Asamblea Legislativa del DF tomó este martes 24 de abril una decisión pertinente e importante. Más allá del significado y los efectos específicos que la despenalización del aborto antes de las 12 semanas tendrá en beneficio de la salud y los derechos de las mujeres en la ciudad de México, esa votación reivindica el laicismo en nuestra vida pública y constituyó un rechazo al fundamentalismo.

Las distorsiones de quienes muestran imágenes de fetos desarrollados como si se tratase de embriones de menos de tres meses hicieron imposible un debate auténtico. La propaganda de los grupos anti aborto y del Partido Acción Nacional ha sido mentirosa e histérica. De por sí mutuamente excluyentes, las posiciones de partidarios y antagonistas del aborto fueron esquematizadas en los spots y desplegados de prensa que hablan de mártires inocentes cuando no puede haber víctimas si no hay individuos.

Falso dilema, en este asunto la decisión no estaba entre la libertad individual de las mujeres y sus parejas y la defensa de la vida de los no nacidos, sino entre el mantenimiento de creencias morales y religiosas de carácter privado por encima de derechos sociales. A esa disyuntiva se la pretendió enmascarar con una campaña chantajista que ha inquietado a no pocos ciudadanos pero que, a final de cuentas, delinea opciones muy claras. Entre Chespirito y Paulina, los mexicanos defienden el derecho de esa y muchas otras jóvenes a ser madres cuando así lo decidan y no cuando las circunstancias o los abusos las obliguen a ello.

Esas posiciones fueron expresadas el martes en la Asamblea Legislativa. Aunque con limitaciones y acotado por la polarización, hubo un interesante intercambio. No llegó a ser debate auténtico porque esgrimía más las razones y convicciones de cada cual que los argumentos para refutar las posturas contrarias. Pero el solo hecho de que durante varias horas ese cuerpo legislativo haya ventilado tales puntos de vista habla bien de sus integrantes y de los partidos, todos, allí representados.

Las presiones de la jerarquía eclesiástica incrementaron la importancia de la decisión que tomaría la Asamblea. De pronto no estuvo en juego únicamente la libertad de las mujeres para resolver si han de ser madres o no, sino además la libertad de los legisladores y los partidos para tomar decisiones de interés público. Oponerse a los amagos de los obispos y del Papa, no es liberalismo trasnochado sino reivindicación de la democracia que hemos querido y podido construir.

Cuando las sinrazones de la religión se confunden con los asuntos seculares, comenzamos a estar en problemas. La agenda pública no ha de resolverse a partir de creencias ni por autos de fe. Por eso ha resultado apropiado, aunque sus consecuencias sean solamente simbólicas, el reclamo formal que presentó el partido Alternativa para que sean sancionados los funcionarios eclesiásticos que instigaron en contra de la decisión que tomaría la Asamblea.

La jerarquía eclesiástica y los grupos fundamentalistas que se apoyan en ella, en el partido en el gobierno o en ambos, son los grandes derrotados en este episodio. A pesar de admoniciones cataclísmicas y de amenazas que fueron desde la excomunión hasta intimidaciones nada alegóricas, la sociedad no se ha dejado arredrar. A diferencia de los obispos, la mayor parte de los mexicanos distingue con claridad entre los ámbitos religiosos y los del orden civil. La separación indispensable entre Estado e iglesias hoy también se expresa en las fronteras, cada vez más claras, entre convicciones religiosas y decisiones personales.

El derecho de las mujeres y sus parejas a resolver acerca de los asuntos de su vida íntima no es una reivindicación menor. Por ella, han pugnado durante muchos años algunos de los grupos feministas y comprometidos con las libertades sociales e individuales que hoy celebran la despenalización del aborto. La decisión de la Asamblea Legislativa no es mérito de un solo partido sino del reconocimiento, en los partidos que hicieron mayoría, de tales derechos.
El cumplimiento de esos derechos no será sencillo. Además de infraestructura hospitalaria se requerirán campañas de orientación y prevención. La reforma legal no pretende propiciar el aborto sino garantizar condiciones médicas y sanitarias suficientes para las mujeres que decidan acudir a esa medida.

Habrá, posiblemente, inconformidades que lleven este asunto a la Suprema Corte de Justicia. De ser así, resultará absolutamente indispensable que los magistrados examinen la cuestión del aborto con la mayor escrupulosidad científica, médica y desde luego jurídica —y sin tropezar en ligerezas y prejuicios como los que algunos de ellos manifestaron al discutir las denuncias de los militares despedidos porque padecían Sida.

La querella en torno al aborto no está saldada en México. Es un tema que nos acompañará por largo tiempo, brincando de cuando en cuando sobre todo conforme las mujeres de otros estados, y sus representantes, quieran compartir un derecho que ahora se encuentra restringido a las ciudadanas del Distrito Federal. Los fundamentalismos de tapujos moralistas, o religiosos, no desaparecerán. Seguirán requiriéndose explicaciones, documentación y aclaraciones. Pero indudablemente la decisión del 24 de abril en la ciudad de México será pionera. No es desenlace, sino punto de partida en la defensa de las libertades sociales.

ALACENA: Quisquillosa Corte

Por lo pronto, la Suprema Corte de Justicia de la Nación perdió una extraordinaria oportunidad para guardar silencio. El anuncio de televisión difundido por el PAN en donde un supuesto juez condena a un feto a ser abortado constituye una burda y maniquea caricatura, es de pésimo gusto estético y político y dibujó en toda su crudeza la vulgaridad con que ese partido y sus dirigentes quisieron enfrentar la despenalización del aborto. Pero es impensable que, a partir de ese spot, alguien pudiera creer que en México los jueces puedan tomar una decisión así.

El de ese anuncio televisivo es un juez de toga y martillo, parapetado en un estrado, como los que vemos a menudo en las películas estadunidenses. Nadie con el más elemental conocimiento del sistema judicial mexicano podría creer que la tosca parodia que muestra el anuncio panista es real.

Sin embargo los ministros del máximo tribunal del país se inconformaron, manifestando una susceptibilidad o una intolerancia preocupantes. A ese paso van a querer censurar el legendario programa radiofónico La tremenda corte.

*trejoraul@gmail.com . Publicado en La Crónica de Hoy, 26 de abril de 2007.


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