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Lula, Chávez y diplomacia del "mal menor"
19-02-2007, Juan González Febles

La clave del éxito, o de un fiasco diplomático, del gobierno norteamericano en América Latina radica en saber si conseguirá distinguir, por un lado, entre los potenciales aliados, con objetivos comunes y en los cuales se puede confiar; y, por otro, entre los amigos aparentes que, con una sonrisa falsa en los labios, despiertan ilusiones y hacen promesas que nunca cumplirán

Nicholas Burns, subsecretario de Estado para Asuntos Políticos del gobierno estadounidense, visitó Brasil manifestando la esperanza de que el gobierno Lula asuma su papel de "potencia regional" en América Latina; pueda actuar como mediador con el gobierno Chávez, de Venezuela; y al mismo tiempo sirva como un contrapeso a la influencia chavista en el continente. Burns reconoció que América Latina durante mucho tiempo "quedó al margen de las preocupaciones estadounidenses", y pasó a defender el "multilateralismo", alegando que su gobierno "no puede enfrentar solo todos los problemas" internacionales. Además de la visita de Burns, se espera la llegada de la secretaria de Estado, Condoleezza Rice y el presidente Lula recibirá la visita del presidente Bush el 9 de marzo, retribuyéndola, en Washington, el 31 de abril.

Lo anterior revela el interés del gobierno norteamericano en transformar al gobierno brasileño en su aliado más importante y confiable del continente sudamericano. La pregunta crucial es si el actual gobierno brasileño merece o no esa confianza.

En relación a los Estados Unidos, el ex embajador brasileño en Washington, Roberto Abdenur -con el conocimiento de causa proveniente del alto cargo diplomático que ocupó durante años, hasta hace muy pocos días- acaba de advertir que el "antinorteamericanismo" es un sentimiento que impregna toda la política exterior de Itamaraty, la influyente cancillería brasileña. Sus declaraciones fueron inmediatamente ratificadas, de manera enfática, por los ex cancilleres Luiz Felipe Lampreia y Celso Lafer. También se hizo pública la existencia, en Itamaraty, de un curso obligatorio de reciclaje ideológico izquerdista, para diplomáticos de carrera, organizado por el secretario general de la cancillería, embajador Samuel Pinheiro Guimarães.

En relación a Venezuela, el gobierno Lula ha adoptado hasta el momento una política contemporizadora y dialogante hacia Chávez, contribuyendo a desmobilizar las naturales preocupaciones de gobiernos vecinos y de sectores importantes de la opinión pública continental, y a desmoralizar a la oposición interna venezolana. Análogamente, la contemporización del gobierno brasileño con el gobierno boliviano, encabezado por el líder indigenista Evo Morales, discípulo de Chávez, ha llegado a límites inimaginables. En realidad, Lula viene cumpliendo con maestría su papel de "moderado útil" al servicio del evochavismo.

Por lo anterior, y por otras razones que podrían exponerse, es legítimo levantar dudas sobre el fundamento de la aludida esperanza norteamericana de que el gobierno brasileño pueda ser un aliado confiable. Una cosa son las relaciones diplomáticas entre gobiernos que poseen ideas diferentes, pero que precisan convivir internacionalmente, establecer relaciones comerciales y políticas, intercambiar puntos de vista, etc. Otra cosa, muy diferente, es confiar en la ayuda de gobiernos que parecen hacer un doble juego y que tienen una notoria trayectoria antinorteamericana.

La clave del éxito, o de un nuevo fiasco del gobierno norteamericano, en América Latina está en saber si conseguirá distinguir, por un lado, entre los potenciales aliados, con objetivos comunes y en los cuales puede confiar; y, por otro, entre los amigos aparentes que, con una sonrisa falsa en los labios, despertan ilusiones y hacen generosas promesas que nunca cumplirán.

Reciente pesquisa de Latinobarómetro indicó que buena parte de los latinoamericanos se sitúa en posiciones de centro y derecha y que las izquierdas son minoritarias en todos los países, aún cuando mediante subterfugios psicológicos y políticos hayan conseguido llegar al poder por la vía electoral. La constatación de la existencia de un público mayoritario de centro y de derecha debería ser una premisa fundamental de la nueva política de acercamiento del gobierno estadounidense con América Latina, porque abre la posibilidad de una aproximación sobre bases reales y sólidas. Por el bien de las relaciones interamericanas, debería incentivarse las alianzas sólidas con los reales amigos y evitarse la arriesgada diplomacia que privilegia el acercamiento con el "mal menor", supuestamente, para neutralizar al "mal mayor".


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