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Crónica dedicada a la poetisa cubana Belkis Cusa Malé
10-12-2006, Tania Díaz Castro

Todo escritor cubano que haya frecuentado al inicio de la década del sesenta, a la recién fundada Unión de Escritores y Artistas de Cuba - UNEAC-, situada en las calles 17 y H del Vedado habanero, seguramente recuerda a Matilde Domínguez, aquella mujer alta, robusta, bien vestida, de modales elegantes, con unos sesenta años de edad, que atendió por unos años la biblioteca de esta organización.

Matilde fue un verdadero personaje que algunos, quizás los más curiosos, escuchaban entre incrédulos y sorprendidos. Lo que ella hablaba y en los términos como lo decía, impresionaba y desconcertaba a cualquiera. Matilde había vivido bajo el nazismo alemán y delante de cualquiera lo comparaba con el incipiente régimen castrista.

Hacía la historia de su vida con mucha frecuencia y se sentía orgullosa de haber nacido en Cuba y en el seno de una familia culta. A partir de sus seis años comenzó a vivir en varios países mientras su padre desempeñaba el cargo de embajador. Vivió unos años en Japón siendo niña y antes de que Adolfo Hitler diera su golpe de estado, su padre se trasladó a Alemania como jefe de la misión cubana en Berlín, donde Matilde se casó y tuvo a sus dos hijos.

Nos atraía mucho aquella mujer que hablaba varios idiomas, entre ellos el japonés, pero sobre todo por las cosas que contaba. Su marido alemán, según ella, un ario puro, fue militar sin mucha jerarquía durante el nazismo. En un apartamento del barrio más elegante de Berlín vivieron los dos hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial.

En más de una ocasión, como si dijera la cosa más natural del mundo, comentaba que lo que ocurría en Cuba ella lo había visto en Alemania: todos los poderes en manos del Estado, su autoritarismo, su expansión militar y narraba además cómo vio caer las bombas sobre Berlín como si fueran fuegos artificiales.

Repitió más de una vez ciertas cifras del nazismo que hoy nos son familiares, como por ejemplo, la existencia de siete millones de prisioneros, de los cuales sólo pudo sobrevivir un millón.

Por aquellos años ni Matilde, ni quienes la escuchábamos hablar del nazismo, sabíamos que en esta islita del Caribe, con sólo seis millones de habitantes, existía una población penal de quince mil presos políticos -dicho recientemente por el propio Fidel Castro-, muchos de ellos pertenecientes a organizaciones que no se reconocían como opositoras.

Adolfo Hitler utilizó la GESTAPO para eliminar las organizaciones políticas y llegó a tener en su partido, el único que podía haber en Alemania, más de siete millones de miembros. Consideraba un delito la formación de nuevos partidos y organizaciones al margen del Estado.

Muchas veces aquella anciana nos manifestó su desdén por el fanatismo castrista, porque ese ciego sentimiento -decía- lo sufrió y lo vivió muy de cerca en la Gran Alemania, como llamaba a ese país que le había brindado una doble ciudadanía.

En una ocasión me comentó los libros de autores cubanos que estaban prohibidos en la biblioteca de la UNEAC por órdenes superiores y relacionó este hecho con algo que vio en los años cuarenta en una calle céntrica de Berlín y que jamás pudo olvidar: una gran hoguera donde los estudiantes nazis berlineses arrojaban libros de marxismo y los que se refirieran a la libertad y la democracia.

En la sala de su apartamento, sobre una estufa y entre las fotos de la familia, había una bandera nazi con fondo rojo y en cuyo centro se veía un círculo blanco con una cruz esvástica negra y la foto de Hitler. Recordaba cuando le pidió al esposo guardarla y cuando este, disgustado, se negó. Ya Matilde sabía de los campos de concentración y de todo lo que ocurría en ellos. Me dijo muchas veces que no era un misterio para la población alemana la crueldad de Hitler y que aún así reunía multitudes, porque un estado totalitario tiene la forma de hacerlo.

Años después que Matilde dejó de trabajar en la biblioteca de los escritores, hice amistad con ella. Nos visitábamos y asistimos muchas veces a conciertos de la Sinfónica y espectáculos de ballet. Su tema preferido era hablar del nazismo, de cómo Hitler pensó que su régimen duraría mil años y de cómo Alemania terminó empobrecida, mientras el pueblo continuó sufriendo hasta mucho después de la muerte del dictador. Entonces me confesó que recordaba con mucho amor a su esposo el alemán, aunque sentía en aquellos momentos una profunda pasión por el pintor cubano Rubén Moreira.

A finales de los años setenta dejé de ver a mi amiga Matilde Domínguez. Alguien me contó que había marchado a los Estados Unidos con el propósito de vivir con sus hijos y que estuvo localizando mi nueva vivienda para despedirse de mí. Por estos días, no sé porqué, me he acordado mucho de esta amiga y de cómo insistió en abrirme los ojos, porque según ella, como muchos, yo estaba ciega.


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