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DE COMO VIAJAN LAS NOTICIAS
22-12-2006, Hugo J. Byrne

En una oportunidad hace años presencié la notable habilidad de un orador para obtener la atención de un auditorio que demostraba una evidente actitud de desinterés y aburrimiento: “Antes de entrar en nuestro tema…” dijo el conferenciante, “…deseo compartir con ustedes los detalles de un experimento del que leí en Scientific American. Se trata de un interesante estudio del comportamiento de ratas de laboratorio que mucho me impresionó”.

Ante la sorpresa de los concurrentes y el cese de los bostezos, el orador continuó; “Ustedes saben que los roedores son muy prolíficos y se caracterizan por una intensa actividad sexual.

Por otra parte, los biselados incisivos de las ratas, mantienen un crecimiento contínuo durante toda la vida y es por eso que el instinto las fuerza a roer constantemente, evitando con el desgaste que ese crecimiento les llegue a impedir el acceso normal de los alimentos a la boca, causándoles muerte por inanición.”

“Una rata macho fue retenida por dos días consecutivos en un compartimento del extremo inferior de un laberinto en forma de T. A un extremo del la parte superior, colocaron una rata hembra y en el otro la comida, de manera que ambas estuvieran al alcance del poderoso olfato del roedor atrapado.

Cuando este ya estaba semienloquecido por hambre y deseo sexual, el investigador abrió la compuerta del laberinto. El instinto del animal forzaría una dirección o la otra. ¡O bien saciar primero el hambre, o el líbido!”

En ese momento, el conferenciante afectando una expresión enigmática preguntó a los ya interesados asistentes: “¿Cuál piensan ustedes que fue la primera opción de la rata, la comida o el sexo? Por favor, levanten la mano quienes crean que fue el sexo”.

De un total de unos sesenta asistentes, todos menos tres o cuatro, levantamos la mano.

Entonces, con una pícara sonrisa el orador confesó: “En realidad el experimento es una invención mía. Scientific American, a mi buen saber nunca ha publicado semejante historia. Pero narrando el cuento… ¡me entero de lo que la audiencia tiene de veras en la mente!” Después de la carcajada general el conferenciante pasó a su tema de ese día, estimulado por un auditorio que se había tornado atento y receptivo.

Con esta anécdota deseo ilustrar que la información que circula con la máxima velocidad es aquella que atrae el interés del público. Además, ese interés siempre varía dependiendo de las características particulares de la audiencia o los lectores.

Cuando los medios de prensa publican lo que escribo (ya sea por vía impresa o electrónica) el objetivo esencial es alcanzar al mayor número de lectores posible. Demás está aclarar que en su inmensa mayoría mis lectores son cubanos del exilio, aún cuando mis artículos sean publicados en lugares de la Red fuera del territorio norteamericano. Esto último es aplicable incluso cuando se publica algún trabajo mío en el idioma inglés, los que escribo sólo quizás unas seis u ocho veces por año.

En Castrolandia se lee también cotidiana y religiosamente cuanto lleva mi firma, aunque en un 99% sólo por parte de quienes en el régimen controlan los medios de comunicación. Los lectores bien enterados saben que en el Departamento de Seguridad del Estado del Ministerio del Interior existe una dependencia cuya sola función es revisar minuciosamente todo lo que se publica en el destierro.

Mi nombre ya ha aparecido en el libelo Granma, adornado de algunos adjetivos desagradables. No me refiero al “Nuevo Granma ” de Miami , sino al original de Castrolandia.

A pesar del rígido control que el estado castrista supuestamente ejerce sobre todos los medios de comunicación y muy en especial de los electrónicos (renglón que rebautizado como “Informática” regentea por decreto reciente el notorio “Comandante de la Revolución” Ramiro Valdés), aparentemente ese susodicho control está lejos de ser universal.

De aceptar esta última premisa, cabría preguntar por qué motivo se sometiera recientemente a una dura y publicitada huelga de hambre un destacado disidente.

No intento broma ni trato de ser controversial o irónico . Por el contrario, espero que muy pronto alguien mejor enterado que yo alumbre mi nublado entendimiento en este tema, evidentemente tan complicado para mí.

Afirmo eso porque el día 18 de diciembre pude confirmar que mi última columna había sido leída en Castrolandia por personas que ostensiblemente no tienen relaciones con el régimen castrista. Se trata del Periodista Independiente Oswaldo Yáñez, Analista del periódico cubano de la Red, La Nueva Cuba.

En un extenso artículo fechado el día 19 de diciembre pero publicado en esa leída revista electrónica con fecha 18 , el señor Yáñez, desde La Habana , menciona mi nombre y comenta mi artículo “Cuando los muertos hacen ruido” (aunque no menciona el título). Ese trabajo fue enviado por mí a la Red, por la primera vez, al mediodía del día 16 de diciembre. Ni siquiera los periódicos impresos que reproducen mi columna han publicado ese artículo hasta el momento en que escribo esto.

No me molesta en lo absoluto que el señor Yáñez analizara mi trabajo, a pesar de que, evidentemente, no lo comprendió. El tema de mi ensayo no era elucubrar si Fifo está o no muriéndose, pues no dudo que realmente lo esté, aunque no exista manera alguna de confirmarlo. Lo que afirmaba con gran énfasis en ese trabajo y repito aquí, es que no debemos perder nuestro precioso tiempo regodeándonos con su miserable agonía: Probablemente estén surgiendo diariamente y en virtud de su enfermedad, nuevas oportunidades para socavar al régimen, las que demandan atención inmediata.

No perdamos de vista que, aparentemente, el repulsivo tirano se ha visto en la necesidad perentoria de ceder gran parte de su poder a otros menos capacitados para mantenerlo.

La gran sorpresa es la velocidad relampagueante conque mi artículo le llegara al señor Yáñez, quien no sólo tuvo tiempo para leerlo y analizarlo (aunque erróneamente), sino que incluso pudo dedicarle un párrafo considerable en un largo ensayo y publicarlo en el exilio. Todo en menos de treinta y seis horas.


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