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Fidel Castro: "Un Hombre con miedo"
22-12-2006, Orestes Lorenzo

El cubano más atemorizado de todos los tiempos agoniza en La Habana. ¿Qué, sino la lógica del miedo, puede clasificar lo obvio como un Secreto de Estado? Es el instintivo temor a que las presas, inspiradas por su debilidad, decidan terminarlo. No importa lo que sepan o piensen los que están en el exterior. Esos no pueden alcanzarlo. El secreto de estado está concebido para el rebaño. De ahí, las constantes declaraciones de recuperación, las afirmaciones de un pronto regreso, las ridículas apariciones en pijamas, y las muestras de un teléfono con poderes de estado. El miedo embute la razón al extremo de pedir a estadistas extranjeros que digan sandeces. ¿No le preocupa a Chávez el ridículo?

Así ha estado siempre Fidel Castro: abrumado por el miedo. ¿Alguna vez le vieron transitar por las calles de La Habana? Sus escoltas con medio cuerpo fuera de los vehículos, apuntando sus fusiles hacia las aceras por donde transita la gente y juegan los niños. Porque nadie como él ha estado más consiente del desprecio nacional por su obra. ¿Qué, sino el miedo, explica la limitación de movimientos, la vigilancia, el acoso, la amenaza, la prohibición del libre pensamiento y, sobre todo: la absoluta prioridad en mantener a los cubanos desinformados?

Las excepciones al abuso son sólo las necesarias para la imagen, como los talentos que sin aparente necesidad trabajan para el verdugo, sirviéndole de embajadores. Silvio Rodríguez llegó al extremo de decir que él daría más a Fidel para su recuperación, le daría su persona. Resulta incompresible para muchos semejante servilismo de un artista excepcional que goza de considerable reconocimiento internacional. Pero la vanidad y la ambición de poder lo explican. Lo que Fidel le concede a Silvio en Cuba no lo tendría jamás en otra parte. Imaginen por un momento el hipotético caso de que Silvio Rodríguez, embriagado, condujera su automóvil contra un grupo de niños a la salida de una escuela, matando a varios. ¿Habría apenas juicio? Seguramente no. Poder e infalibilidad es lo que hombres como Silvio compran a Fidel con su servilismo.

Fidel sabe como nadie que cualquier concesión conduciría inexorablemente a su exterminio personal. La incomprensión de esta lógica simple has sido la base de todos los fracasos para los que alguna vez intentaron dialogar con él. Hombres como Eloy Gutiérrez Menoyo fallan al no ver que Fidel Castro es simplemente un hombre a merced del miedo: la supervivencia no es negociable.

Ese es el legado de Fidel a sus seguidores. Mientras más alto se está en la escala de poder, mayor es el miedo que se padece. Raúl, más que los otros, sumando además el temor que tiene a su propio hermano, hoy más peligroso en fase terminal. Su decisión de no recibir a los congresistas estadounidenses me dice que Fidel, aunque en las últimas, aún está vivo. Raúl se cuidará mucho de todo protagonismo mientras el hombre respire. Bien sabe él que los celos de su hermano, especialmente ahora que están acentuados por la enfermedad, son mortales.

Lo mismo ocurre a todos los funcionarios visibles que se desvanecen en elogios al convaleciente. El discurso de Pérez Roque ante los asistentes a las recientes celebraciones, en que describe quince virtudes de Fidel, es una joya sublimar de la mediocridad y la adulonería. Y es como si todos, temerosos ante la remota posibilidad de que Fidel regrese, hicieran especial esfuerzo en esconder las ambiciones de poder que tienen.

Por acá, mientras tanto, algunos académicos compiten con Hollywood en frivolidad cuando analizan el problema cubano. Así, el profesor Jorge I. Domínguez nos regaló recientemente su artículo: Honrar Honra. Aunque reconoce que Fidel fue un dictador cruel, Domínguez dice que merece ser honrado porque "transformó al pueblo cubano en una nación, modernizó decisivamente esa sociedad, y quien mejor entendió que los cubanos querían ser gente, y no apéndices de Estados Unidos..". Yo veo en su opinión que, el haber puesto a Cuba en la palestra internacional, le merece la honra, a pesar de sus crímenes. Tengo una sola pregunta que hacer al profesor Domínguez: ¿Honraría por igual a Fidel Castro de haber sido usted una de sus víctimas? Más preciso: ¿Le habría honrado por igual en su último minuto luego de recibir un disparo cuando escapaba de la isla, o desde la pestilente humedad de una celda tapiada a donde fue confinado por disentir? Supongo que no. Comprenderá entonces que no hay causa que justifique uno, tan siquiera un solo crimen. Y en ese caso, las ideas con que justifica honrar a este hombre, no solo son deshonestas, sino que además, están apuntaladas con pura mierda intelectual.

También los eruditos especulan sobre rivalidades internas, tendencias y luchas intestinas por el poder. ¿Todavía no entienden que para mantener un cargo allí es requisito indispensable la sumisión? Raúl no tiene competencia visible, ni objetiva. Y sus potenciales adversarios no controlan instrumento de poder real alguno. Le bastaría a Raúl con un gesto de la mano para meter en la cárcel a cualquiera, incluyendo a Ramiro Valdés si se le antoja. Tal es el absolutismo del poder que aún tiene su hermano, y que él pronto heredará. Alarcón y Pérez Roque serán de los primeros en ser despedidos, no inmediatamente, pero algún tiempo después de enterrado el barbudo. Ellos, abominable el primero, y mediocre con actitud de canino el segundo, no son de su cría, ni servirán a sus intereses. ¿Libertades? Difícilmente. Raúl está tan a merced del miedo como Fidel. Demasiados crímenes para dar a sus víctimas el poder de enjuiciarlo. Tan simple como eso. ¿Cambios? Claro que los habrá, son hombres diferentes. Pero no en la dirección de las libertades políticas. Habrá, eso sí, más tolerancia a la corrupción y al enriquecimiento ilícito de los hombres que le rodeen. Será su manera de asegurar con prebendas las lealtades que Fidel aseguraba con psicología de patriarca severo. El pueblo, probablemente, recibirá alivios de supervivencia como los mercados libres campesinos, el regreso de los merolicos y la proliferación de los paladares.

En esencia, Cuba continuará inerte a causa del miedo de sus líderes y del miedo que han impuesto a su pueblo. El de los líderes actuales es irreversible. No así el del pueblo. Cuba no respirará libertades mientras la generación del 59 no desaparezca del liderazgo. O hasta el terrible desenlace que permanece latente: El pasado 10 de diciembre, como otras veces, mientras una veintena de pacíficos defensores de los Derechos Humanos era atacada por la chusma que patrocina el gobierno, miles de cubanos observaban desde las calles con la tradicional apatía que engendra el temor. Esa apatía puede desaparecer en un instante, y esa masa de cubanos inertes, airada ante el abuso, podría reaccionar en cadena y barrer en cuestión de unas horas, con toda la chusma, la policía que la protege, la Seguridad del Estado, los chivatos, los líderes y las instituciones que los oprimieron por tanto tiempo. Ese día todos comprenderán que el miedo de Fidel estuvo siempre bien fundado.


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