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TAMARGO Y SU PAN Y VINO
06-04-2007, Julio M. Shiling

El “ronco”, cariñosamente, mi padre le decía. Su notoria voz se trasladó al Paraíso. Rodeado de nuestros próceres y otros ilustres antiguos desterrados, actualmente también transbordados a la Vida Eterna, harán fuerza por la Cuba que se acerca. Incuestionablemente, el especial contenido de la dinámica personalidad de Agustín Tamargo se va a extrañar. Cumplió cabalmente aquí. Los frutos de las profusas semillas que plantó, asegurarán que su recuerdo será fácil de inspirar.

Un ser de contrastes era Tamargo. Espontáneo y consistente a la vez. Eterno bohemio que desafiaba el calendario con su perenne juventud, llevando siempre un poema en su pensar, sin desterrar la hermosa terquedad que un hombre de completo principios posee. Y sencillo. Como los versos del Apóstol, contenía en su mondo y lirondo expresión, la vastedad erudita. Nació ya con una formación académica. La universidad, que Dios le regaló, la llevó siempre dentro.

Periodista seminal, 67 de sus 82 años. Esposo, 65 de ellos. Cubano siempre. La mayor parte de ellos, como tantos otros, exiliado. Obedeciendo a su espíritu aventurero, emigró primero para conocer el mundo. Que mejor ciudad para eso que Nueva York. Luego la salida fue recetada por su alergia a los regímenes no-democráticos y en 1958 salió para la tierra de Alberdi. Engañado, como casi todo un pueblo, apostó por la revolución barbuda en Cuba. Su hipersensibilidad a dictaduras (aún en gestación), lo llevó a olfatear precozmente el comunismo y rechazando las tentadoras ofertas “revolucionarias”, hacia la ciudad donde más años vivió Martí se exiló. Más nunca pisaría (en forma humana) suelo cubano.

Fiel a su universalismo, recorrió el continente formando parte de Cuba en la diáspora. Buenos Aires, Caracas, Nueva York y Miami hospedaron al insigne periodista. Pero siempre estaba en Cuba. Y Cuba en él. Tal vez eso explica como reunió el unísono aprecio, tanto en su mortal estado como al partir, de la compleja amalgama de facciones democráticas cubanas. Este cubanazo, paradigmático por su cubanía y contrastes, captó el corazón de sus conciudadanos por eso. Por que llevaba a Cuba dentro. De ese “pan” y “vino”, puede ingerir toda una nación. Así nos dijo Agustín.


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