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UNA NUEVA CUBA: LA DE LA PAZ Y EL DIÁLOGO
27-12-2006, Luz Modroño

La sociedad cubana lleva hace mucho tiempo mostrando signos inequívocos de agotamiento. Tras casi cincuenta años de imposiciones, de gobierno autoritario, de negación de la diversidad, de la disidencia, del contraste de criterios u opiniones, de diálogo entre los distintos sectores sociales y de inmovilismo, Cuba es hoy una sociedad agotada, sumisa, temerosa y empobrecida. Y también una sociedad violenta, donde la violencia ha sustituido a la paz. Porque no puede haber paz donde existe discriminación y el ejercicio de los derechos universales de los hombres y mujeres que componen la sociedad son castigados, perseguidos, hostigados. La paz es sinónimo de democracia, de tolerancia, de diálogo, porque la paz no puede imponerse a golpe de bayoneta o amenazas, no es paz la cultura del silenciado o del obligado a callar.

Con la desaparición de escena del único y máximo mandatario desde hace casi cincuenta años, para Cuba se abren nuevas expectativas y esperanzas. La herencia que recibe Raúl Castro no es fácil. Hereda un país arruinado económica y moralmente, que clama urgentes cambios. Pero sólo hay un camino posible para lograr que Cuba remonte de su ruina y transforme la cultura de la violencia y la intolerancia en otra donde impere la paz y el respeto profundo a la diversidad y a los derechos humanos, y es el del diálogo con los sectores sociales hasta ahora considerados enemigos por ser objetores o disidentes. Paz, desarrollo y democracia están profundamente ligados porque donde no hay democracia y se impone el dominio de un solo hombre o una sola idea aparece el inmovilismo, el rencor, la animadversión o la indiferencia. No es posible levantar un país y convertirlo en un país próspero y desarrollado con tales mimbres. Pero tampoco es posible levantar un país que necesita mirar hacia el futuro removiendo odios y rencores.

Una sociedad próspera y dinámica exige la participación de todos sus ciudadanos y el que dicha participación esté asegurada desde las estructuras de poder, siendo la legislación igual para todos la garantía de su universalización y de su justicia.

Una sociedad no democrática y regida por la persecución y el encarcelamiento del disidente es una sociedad abocada a su propia ruina. Hoy, las calles de La Habana son una metáfora del grado de deterioro al que un país autoritario y dictatorial puede llegar. Odio, desconfianza, rencor, disimulo o indiferencia son las características que terminan por imponerse en una población obligada a ser sumisa y obediente para sobrevivir y huir de la persecución y la intolerancia. Una sociedad, en definitiva, regida por la violencia.

Pero la renuncia generalizada a la violencia exige el compromiso de toda la sociedad. Cuba debe pasar de la cultura de la intolerancia y el absolutismo que la ha venido caracterizando a una cultura de paz y diálogo, de reconocimiento de la diversidad y del respeto profundo a todo ser humano, sea cual sea su opinión, su credo, su aspiración. Raúl Castro tiene en sus manos la posibilidad de construir una nueva Cuba. Pero para ello es urgente movilizar a toda la sociedad garantizando el respeto profundo a los derechos humanos, parando las detenciones arbitrarias, excarcelando a los cientos de presos de conciencia, legalizando a las asociaciones de la sociedad civil alternativa, a los partidos políticos, a los sindicatos. Y, en un futuro inmediato poner su cargo a disposición de los ciudadanos cubanos, únicos legitimizados para refrendar un poder que no le pertenece por herencia. Porque el poder sólo pertenece a todos y cada uno de los ciudadanos y ciudadanas nacidas en el mismo suelo y bajo el mismo cielo. En un mundo libre y democrático el gobernante es un representante, no el dueño del poder.

¿Será Raúl Castro capaz de todo ello? La Comunidad Internacional mira expectante a los próximos cambios que se avecinan. Pero Raúl Castro mientras parece tender una mano al diálogo y la distensión, sigue encarcelando y condenando. Malos mimbres para una transición en paz.

El cambio exige la participación y la cooperación de todos y cada uno de los cubanos, sin exclusiones. Para cambiar, Cuba necesita a toda Cuba.

El pueblo cubano, en su más amplia extensión, debe iniciar el camino de la paz, la tolerancia, la convivencia. La renuncia generalizada a la violencia exige el compromiso y la cooperación de toda la sociedad. Tanto de los que han sido víctimas como verdugos. No son temas de gobierno sino de Estado. Aunque en Cuba, en los cincuenta últimos años ambos conceptos hayan sido confundidos en un solo bloque monolítico. Es un tema de Estado porque, bajo tal, la convivencia de todos los hombres y las mujeres ha de ser y estar garantizada. El Estado de Derecho implica la protección de todos, no sólo de los mandatarios o sus seguidores. Y exige leyes universales e iguales para todos. Sin discriminaciones políticas, ideológicas, culturales o raciales.

En 1989 un sistema caía porque pretendió anteponer la igualdad a la libertad y se olvidó de ésta última. Porque en el camino, unos cuantos tenían derechos mientras otros por pretender su ejercicio eran encarcelados o masacrados. Sin embargo, un sistema basado sólo en la libertad, olvidando la justicia social, la igualdad o la solidaridad correría la misma suerte. Igualdad, tolerancia, convivencia, solidaridad, derechos humanos, libertad, paz, justicia, diálogo, son distintas caras de un mismo cubo.

Las fuerzas armadas deben ser garantía de estabilidad democrática y protección de la ciudadanía. De toda la ciudadanía. Sólo así será posible consolidar el nuevo marco de democracia al que los cubanos aspiran y por el que la Nación Cubana debe transitar. Raúl Castro, como jefe supremo de las Fuerzas Armadas y como presidente actual de la República, tiene en sus manos la posibilidad de favorecer los cambios que Cuba ansía y urgentemente necesita. La excarcelación de los cientos de presos de conciencia y la legalización de todas las formas de expresión y asociación de la sociedad civil serían la primera demostración de una voluntad de normalización y búsqueda de la paz.

Son muchas las heridas a restañar que estos largos años de intolerancia y absolutismo han producido. Pero sólo hay un camino capaz de evitar aún mayor sufrimiento a la Nación cubana y es el de la deposición de las armas y el camino a la transición. El derecho a la paz, a vivir en paz, implica que la razón de la fuerza sea sustituida por la fuerza de la razón. La reconstrucción de la sociedad cubana exige mirar hacia el futuro.

Cuba reclama una transformación profunda desde la opresión y el confinamiento a la apertura y la generosidad, desde el odio y la intolerancia a la convivencia pacífica, a la construcción de la democracia, al reconocimiento de iguales derechos universales para todos y todas los ciudadanos. La paz no es una abstracción, posee un profundo contenido cultural, político, social. Pero exige asumir la sabiduría de que sólo a través de la paz y el diálogo será posible reiniciar un nuevo camino y reconstruir social, económica y políticamente el país. Debe producirse el advenimiento del compartir, esto es “partir con” que exige la participación de todos, la conjunción de todos. Sin exclusiones porque el diseño de la nueva Cuba próspera, democrática y pacífica debe ser cosa de todos los cubanos, sin excepciones y sin injerencias externas, porque sólo los cubanos han de ser dueños de su propio destino.


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