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DE GUAJIRO A CINEASTA
13-02-2007, Miguel Leal Cruz

El nativo de estas Islas Canarias, territorio español del Atlántico, fue el emigrante a Cuba por antonomasia, digan lo que digan los asturianos, gallegos o andaluces (con presencia también notabilísma). El porcentaje de canarios en la Perla Antillana es superior al aportado desde la España peninsular, según determinados estudios comparativos. Se les denomina genérica y cariñosamente "isleños o guajiros" por su específica dedicación a las tareas en el laboreo del campo y específicamente del tabaco. Eran, en su mayoría, apreciados por su seriedad y constituían la mayor proporción poblacional en cuanto a la emigración blanca existente en la Gran Antilla por países o regiones españolas. Esta aseveración queda constatada desde el siglo XIX a través de investigaciones llevadas a cabo por historiadores cubanos, Jesús Guanche Pérez (entre otros) en los archivos parroquiales sitos en los mismos lugares de asentamiento poblacional, a su vez contrastada con otras indagaciones en estas mismas Islas, siendo fundamentales las aportadas con carácter general por el magnífico historiador español Antonio Domínguez Ortiz (ya fallecido) gran maestro para conocer la Historia.

El canario creó su propia trama teatral (y la tramoya fue siempre el proceloso Atlántico, a veces su sepultura), y en algún momento convertida en película para etapas determinadas de aquel proceso. Así lo plasman los Hermanos Ríos para los años previos a la independencia de la bella isla caribeña analizando el protagonismo de muchos de aquellos canarios emigrantes que allí se hallaban, convertidos en ficción real en una buena película digna de figurar entre los clásicos del cine internacional: Mambí.

Esta parte del Atlántico fue por muchos años la puerta de Cuba (desde toda España) y para las posesiones en tierra continental americana que nadie (ni ningún historiador digno) puede negar por su misma obviedad.

Los puertos de Santa Cruz de La Palma, Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria, se llenaban de viajeros emigrantes que esperaban embarcar hacia lo que consideraban un lugar de esperanza que mejorara sus miserables vidas, consecuencia de una situación injusta desde siglos en la que sólo vivían medianamente bien menos de un 10 % de la población canaria, para la que el resto prestaba servicios laborales. De ahí el deseo de probar suerte en el denominado “paraíso indiano”, según Julio Hernández García, historiador Gran Canaria.

Los vapores, que hacían su gran negocio con el cargamento humano, cruzaban el Atlántico una y otra vez no importando la nacionalidad de los buques. Sus concesionarios o propietarios se limitaban a desembarcar a aquellas personas en los puertos cubanos, maltrechos tras un penoso viaje sin apenas comodidades (casi todos recluidos a la llegada en determinados lugares hasta superar una cuarentena…)

Una vez en “la tierra prometida” estas gentes, agrupadas por familias o lugares de procedencia, se diseminaban por la isla a la búsqueda del necesario trabajo para continuar subsistiendo (nos recuerda la problemática que ahora tiene lugar en Canarias por la inmigración africana no controlada, pero ya hemos dicho que aquello era extenso y con muchas posibilidades, y esto aquí es limitado) Eran demandadas las zonas tabacaleras (y azucareras) creadas tras desde los inicios del siglo XX en la parte central del país; aspecto éste analizado por un historiador cubano salido de la Revolución, José Luís López Isla .

Como quiera que nos hallamos en la isla Verde, aludimos a un prototipo ejemplar: Rústico Páez Martín. Embarcó desde el muelle de Santa Cruz de la Palma (tras cruzar la dorsal de la cumbre con el baúl a cuestas) cuando apenas contaba dieciséis años de edad. Natural de Todoque (Los Llanos de Aridane), perteneció como era norma habitual de la época a una familia de agricultores que disponían de tierras para siembra (a secano) y de numerosas cabezas de ganado sobre todo cabrío. A Rústico, según dijo cuando vivía a éste que investiga, le resultaba desagradable (o de poca gracia, como decía él) cuidar un rebaño de cabras en una montaña próxima a la casa terrera donde nació. En plena pubertad, y por temor el servicio militar obligatorio, marchó a Cuba en torno a los años veinte, isla en la que tenía familiares, como habitualmente era norma, que le recogieron en los primeros momentos (aún se cuenta por cientos de miles los canarios asentados allí, según datos del Gobierno de Canarias)

Deambuló por varios pueblos del centro de la isla antillana para asentarse con carácter definitivo en Taguasco (Sancti Spíritus), primero trabajando para otros hacendados, “isleños” algunos de ellos; por último independizado y creando su propia hacienda para cultivo de tabaco, con varios empleados. Disponía de cierto bienestar cuando triunfó la Revolución Cubana en 1959 con la que no participó en principio pero aceptó sus postulados en todo momento. Se adaptó al nuevo status hasta su muerte en aquel pueblo espirituano donde agravó su enfermedad hepática (me apuntan falleció en La Habana) que le acogió (a los 84 años) rodeado de su numerosa familia cubana. No tuvo cargos relevantes durante el proceso revolucionario pero si su único hijo, Evergisto Páez, nacido de madre también isleña de la misma Palma por parte de su padre, quién desempeñó cargos en el régimen cubano (hoy fallecido según me corrije su familia aquí)

Estuvo en su isla natal, donde una productora cinematográfica (apreciando la viveza, perspicacia y personalidad de él mismo) le hizo protagonista de un corto titulado “El largo viaje de Rústico” de enorme éxito a fines de los años ochenta del pasado siglo, por el que esta persona puede ser conocida e investigada, tanto él como la vida de los canarios en Cuba. En su contenido se analiza, una vez más, meticulosamente, cuánto ha aportado el trabajador “isleño” a la isla hermana en todos los aspectos ya sea laboral, cultural, médico, militar, ideológico, patriótico…, o como simple agricultor que es a lo que se dedica (o dedicaba) la mayoría desde el mismo fin del siglo XV tras la conquista de ambas archipiélagos por la Monarquía hispana.

¿Qué cubano existe que no pueda dar testimonio de la presencia de un “isleño” en algún lugar de la isla o en algún momento de su vida…? Este colaborador tiene por cuatro ramas genealógicas ascendentes unos 200 parientes en toda la isla tropical. A uno de ellos, en particular, le dije que una vez reunidos les invitaría a comer frijoles negros a todos..., cuando visite nuevamente aquel añorado y bello lugar tropical que con sus habitantes (y peculiaridades) recuerda en mucho a estas islas Canarias.

*DR. EN PERIODISMO, AUTOR DE TESIS SOBRE REVOLUCIÓN CUBANA Y PRENSA

 


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