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Cuba: ¿Disidentes o arquitectos del sepulcro? *
16-03-2007, Jorge Olivera Castillo

Los disidentes en Cuba soportan, perseveran, su luz no se apaga pese al vendaval represivo. En el transcurso de algo más de 30 años han logrado articular un entramado de organizaciones y proyectos cuantitativamente superiores a los ocurridos en los países de Europa del Este y en la Unión Soviética, cuando el totalitarismo dominaba el escenario político en ambos territorios.

Esto es un hecho que pone en dudas las aseveraciones de críticos y calumniadores que llenan el éter y las cuartillas con alusiones a la cobardía, la flacidez moral y el carácter mercenario de quienes se exponen al exilio, a la cárcel y a la muerte por luchar a favor de los derechos fundamentales de todos, incluidos los integrantes del Partido Comunista.

¿Puede un mercenario enfrentar sin dobleces, ni titubeos una condena a prisión en condiciones semejantes a la de una bestia? ¿Es acaso amoral pedir que la libertad de expresión sea un derecho sin cortapisas ideológicas? ¿Podría un cobarde enfrentarse, pacíficamente, a una suerte de engendro totalitario que decide sobre su vida como si fuera Dios?

Decenas de miles de hombres y mujeres han sufrido el encierro por no ajustarse al guión oficial. Tal vez hoy son simples osamentas dentro de una tumba o viven allende los mares como forasteros en alguna vecindad ajena a la delación y a tener en la psiquis un policía de guardia.

A pesar de las pesadillas, los sueños se han impuesto. El lugar vacío a causa de una baja es ocupado por alguien que rompe las cadenas del temor y se alza con la idea de crear una nación nueva sin odios, tolerancia y donde nadie use las leyes como alfombras o calzoncillos.

Ser disidente ahora es una virtud porque se lucha por el futuro. Por cada gota de sufrimiento llega a la conciencia un alud de satisfacción, y es que nadie de los que empuñan la verdad, su verdad sin los virus del absolutismo, quiere ser un practicante de la fuerza, ni persigue honores vanos.

Los que discrepan a cara descubierta no tienen de qué arrepentirse, son paradigmas de la transparencia, personas que no forran sus pensamientos con palabrerías desprendidas de los vaivenes de las circunstancias.

En Cuba la mentira es el artilugio del náufrago que evita la inmersión definitiva. Flotar sobre las miserias, el miedo, los burócratas, la policía, las ilusiones perdidas, las ruinas que habitan al lado de las consignas. Pocos disienten a viva voz. Es cierto que la mayoría repite frases, aplaude, finge, derrocha diligencia en cuanto suenan las campanas de la convocatoria partidista.

A su manera van al desquite, mudando sus valores a lo más recóndito del olvido. Suelen ser expertos en el hurto, paradigmas del soborno, piezas claves de la corrupción, actores proclives a cualquier papel
con tal de no caer en el abismo de la desgracia. Es por eso que el país es un desastre. ¿Un teatro? ¿Una jungla que llaman paraíso? En 2007, valga decir que Cuba revolucionaria no pasa de ser una entelequia. Casi medio siglo embarcados en un proyecto "socialista" que a duras penas se sostiene con sus dos muletas: propaganda y represión.

Nadie o muy pocos creen en los discursos que vienen anunciando Eldorado desde 1959. Si las frustraciones tomaran la naturaleza de sus autores hoy tendríamos casi el doble de la población actual

Yo abogo por una reparación urgente, doy la voz de alarma antes que las desventuras tomen el cariz de una hecatombe. Por eso me condenan, me lanzan a la hoguera por hereje. De todas formas insisto en mis disidencias. Quiero vivir en un país real, escribir una crónica y publicarla en un periódico editado en La Habana sin los fantasmas de la censura, viajar al extranjero sin pedir un permiso en las oficinas de inmigración, hospedarme en un hotel de los que ahora son exclusivamente para turistas foráneos, y por supuesto, no ver en el código penal ninguna disposición contra quienes practiquen los preceptos inscritos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Lo mismo desean los disidentes, los ciudadanos sin claras definiciones ideológicas y comunistas de cartulina. Estos dos últimos grupos son quienes, afanosamente, cavan la fosa para enterrar lo que queda del socialismo. Con sus desfalcos, malversaciones, indisciplinas y apatías, son los genuinos arquitectos del sepulcro, los artesanos de la lápida, quienes aportan la tinta negra para el epitafio.

*Publicado en Cubanet


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