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Cho Seung-Hui
28-04-2007, Mori Ponsowy

Cho Seung-Hui, ¿simplemente un loco?

Desgracias como la que ocurrió la semana pasada en la Universidad Tecnológica de Virginia nos dejan doblemente estupefactos: por el horror y por la incomprensión. Horror ante la muerte injusta e inesperada de todos esos jóvenes, e incomprensión ante los motivos que pudo tener Cho Seung-Hui, el asesino. Cuando ocurre algo así, es tan grande el asombro que tanto la policía como los medios intentan descubrir qué fue lo que pudo llevar a alguien a actuar como lo hizo.

Menos de 24 horas después de los asesinatos, los medios intentaban dar alguna explicación: primero se dijo que Cho podía haber actuado bajo el efecto adverso de antidepresivos; luego vinieron los testimonios de profesores y compañeros que decían que su comportamiento no era normal. Dos días después llegó a la cadena televisiva NBC el paquete con fotos y videos que Cho envió por correo antes de matarse. Y ahí siguieron los diagnósticos, paseándose desde la ansiedad y la fobia social, hasta la paranoia, la esquizofrenia y la psicosis.

No sé de ningún medio, de ningún periodista, que se haya manifestado en contra de la opinión general de que Cho estaba loco. Pareciera que sólo pensando de esta manera, sólo formando fila como soldados detrás de esa etiqueta, podemos encontrar una justificación a lo que hizo y empezar a sentirnos más tranquilos. Sin embargo, aunque clasificar de loco a Cho Seung-Hui nos ayude a encontrar un modo y un lugar, un cajoncito en nuestra mente, para entender lo sucedido, hay un peligro grande en esa forma, tan apresurada, de etiquetar.

Catalogar a alguien de loco lo coloca en un lugar separado del resto de los seres humanos, lejos de los que no estamos locos. Catalogar a alguien de loco divide el mundo de manera categórica en un él y un nosotros, olvidando que la salud mental y la locura no son sino parte de un continuo y que, en mayor o menor medida, todos tenemos rasgos paranoicos, neuróticos o fóbicos. Catalogar a un asesino de loco significa perdonarlo y castigarlo, simultáneamente. Perdonarlo, porque si estaba loco no fue su voluntad, sino su pasión o su locura, lo que lo llevó a actuar de manera contraria a las leyes y a la ética; castigarlo, porque lo expulsamos del mundo humano y moral, para sepultarlo sin remedio en el mundo amoral de los enfermos y discapacitados.

"Cho Seung-Hui estaba simplemente loco", escribió Richard Cohen, un conocido columnista de The Washington Post cuyo artículo fue publicado en La Nación el miércoles 18 de abril. Más allá de mi acuerdo o desacuerdo con Cohen, más allá también de lo que pueda decir la psiquiatría, es ese "simplemente" lo que me parece preocupante. Como si la locura fuera simple. Como si con eso pudiéramos poner a Cho de un lado de la balanza y todos los demás quedáramos del otro. Tildar a cualquiera de "loco" es arrebatarle las cualidades que lo hacen humano. Un loco, ya lo sabemos, no es responsable de sus actos. Es inocente como un niño o, peor aún, como un lagarto, o como el oso hormiguero que el 12 de abril mató a su cuidadora en el zoológico de Florencio Varela.

¿Qué motivo hay detrás de la rapidez y la facilidad con la que todos acceden a tildar de loco a Cho? Por un lado, se encuentra la ya mencionada necesidad de comprender. Pero no es sólo eso: decir que Cho estaba loco es la manera más fácil de salvarnos, de separarnos de ese acto horrendo que él y sólo él cometió, y de eximirnos de toda culpa. Más aún: nos exime de culpa a nosotros, los espectadores, pero también en gran medida, lo exime a él.

Sin responsabilidades individuales. Pareciera que esa es la tendencia en el pensamiento contemporáneo: eximir de responsabilidad al hombre individual. No pasa una semana sin que los diarios publiquen alguna noticia relacionada con descubrimientos genéticos o neurológicos: "Científicos británicos descubren el gen de la depresión," "El altruismo está en el cerebro", "Hallaron genes que explican la impulsividad".

Los titulares parecen indicar que el origen de nuestra conducta está en nuestra biología. Este escenario no deja lugar para la libre toma de decisiones ni para la acción responsable y nos convierte en autómatas sometidos a un destino. Pero aún más perturbador resulta pensar que si nadie es responsable de sus actos, tampoco podríamos culpar a genocidas como Milosevic o Videla, pues sus acciones serían consecuencia de un cóctel nefasto de genes autoritarios y violentos. Consecuencia, en suma, de su locura.

Y no exagero. Escribe Richard Cohen en el artículo citado: "Los terroristas del 11 de setiembre de 2001 estaban locos. Cada uno de ellos. Osama bin Laden está loco (...) Hitler probablemente siempre estuvo loco (...) Pol Pot estaba loco y Stalin estaba loco, y también Idi Amin". Qué manera, la de Cohen, de poner a todos estos asesinos en la misma bolsa, junto a Cho, cuando la verdad es precisamente la contraria: Hitler no estaba loco, ni tampoco lo está Osama bin Laden. ¿Ignora Cohen la cantidad de psiquiatras que evaluaron la salud mental de Eichmann durante su juicio? ¿Ignora que Franz Stangl, el comandante de Treblinka, el mayor de los campos de exterminio nazi, tampoco estaba loco y que en 1971 admitió que actuó con total libertad y que, si hubiera querido, habría podido evitar hacer lo que hizo? Cohen afirma: "Los Estados Unidos también enloquecimos un poco después del 11 de setiembre de 2001". Quizá sea más fácil pensar que todos esos personajes estaban o están locos, que admitir que el mal, verdaderamente, existe.

No nacemos violentos. ¿Cho estaba realmente loco? ¿Actuó bajo el influjo de voces extrañas o de alucinaciones? ¿Lo hizo en un rapto de pasión? ¿No premeditó sus actos? Pasarán los años y nunca lo sabremos con seguridad. La salud mental y la locura no son de ninguna manera cosas simples. Ambas dependen no sólo de nuestra biología, de los genes con los que llegamos al mundo, sino también de las experiencias que vivimos, del entorno en que nacemos, de la sociedad que nos cobija o nos repele. Nacemos con ojos verdes, negros o azules pero no nacemos obesos o violentos. Sólo un 50 por ciento de las personas que poseen el gen de la depresión terminan siendo depresivas. ¿Qué pasa con el otro 50 por ciento? Tuvieron padres afectuosos y tolerantes; vivieron un ambiente familiar pacífico; no pasaron por una guerra.

¿Cho habría hecho lo mismo si nunca hubiera emigrado de Corea a los Estados Unidos? ¿Si viviera en un país pacifista y no bajo la égida de Bush? Según la National Education Association de Estados Unidos, en el último año murieron 19 niños a raíz de muertes violentas con armas de fuego en Gran Bretaña, 57 en Alemania, 109 en Francia, 153 en Canadá y 5.285 en Estados Unidos. Las cifras son más que elocuentes.

Los monstruos de nuestro tiempo, los más grandes asesinos de masa, no nacen, sino que se hacen. Más que trazar el perfil psicológico de Cho Seung-Hui, haríamos mejor en examinar de cerca la sociedad en la que vivimos. ¿Qué valores les transmitimos a nuestros hijos? ¿Qué juegos les dejamos usar en sus Play-Stations? ¿Qué películas les dejamos ver? ¿Quiénes son sus héroes y los nuestros? ¿A quiénes se quieren parecer? A veces es más cómodo mirar hacia otro lado, que intervenir.

Es muy probable que Cho estuviera loco. Pero no estaba simplemente loco. La maldad existe en el mundo y nosotros estamos en él. Hablamos mucho de cómo nuestra acción influye sobre el medio ambiente natural, de cómo somos responsables del cambio climático o del agujero en la capa de ozono. Pero olvidamos que nuestras acciones y nuestras omisiones, que nuestras palabras y también nuestro silencio, condiciona y causa efectos sobre el mundo moral que nos rodea. Es como cuando arrojamos un guijarro al agua. Provoca ondas cada vez más amplias.

No vivimos en un vacío. En la escuela secundaria los compañeros de Cho se burlaban de él porque no podía pronunciar correctamente un poema en inglés. Esos compañeros no son responsables de lo que sucedió en Virginia. Hay muchas personas solitarias, débiles y deprimidas, muchos de quienes se han burlado, pero que nunca mataron a nadie. Cho debe tener alguna responsabilidad. Pero no toda.

La imagen del guijarro es elocuente. La locura existe. Y también existe el mal. En 2004, en Argentina tuvimos una tragedia similar en la Escuela Islas Malvinas de Carmen de Patagones, en la provincia de Buenos Aires. Que nuestras acciones sean guijarros que lleven al bien. Que no tengamos, después, que echarle la culpa a la locura de los demás.


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