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Cuba: Ferretería de cristal (III)
08-12-2006, Luís Cino

La debacle soviética de inicios de los 90 trajo la urgencia de intelectuales orgánicos que legitimaran teóricamente el discurso de la dictadura en bancarrota. Marx y Lenin ya no bastaban.

La revolución tuvo que echar mano a la retórica polvorienta, densa y mohosa de décadas atrás. No tenía más.

Para complementar los servicios teóricos de Armando Hart y Roberto Fernández Retamar, nada mejor que desempolvar las teorizaciones de Cintio Vitier. Su martianismo, beato y aristocratizante se hizo fidelista por encargo al fragor del llamado Periodo Especial. Su "sol del mundo moral" trataría de encender los rescoldos de una hoguera que se extinguía.

Muchos intelectuales aprovecharon los apuros del Período Especial para lavar sus expedientes y salir del ostracismo. Frente a los que firmaron la Carta de los Diez, ellos declamaron promesas de fidelidad incondicional. Declararon definitivamente superadas las contradicciones del pasado. Eran las inherentes a las de "intelectuales revolucionarios inmersos en tiempos de revolución".

Así, Fernando Martínez Heredia, luego de casi 20 años de proscripción, entre un viaje y otro, simultaneando la herejía con la ortodoxia, reinterpretó y fundió a Marx, Trostky y Ché Guevara.

Miguel Barnet y Pablo Armando Fernández conjuran los fantasmas descarriados del ayer, César López cecea castizo por las tribunas, Nancy Morejón calma sus miedos y Carilda Oliver se desordena como un juego de yakis. Retamar, calibánico y con gorra bolchevique, recolecta firmas ilustres y solidarias.

La cumbre de la domadura ha sido la concesión del Premio Nacional de Literatura a figuras una vez incómodas y contestatarias como Antón Arrufat. Un recordatorio a los díscolos de que vale la pena esforzarse en aplaudir.

Los comisarios crearon una ferretería de cristal por la que deambulan un puñado de vacas sagradas y torpes elefantes de yeso, todos con consignas atadas a la cola y modales pavlovianos.

Casi medio siglo de aberrantes políticas culturales han generado en Cuba un medio intelectual donde imperan el miedo, la simulación y el doble discurso.

Los salones, jardines y pasillos de la casona de la UNEAC han sido el escenario ideal para la envidia, los rencores, los chismes y las delaciones.

Las intenciones originales pudieron ser buenas, pero fue poco lo noble que floreció. De la censura sólo brota la cizaña y algún que otro gol. Lástima tanto talento mutilado.

El régimen reclutó sus comisarios culturales entre oportunistas y mediocres. Hasta algunos talentosos reclutó. Los cazó a lazo en sus parnasos. Con el palo o la zanahoria. Les recordó ciertos pecadillos que creían olvidados. Se hizo de la vista gorda con sus desvíos de la moral comunista. Les prometieron que serían los embajadores itinerantes de la cultura revolucionaria. A otros los conformaron con carros, lujos etílicos, patentes de publicación y un séquito de cortesanas aspirantes a literatas.

Administrar cultura en período especial necesitó un súper ministro. Sólo Abel Prieto era capaz de tareas tan complejas. Atenuar con su firma la estampida autorizada y de terciopelo de escritores y artistas. Probar que la cultura cubana es una sola, la que apoya a la revolución. Trazar pautas y cánones de lo que realmente vale la pena en la cultura cubana. Convencer al mundo de que Zoé Valdés, Padilla, Baquero y Cabrera Infante son criaturas abominables.

Según el ministro Abel Prieto, en Cuba no hay censura sino un inexorable canon estético, para nada político, que santifica la publicación de "El vuelo del gato" o los poemas de Antonio Guerrero y excluye "Tres tristes tigres" o "La nada cotidiana". Aunque nadie se lo crea, el ministro no se cansa de anunciar que "el nuevo escenario cultural cubano no excluye a los disidentes".

Son las dos mitades en pugna del ministro, cincuentón y eterno adolescente adorador de los Beatles y Janis Joplin. Ahí está, pelado de frente y melenudo de espaldas, moderado y ortodoxo, rígido y flexible, culto y popular.

Serían risibles si no fueran patéticos estos personajes como salidos de la pluma de Bulgakov. Sólo falta el ronroneo irónico del gato Popota. O un informe ladrado por el camarada Globito Globitovich. Asaselo les sujeta corta la correa.


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