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Cuba: Algunos aun pueden recordar viejos tiempos
18-02-2007, Néstor Díaz de

Es una suerte para el régimen castrista, que controla férreamente la prensa nacional, que la gran mayoría de sus periodistas no puedan recordar los viejos tiempos, aquellos de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, y como no los recuerdan, jamás podrían hacer comparaciones en sus escritos.

Pero los hay, muy pocos por cierto, que a pesar de haber nacido a finales de la década del cuarenta son capaces de hacernos recordar, cuando escriben que "Algún día habrá que precisar cuántos cubanos, antes de 1959, capearon el hambre gracias a las fritas, los ostiones de a diez centavos la copita y las sopas chinas".

El colega que escribió eso tenía diez añitos cuando triunfó el castro comunismo en nuestro país. No puede acordarse de todo lo que el pueblo disfrutaba gracias a la economía libre de entonces. No sabe que las sopas chinas, a precios irrisorios, hechas por especialistas chinos, eran fascinantes.

Mencionar las medias noches que se vendían en cualquier cafetería, con un pan de primera, con tantos ingredientes que juntos componían una suculenta y deliciosa comida: abundantes lascas de buen jamón de pierna, como no hemos podido probar nunca más en 48 años, lascas de lomo ahumado al buen estilo chino, quesos de varios tipos seguramente españoles, pepinillos, mostaza, catchup.

Ni los ostiones, a pesar de provenir de las mismas aguas, hoy saben igual.
Tal vez porque eran más frescos y los preparaban con mejores productos para darles buen sabor.

Recordar las comidas chinas en la Plaza de Carlos III, en el último piso del edificio y a precios populares, es casi un acto masoquista. Te extasiabas sólo de entrar a uno de los restaurantes y sentir el olor. Nunca más, en casi medio siglo, los cubanos que permanecemos en la Isla hemos podido disfrutar de una verdadera comida china a precios del cubano de a pie. Ni siquiera en ese híbrido barrio de las calles habaneras Zanja y Rayo, donde apenas hay chinos, porque casi todos eran pequeños comerciantes y fueron obligados a marcharse del país.

Mencionar la sopa, el arroz chino y olvidarse de las sabrosas frituras de bacalao hechas en presencia del comprador por aquellos asiáticos, no tiene perdón. O aquellas frituras de ajonjolí que valían cinco centavos. Eran de chuparse los dedos. O los deliciosos dulces típicos hechos con huevo y canela.

Y qué decir de tantos lugares donde se vendía un buen café con leche, leche fresca de vaca, pan tostado con mantequilla; cafeterías frecuentadas solamente por el pueblo. Donde quiera se cocinaba bien, porque todo tenía un dueño preocupado porque el cliente se fuera contento. Hasta en la fonda más miserable se disfrutaba de un buen congrí o un suculento ajiaco, servidos con higiene y buen trato.

Para nada se parecen las vituallas o golosinas de hoy con las del pasado.

Tengo un amigo que a esta revolución la llama "la revolución de las croquetas explosivas". Mejor no nos acordamos de ellas, que todavía andan por ahí feas, deformes e incoloras, haciendo estragos en los cielos de las bocas y al doble del precio de las estupendas fritas de ayer, las que se vendían en un sinfín de esquinas de la capital para el bolsillo hasta de los más pobres, hechas con carne de res bien condimentada, cebolla, tomates maduros y papitas fritas.

Siempre me ha resultado imposible pasar por delante de aquellos establecimientos comerciales sin sentir un repentino sentimiento de tristeza, convertidos hoy en escombros, o lo que es peor, en feas y sucias cafeterías donde se venden, además de las croquetas explosivas, pan con un pedazo de pésimo jamón al que nombran Vicki, refresco caliente, pasteles viejos o guarapo aguado; ver en lo que se ha convertido Las Avenidas, de Infanta y Carlos III, donde se vendían unos sándwiches que podían hacer la función de almuerzo y comida por lo voluminoso y nutritivo.

Por supuesto que sería absurdo tratar de precisar cuántos cubanos, antes de 1959, satisficieron su apetito gracias al prodigio de todo lo que brindaba una economía libre destinada a todo un pueblo. Aquellos cubanos que viajan a otros países lo saben. También los cubanos que viven en el extranjero. Los que sí ni lo saben ni se lo imaginan son esos que escriben en la prensa gracias a lo que le cuentan o a los viejos escritos que leen, esos que al cabo de casi medio siglo de croquetas explosivas son capaces de engañarse a sí mismos y hasta de pensar que todo marcha bien, sólo porque al cabo de casi medio siglo se pintan, se remozan y se reaniman algunos de aquellos centros comerciales, donde, bien lo recuerdo, ni siquiera faltaba el agua bien fría.

*Publicado en Cubanet


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