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Obstáculos para el progreso
07-01-2007, Aguinis, Marcos

Unas semanas antes de las elecciones legislativas en los Estados Unidos ya se percibía el triunfo de los Demócratas sobre los Republicanos, lo cual iba a significar un duro golpe para la actual administración. Fue entonces que me trasmitieron esta dramática confidencia.

El vicepresidente Dick Cheney había decidido el asesinato del presidente George W. Bush para sacudir el país, tomar el gobierno, clausurar ambas cámaras del Congreso, cancelar las elecciones y dar un impulso feroz al programa destinado a imponer en el resto el mundo el modelo norteamericano, con el ciego apoyo de sus fanatizados seguidores. Quedé boquiabierto y pedí detalles sobre un proyecto tan horrible. Me explicaron entonces que fue comentado en voz baja -como hacen los conspiradores- en una reunión compuesta por dos argentinos, un peruano, tres guatelmatecos, un mexicano y un nicaragüense. En menos de un segundo solté mi carcajada, pese a que no era un chiste. Semejante complot sólo podía surgir de la calenturienta inspiración latinoamericana, donde es posible que semejante cuento se torne realidad. Pero en los Estados Unidos ya se asesinaron cuatro o cinco presidentes, sin que a nadie se le hubiese cruzado la idea de cerrar el Congreso o perturbar el aceitado funcionamiento de las instituciones. Las instituciones son más vigorosas que el más encumbrado y popular de los caudillos. En nuestros países, por el contrario, la única institución fuerte que conocemos y que perdura, es el caudillo.

Los tres siglos de la etapa colonial nos fijaron en el alma que el único que manda y distribuye, tanto bendiciones como castigos, es el Rey (y sus sucesivos descendientes, incluidos los que se auto-intitularon Benefactores, Libertadores, Supremos, Dictadores, Presidentes Vitalicios, Restauradores, Conductores, etcétera). A principios del siglo XIX habíamos sido bendecidos por la lluvia de una breve primavera ilustrada que se tradujo en las revoluciones de la Independencia e impulsó el crecimiento de la cultura más progresista de la época. Pero las arraigadas tradiciones de sometimiento colectivo -incluidas la nostalgia por el imperio incaico y azteca, más la implacable castración inquisitorial- bloquearon el avance.

Por entonces, hasta un hombre admirable como Simón Bolívar se autodesignó Dictador vitalicio del país que ahora lleva su nombre. Como si fuera poco, propuso que el Dictador eligiera al remoto sucesor y, por lo tanto, no se gastase dinero ni energías en nuevas elecciones. Exigió también que los cargos legislativos fueran de por vida y, además, hereditarios; en consecuencia, algunos hijos de esos legisladores debían ser educados para la función desde su cuna. Para completar el panorama instituyó la legalidad de una feroz Censura que bloqueara a los generadores de disturbios. Por último, estableció como ejemplo del futuro latinoamericano a Haití. ¡Haití, el ahora país más pobre y caótico del continente! Como Simón Bolívar no era ser común, debemos esforzarnos por comprender algunas de sus iniciativas totalitarias como el recurso que necesitaba para impedir la conversión en escombros de toda la epopeya emancipadora. Pero me pregunto si aquellas iniciativas son imprescindibles ahora, o si la cacareada "revolución bolivariana" o "el socialismo del siglo XXI" consisten en ponerlas en práctica como el mejor de los proyectos con vistas al futuro de todo nuestro sufrido continente.

Más horrendo aún sería conceder a Bolívar la facultad de la profecía. Porque si de veras nos aguarda como modelo Haití... Bueno, se me cortan las palabras.

Bolívar era un hijo de la Ilustración, como casi todos los próceres de la Independencia americana. Sus ideales se basaban en la libertad y el progreso. Pero se dio de nariz contra las graníticas tradiciones absolutistas (caudillescas, anti-institucionales, colectivistas) que una y otra vez levantaban sus cabezotas. ¿Cómo luchar por la libertad conculcando libertades? ¿Cómo estimular el progreso tolerando a quienes pretenden el oscuro arcaísmo? ¿Cómo alimentar la solidez de instituciones republicanas, cuando la única institución que se palpa, se ve y adora -como los paganos a los ídolos- es el hombre fuerte?

Estas contradicciones perduran y desgarran el continente. Producen el efecto acuñado por el mismo Bolívar de cierto dramático instante: "arar en el mar". Las democracias no son más que procesos electorales que no respetan el estado de derecho. Pueden ser incluso desvirtuadas mediante movilizaciones callejeras o actos circenses, como los del patético López Obrador en México.

Recuerdo que cuando en los Estados Unidos disputaron la presidencia Al Gore y George Bush, el primero había conseguido mayor número de votos. Pero las leyes y los tribunales electorales determinaron que la presidencia correspondía al segundo. Al Gore pudo haber recurrido a los innumerables modelos de resistencia que ofrece el modelo latinoamericano cuando se trata de quebrar la ley. No lo hizo. Se fue a su casa, pese a la tristeza de quienes lo votaron y de quienes pensábamos que se cometía una injusticia. Nos burlamos -yo entre otros- sobre las imperfecciones del sistema electoral norteamericano. Pero ese sistema, aunque provoque malestar, no se conmovió por el circunstancial temblor de esa elección tan reñida: el sistema resiste los temblores y hasta es indiferente a los terremotos. Es un basamento lleno de gemas invalorables llamadas instituciones, a las que nada ni nadie se atreve a socavar. Es el llamado "estado de derecho".

En México el perdedor no sólo obtuvo menos votos, sino que se burló de las autoridades constituidas y de las jerarquías electorales. Para colmo, bloqueó durante semanas la avenida Reforma del Distrito Federal, que produjo pérdidas multimillonarias al país y perjudicó a infinitos ciudadanos. Bloquear el libre tránsito es un delito constitucional en México, los Estados Unidos, la Argentina y cualquier otro país más o menos civilizado. Se calcula que la "picardía" ya le costó a López Obrador la pérdida de un tercio de simpatizantes.

En Nicaragua, país que visité antes de las últimas elecciones, se puso de manifiesto otra de las profundas tradiciones que nos dejó la herencia del absolutismo colonial, en el sentido de que hasta la moral se cubre el rostro cuando se trata del Rey, a quien todo le está permitido. Allí me confirmaron que Daniel Ortega empezó su carrera política con el asalto a un banco. Luego, en el poder, tomó para sí una de las más hermosas propiedades y su dueño debió exiliarse. Cometió genocidio contra una población indígena. Aumentó la pobreza hasta niveles desconocidos hasta entonces, lo cual provocó la fuga de más de medio millón de personas desesperadas a Costa Rica y otros países. Al final de su gestión no se puso colorado por establecer la "piñata", es decir el reparto de las mejores haciendas y propiedades entre sus colaboradores, sin pensar en su amado "pueblo", claro está. Para colmo, violaba a la hija de su nueva esposa desde que la muchacha tenía 9 años de edad, por lo cual ella solía huír muchas noches a la casa de su "nana"; el agravio duró hasta que cumplió 14 años, cuando se dio a conocer el delito y hubo que pararlo.

Cuando Daniel Ortega fue derrotado y sustituido por Violeta Chamorro, su permanente asesor Fidel Castro le preguntó por qué había entregado el poder. Contestó que porque había perdido las elecciones. Entonces el Comandante -que por aquellos años parecía eterno- le acercó la oreja para preguntarle: "Perdiste... ¿qué?". Ahora, para ser reelecto, Ortega formó una coalición surrealista. Se alió con su anterior adversario, el corrupto ex presidente conservador Alemán, condenado a prisión por robos evidentes, pero que aún controla una porción del electorado gracias a sus dádivas. Además -esto no lo adivinaría ni Zaratustra-, fue apoyado por un amplio sector que había sido leal al dictador Anastasio Somoza y muchos "contras" pagados por la CIA años atrás. Para colmo (siempre hay un colmo) instaló como vicepresidente al dueño de la fabulosa propiedad que le había quitado hacía tiempo mediante la compensación de un radiante cheque con olor a petróleo venezolano. La cara de este desvergonzado vicepresidente le permitió a Ortega usar como slogan las palabras "reconciliación y amor".

Ahora se afirma que Ortega, cuyo solo nombre produce náuseas al 60 porciento de la población, se ha vuelto pragmático, no violará jovencitas, no expropiará a diestra y siniestra, no asesinará opositores. Ojalá. Cosas veremos, Sancho.

M. Naím es el editor en jefe de la importante revista Foreign Policy. Nació en Venezuela y ama a nuestro continente con pasión arrolladora. Pero aprendió a ser realista. Es tan realista que a veces da miedo. Le escuché pintar a nuestra América Latina con pinceladas que recuerdan al último Goya. La intituló en uno de sus trabajos de investigación The lost continent. No usó la expresión "continente perdido" porque sea difícil encontrarlo en el mapa, sino porque hasta ha perdido el nivel de "patio trasero". Más bien se parece a la Atlántida de la ciencia-ficción, ese espacio idílico que por razones tan variadas como incontenibles desapareció de la superficie terrestre. Semejante afirmación requería explicaciones. Y las dio.

América latina dejó de ser competitiva en todo, explica.

Ni siquiera es competitiva como tragedia, porque las más conmovedoras se centran en África o el Medio Oriente. Tampoco es competitiva como amenaza militar y mucho menos económica: las bravuconadas de algunos líderes provocan risa, no miedo. Las donaciones solidarias de ayuda internacional eligen otros destinos. La clase media desciende.
El populismo -una palabra que antes generaba escozor y ahora parece vibrar como un clarín de victoria- es la expresión de la pobreza y de la falta de estrategia política. Las Constituciones no son defendidas por las Cortes Supremas con el debido coraje ni la necesaria convicción. El estado de derecho sigue siendo una abstracción que pocos entienden. Falta conciencia inversora genuina, despegada de los favoritismos del poder. El monopolio y la concentración de la riqueza van de la mano con el poco estímulo a la competencia transparente. Pese al hueco palabrerío contra la pobreza, no se realizan las reformas laborales que permitirían incorporar millones de excluidos al mercado laboral. Ese temor a efectuar una progresista y revolucionaria reforma laboral impide el nacimiento de muchas fuentes de trabajo o la expansión de las existentes, así como la posibilidad de generar productos de alta calidad que puedan competir en el mercado mundial.

América latina está ahora muy por debajo de Estonia. ¿Sabe un estudiante secundario y hasta universitario medio de nuestro continente dónde queda ese pequeño país? Era un punto despreciable de la Unión Soviética. Pero que tomó conciencia antes que otros sobre los cancerígenos daños que generan la ausencia de los derechos individuales. Lo colectivo nunca puede mejorarse en forma sostenida, si no se respeta a cada persona. Somos seres humanos, no simples números. Y es sagrada nuestra libertad. La libertad de elegir, de circular, de comprar y vender, de decir y publicar, de criticar y pensar. Pero esas libertades sólo existen donde prevalece el estado de derecho.

Cuando se tornó evidente que en Estonia se respeta el estado de derecho, que hay independencia de los poderes, que la justicia mantiene una majestad vigorosa, que la oposición es escuchada y los contratos no son violados por los caprichos del poder, empezaron a aterrizar capitales que abrieron vastas fuentes de trabajo, incrementaron la limpia competencia y lanzaron ese pequeño país hacia una prosperidad que asombra al mundo. En Estonia nos demuestran que no hay secretos. El único secreto, quizás, consista en tener una dirigencia con suficientes hormonas, real patriotismo y potente visión.

Estonia, además, ahora afirma que pertenece a Occidente.

¿Qué es Occidente? Cuando joven me irritaba esa palabra, pese a que el admirado Ortega y Gasset intituló con ese vocablo a su difundida revista. Occidente no podía referirse a la parte oeste del planeta, porque había algunos segmentos orientales que se le querían incorporar, como Japón, y otros que ya formaban parte de Occidente, como Australia y Nueva Zelanda, ubicados paradójicamente en el lejano este del globo terráqueo. Enorme contradicción. ¿Occidente incluía a la Alemania nazi, la Italia fascista y la península ibérica sometida a dos compactas dictaduras? No era un vocablo unívoco. No. Pero se refería a una historia, y también a potentes tradiciones. Occidente era la herencia griega y romana, era el judeo-cristianismo, era la Revolución industrial inglesa, la independencia de los Estados Unidos, la Revolución francesa, las nuevas repúblicas de América Latina.

Quizás podamos asemejar Occidente con la Ilustración y la Modernidad. Todas esas palabras se refieren a las arduas luchas que produjeron el estallido de la ciencia experimental, el impulso por separar la religión del Estado, la tolerancia en materia de fe e ideas, la libertad de expresión, la alternancia del poder, los derechos individuales, el respeto por las minorías y los diferentes. Europa también estuvo muy desgarrada, igual o peor que América Latina, por tradiciones absolutistas que se negaban a morir y produjo los atroces totalitarismos colectivistas del siglo XX, que coincidieron en su pretensión de asfixiar aquel prodigioso progreso humano en nombre de un "hombre nuevo" que era una simple molécula de regímenes basados en el terror.

Europa aprendió luego de sembrar sus campos con ríos de sangre.

¿Eso requiere América Latina?

Sangre y violencia se anheló en los años '60 y '70 del siglo XX. Se creyó en el apotegma de que "la violencia es la partera de la historia". Ahora hay revoluciones como la de Estonia que no necesitan de tan horrífica partera. La violencia no es imprescindible, como nos hizo creer la épica de la Revolución francesa o bolchevique, que desembocaron rápido en nuevas opresiones y locuras. La violencia genera más daños que beneficios, además de su irrefutable carácter inmoral.

En nuestro continente se han realizado muchos experimentos. Pero aún no se ha tomado conciencia de que ningún país progresa en forma sostenida con fórmulas populistas, porque el populismo necesita eternizar la miseria, mantener la limosna, el asistencialismo, la ignorancia y el fanatismo. Sin pobres ni ignorantes se acaban los caudillos y se acaba la limosna y se acaba el populismo.

Para que no haya pobres hace falta abrir fuentes de trabajo genuinas con cataratas de inversión nacional e internacional, como hacen ahora Irlanda, Estonia, Bostwana, India. El economista Milton Friedman, que acaba de fallecer y cuya figura crece como la del verdadero revolucionario de la libertad, pese a ignorantes calumnias, dijo que para el crecimiento de un país hacía falta tres cosas: "inversión, inversión e inversión". Como era un científico que no se perdonaba ni sus propios errores -rasgo común de todo verdadero científico- dijo
que la sola inversión no alcanzaba, porque era proclive a ser distorsionada y terminar en sitios opuestos a los ansiados. Entonces se corrigió. Dijo que para el real y acelerado progreso de un país hacen faltan otras tres cosas: "estado de derecho, estado de derecho y estado de derecho".

América Latina, desgarrada entre sus tradiciones colectivistas contra las ilustradas, las autoritarias contra las democráticas, debería observar su desgastante marcha de borracho, iguales a variaciones de una misma contradicción: retroceso contra progreso, ilusión utópica contra realismo constructor, facilismo demagógico contra esfuerzo fructífero. Así como Juan Bautista Alberdi aprendió de la Constitución de California, sancionada poco antes de escribir sus Bases (predijo en las Bases que esa Constitución generará más oro a California que todo el oro de las minas existentes o a descubrir), ¿no deberíamos aprender de los países que fueron muy atrasados y ahora se elevan como cohetes espaciales? Estonia, España, Irlanda, Finlandia, India y tantos otros estaban por debajo de América latina, con desgarros equivalentes y obstinadamente repetidos.Ellos pudieron cambiar para bien. No debemos suponer que resulta imposible.

*Cortesía de LiberPress


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