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Venezuela o el Moscú del siglo XXI
14-08-2006, Carlos Alberto Montaner

• Si Venezuela quiere ser una potencia mundial, necesita un ejército capaz de intimidar a sus adversarios.

El 18 y 19 de julio se reunieron en Caracas los representantes de 50 partidos comunistas del mundo. Llegaron para apoyar el experimento venezolano de Hugo Chávez llamado “Socialismo del siglo XXI”, con la que el Teniente Coronel quiere conquistar el planeta. Los asistentes se sentían eufóricos. Marx y Lenin, finalmente, habían resucitado. El eje Caracas-La Habana había reemplazado a Moscú. Hugo Chávez se perfilaba como la cabeza, o más bien la chequera, del nuevo imperio revolucionario que comenzaba a forjarse.

Días más tarde Hugo Chávez fue a Córdoba, Argentina, a ingresar oficialmente en el MERCOSUR y, de paso, a introducir a su padrino y mentor Fidel Castro en la organización. Para que no quedaran dudas de su propósito, su Vicecanciller le explicó a la prensa que el principal objetivo de la presencia venezolana en esa institución era de carácter político. Se proponen colocar al MERCOSUR en la primera línea de batalla contra las democracias occidentales. MERCOSUR, dentro de sus planes, no es una lonja de comercio ni un ensayo de integración. Es una trinchera. Chávez y Castro se despidieron de Argentina con un número de circo montado en un estadio. Supongo que los otros presidentes deben haberse quedado preocupados, aunque ninguno lo dijo. No parece sensato que la orientación ideológica y el signo de las alianzas y los conflictos latinoamericanos los determinen dos sujetos evidentemente perturbados.

Inmediatamente, Chávez viajó a Bielorrusia, la última dictadura comunista en Europa. Lo recibió Alexander Lukashenko, el líder estalinista, y la televisión internacional transmitió la imagen y la voz de un Hugo Chávez risueño que felicitaba al país por no haber cedido ante lo que llamó, con deprecio, las “revoluciones de colores”. Para él la liberación de los pueblos del Este de Europa y la llegada de la democracia a esa región fue una desgracia. Naturalmente, firmó alianzas estratégicas con el dictador y entonaron una tonadilla antinorteamericana.

Casi sin tregua el venezolano siguió a Moscú. Ya había comprado cien mil fusiles de asalto. Ahora el proyecto es adquirir MIG-29 y docenas de helicópteros. Parece que la bolsa es de US$1,000 millones, pero pudiera duplicarla si es necesario. Putin le venderá los aviones y, si el precio es conveniente, hasta la momia de Lenin. Chávez desea contar con las mayores fuerzas armadas de América Latina. A los españoles les compró aviones y naves de guerra. Si Venezuela va a ser una potencia mundial, necesita un Ejército capaz de intimidar a sus adversarios y de admirar a los simpatizantes.

Lo más asombroso de este espectáculo es la indiferencia o la indolencia con que una parte de los venezolanos la enfrenta. Según las encuestas más solventes, las de Alfredo Keller, la mayoría no quiere que el país sea arrastrado en esa dirección, pero, simultáneamente, más de la mitad de la sociedad tiene una opinión positiva de su Presidente. Y, dentro de esa esquizofrenia, los casos más graves son los llamados “ni-ni”: ese tercio largo e irresponsable de la población que dice no estar ni con el gobierno ni con la oposición, como si se jugara una simple disputa electoral entre dos bandos equivalentes, y no una trágica disyuntiva entre la inevitable catástrofe provocada por un iluminado que cree ser la reencarnación de Bolívar y Marx y la asustada racionalidad de una oposición que advierte inútilmente que la nación va hacia el despeñadero. Tal vez lo de “ni-ni” es porque no tienen corazón ni cerebro.


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