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Polonia y Cuba
03-02-2007, Armando F. Valladares

El reconocimiento hecho por el arzobispo de Varsovia, monseñor Stanislaw Wielgus, de su colaboración con la tristemente célebre Sluzba Bezpiecenstwa, la policía política del régimen comunista de Polonia, golpeó y llenó de horror las conciencias de los católicos polacos y del mundo entero. Ante las evidencias presentadas por la Comisión Histórica Eclesiástica de Polonia, el recién nombrado arzobispo de Varsovia, quien hasta el momento había negado las acusaciones, reconoció su culpabilidad y debió renunciar al cargo.

No son pocas las delicadas preguntas que surgen en torno de este episodio. Por ejemplo, cómo es posible que la diplomacia vaticana, a tantos títulos considerada como una de las mejores y más informadas del mundo, no estuviese al par de los graves antecedentes relacionados con las actividades de espionaje de dicho Pastor contra su propio rebaño. Tal desconocimiento llegó al punto de que, cuando estaban en su auge las denuncias contra monseñor Wielgus, la Oficina de Prensa del Vaticano emitió una nota en defensa del alto prelado y del propio acto de su designación, afirmando textualmente: "Cuando la Santa Sede decidió el nombramiento del nuevo arzobispo de Varsovia, tuvo en consideración todas las circunstancias de su vida, entre las que se encontraban las relativas a su pasado" (agencia Zenit, Roma, Enero 6, 2007).

Pocos hechos de la historia eclesiástica contemporánea en los países comunistas podrían ser más graves que el caso del arzobispo Wielgus, máxime cuando, según especialistas, las actividades del alto prelado al servicio de los servicios secretos del anterior régimen comunista de Polonia pueden constituir la punta de un iceberg sobre el colaboracionismo eclesiástico en Polonia y en los demás países comunistas.

En ese sentido, en lo que se refiere a Cuba comunista, me permito recordar aquí un antecedente particularmente doloroso y lamentable, que tuve ocasión de narrar en el libro "Contra toda esperanza", mis memorias de 22 años en las prisiones castristas, sin haber sido desmentido hasta hoy. En diciembre de 1980, los tres jóvenes hermanos García Marín buscaron asilo en la Nunciatura de La Habana, siendo posteriormente retirados de allí, con promesas de libertad y de seguridad individual, por personas que ingresaron vestidas con ropas eclesiásticas, en el propio automóvil de la Nunciatura. En realidad, no eran eclesiásticos y sí agentes de la policía política cubana que los arrancaron de la Nunciatura mediante engaño, para ser salvajemente torturados y finalmente fusilados (cf. A. Valladares, "Contra toda esperanza", Plaza & Janés, Barcelona, 1985, cap. 48, pág. 416).

A diferencia de Polonia donde, por causa de actos de colaboración con la policía política renunció el arzobispo de Varsovia, en Cuba, por la entrega de esos tres jóvenes indefensos al régimen comunista, por parte de la Nunciatura Apostólica -que es la embajada de la propia Santa Sede y goza del privilegio de la extraterritorialidad- no consta que se haya adoptado ninguna medida, siquiera una advertencia, contra el Nuncio de la época y contra otros eclesiásticos eventualmente involucrados en ese deplorable acontecimiento.

Pero hay algo más grave que la colaboración con las policías secretas comunistas; algo que, sin duda, cuando mi querida patria recupere la libertad, una Comisión Histórica Eclesiástica de Cuba debería asumir la alta misión de investigar con rigor y objetividad. Se trata de la identificación ideológica de obispos cubanos con las propias metas comunistas, tal como mostré en reciente artículo (cf.. A. Valladares, "Obispos cubanos, Encuentro Nacional Eclesial Cubano y castrismo sin Castro", Diario Las Américas, Miami, Enero 12, 2007). Se trata también de la análoga identificación ideológica de los artífices de la teología de la liberación latinoamericana, la cual, con el aval de los obispos cubanos, se transformó en la isla en una teología de la colaboración con el régimen. Se trata, por fin, de declaraciones complacientes y hasta elogiosas, con relación al comunismo cubano y a su dictador, implacable perseguidor de los católicos, de una larga serie de altos eclesiásticos, varios de ellos purpurados, que peregrinó a la isla-cárcel; tres de los cuales coronaron sus carreras eclesiásticas como cardenales secretarios de Estado de la Santa Sede (cf. A. Valladares, "El drama cubano y el silencio vaticano" y "Cuba: el Lobo y los Pastores celebran encuentro 'constructivo y amistoso'", Diario Las Américas, Miami, Abril 26, 2003 y Nov. 29, 2005).

Me vi en la obligación de conciencia de escribir artículos respecto de prácticamente cada uno de los viajes de dichos cardenales y altos eclesiásticos, tal como constan en los archivos del Diario Las Américas, de Miami. Coloco a disposición de los lectores esos artículos, bastando que me envíen un E-mail solicitándolos.

En contraste con los dichos, hechos, omisiones y silencios de tan altos prelados colaboracionistas, brilla la estela gloriosa de los cardenales Mindszenty, Stepinac, Slypyj, Korec y de tantos otros purpurados y prelados que, siguiendo los pasos del Salvador, fueron Pastores siempre dispuestos a dar sus vidas por sus respectivos rebaños.

Recuerdo con enorme perplejidad que, en los textos de Juan Pablo II y de diversos cardenales en los que se pidió perdón por aquello que consideraban como pecados pasados y presentes de los hijos de la Iglesia, no me fue posible encontrar la más mínima referencia a la complicidad de tantos eclesiásticos con el comunismo en Cuba, en países del Este europeo y en China, por acción u omisión, durante las últimas décadas; ni tampoco a las devastaciones en el rebaño católico provocadas por los "teólogos de la liberación" de inspiración marxista. La constatación de esa protuberante ausencia me llenó de perplejidad y hasta de angustia. En efecto, si de identificar y admitir culpas se trata, ¿pudo haber hechos más graves, en este siglo XX recién traspuesto, que la colaboración eclesiástica con una ideología "intrínsecamente perversa", responsable por la mayor persecución religiosa y política de la historia, que incluyó la masacre de 100 millones de personas? ¿Cómo explicar esa omisión? (cf. A. Valladares, "El pedido de perdón que no hubo: la colaboración eclesiástica con el comunismo", Diario Las Américas, Miami, Marzo 22, 2000).

Cuánto desearía que estas respetuosas reflexiones y filiales interrogaciones de un ex-preso político cubano y fiel católico, que vio su fe fortalecida al oír los gritos de jóvenes mártires católicos que murieron en el paredón de fusilamiento proclamando "¡Viva Cristo Rey! ¡Abajo el comunismo!" -interrogaciones compartidas por millones de cubanos dentro y fuera de la isla- suban hasta el propio trono de San Pedro, en busca de una sabia respuesta.


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