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Espinas en Miraflores
10-12-2006, Jorge Olivera Castillo

Más del 60% del electorado venezolano apostó por el populismo de Hugo Chávez. El intenso y utilitario programa de servicios sociales junto al fervor ultranacionalista que desborda el discurso del gobierno, logran que la idea de forjar el socialismo del siglo XXI cobre vitalidad en el contexto del país andino-caribeño.

No importa que la solemnidad se combine con el folclor serrano con sendas interpretaciones musicales del mandatario en medio de sus oratorias, ni que se le escuche la festinada comparación del evangelio con la dialéctica marxista. Todo es posible en el desarrollo de un modelo que busca el predominio continental.

En Cuba, el equipo sucesor festejó la victoria como propia. No era para menos. Los 100 000 barriles de petróleo enviados por el excoronel devenido presidente constituyen el eje que le evita una debacle a la dictadura insular que espera cumplir sus 48 años en breve.

Independientemente de la validación de los comicios del 3 de diciembre, el triunfo de Chávez abre las apetencias de éste por ampliar su control tanto en el escenario político local como en el regional.

Para su proyección mesiánica necesita refrendar constitucionalmente su eternización en la presidencia, anhelos que tratará de alcanzar a través de la presión popular, maniobra que ha puesto en práctica en más de una ocasión con resultados favorables.

Además de manejar, con éxito, la psicología de las multitudes, tiene total, o en buena parte, controlados el congreso, la rama judicial, el consejo nacional electoral, entre otras instituciones que le facilitan la implementación de su agenda sin grandes contratiempos.

Una de las pocas entidades que conservan su autonomía son los medios de prensa, aunque pesan sobre ellos amenazas que van desde lo administrativo hasta lo puramente penal si sobrepasan unos límites cada vez más borrosos y ligados al humor de un hombre con ansias de convertirse en un segundo Fidel Castro.

Habrá que esperar por la actitud de la comunidad internacional si Chávez usa el sexenio que estrena para modelar Venezuela a su gusto en detrimento de los valores democráticos.

Me atrevería a afirmar de que tiene cumplido más de un 50 % del plan, al admitir también que maneja a sus antojos la principal industria del país, realidad que le otorga un punto estratégico de suma importancia en sus designios de brillar como un líder de categoría universal.

Poseer una de las mayores reservas de petróleo del mundo, comandadas por súbditos fieles a su programa napoleónico, hace que la capacidad para extender su área de influencia avance con cierta rapidez incluso allende las fronteras latinoamericanas.

Dotar de moralidad una escala valores, según su visión afectada por el llamado neoliberalismo por conducto de la exacerbación de la lucha de clases, es un punto fundamental escrito en el manual de la Revolución Bolivariana.

La simple ecuación que legitima el enfrentamiento de pobres contra ricos se inserta en el imaginario popular estimulando el odio y el sentimiento de venganza por encima de transacciones de carácter pacífico.

Nadie puede negar la marginación sufrida por amplios sectores durante los gobiernos precedentes encabezados por los dos principales partidos tradicionales, pero no se debería verter la sal de la confrontación sobre el tejido social, mucho menos con la constancia y el fervor con que lo practica el mandatario en sus farragosas alocuciones.

Es justo reivindicar a los más desposeídos, darles las herramientas para que sienten las bases para un futuro sin los fantasmas de la miseria, convidarlos a la creación de una república incluyente, soberana y próspera. Todo eso es válido y enriquecedor.

Lo que si no debe gravitar en el ambiente de cambios es la polarización, el tono vulgar en sustitución de la mesura y los registros altisonantes que describen muros en vez de puentes.

Hugo Chávez quiere ser el relevo de Fidel Castro, ya tomó el batón y corre con desenfreno con ánimos de implantar un récord.

Hasta el momento libra los obstáculos con habilidad, marcha cantando una copla como quien confía en la victoria.

Quizás no atisba que sus principales adversarios le pisan los talones, pues es perfectamente visible que su tozudez se desplaza con el dinamismo de una gacela y su ego es tan ligero como un lince.

Piensa que ganará la contienda, sueña con una corona de olivos y una medalla de oro. Más que un sueño, puede ser su pesadilla.

Un amigo me dijo a raíz del triunfo electoral, “En el palacio de Miraflores en vez de ver pétalos lo que diviso son espinas". Me aseguró tener sus razones.


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