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Bonapartismo


23-01-2010, Osmar Laffita Rojas

Colaboraciones/ La "grandeza nacional"

Cubamatinal/ Parecía que con la proclama de fines de julio de 2006 se produciría un paréntesis y que luego de superar los factores que la dieron lugar, todo volvería a la situación anterior. Pero los hechos, que son más tercos que los deseos, demostraron que ya todo había terminado.

La Habana, 21 de enero /PD/ Equivocadamente los más ilusos pensaron que se iniciaba una nueva era y creyeron que ya escuchaban el eco difuso de las anunciadas reformas. Pero tal como se  comportan los actuales gobernantes cubanos, se puede afirmar que todo es falso.

Lo que  ocurrió, es que desde que el gran líder hizo dejación de sus responsabilidades como Jefe de Estado y de gobierno por prescripción facultativa,  en los diversos sectores que lo respaldan se le escucha con respeto y veneración. Por esas razones, su hermano menor que lo sustituyó, lo designó el oráculo oficial. Desde ese momento, el selecto equipo de generales y coroneles que se apropiaron de las riendas de la nación, luego de haber liquidado a los delfines del  círculo del poder de Fidel Castro (Carlos Lage y Felipe Pérez Roque) han retomado la corriente política  del bonapartismo con miras a consolidar sus fines hegemónicos.

El bonapartismo, que se manifestó en la primera década del siglo XIX defendida por los seguidores de Napoleón  Bonaparte,  se puede interpretar como el sistema de gobierno autoritario (o totalitario, como el de Cuba) con una falsa postura parlamentaria.

Fue el emperador Napoleón III el que la definió como la influencia directa del líder sobre su pueblo, la eliminación de todas las libertades y la exaltación hasta el paroxismo de la grandeza nacional. En el caso de Cuba, los bonapartistas renuevan las virtuales amenazas de “una agresión a Cuba para liquidar a la revolución”.

Las últimas acciones del equipo de gobierno bajo el mando del General Raúl Castro han dejado claro  que son los militares y no la burocracia la que dice la última palabra, si bien hasta el momento no está claro hacia donde se dirigen y su comportamiento es una incógnita. 

Los ambientes que supuestamente debían haber liberado, están totalmente contaminados por sus injustificadas acciones represivas. La convocatoria a un debate nacional para que los ciudadanos expresaran sus puntos de vista sobre los diversos problemas en que están sumidas las estructuras gubernamentales como consecuencia de la pérfida acción de la burocracia a todos los niveles, fue sólo un intento de dar un barniz democrático al régimen.

Como se ha podido corroborar, todo ese movimiento, donde participaron miles de personas, fue un falso bautizo de pureza democrática. Tan es así que estas son las santas horas que ni la prensa ni el parlamento han dado a conocer ni debatido los resultados finales de la  consulta.

Los nuevos bonapartistas están por encima de todos, como ocurría con el anterior gobierno. Para ellos, el parlamento no cuenta.  Actúan con poderes supraconstitucionales,  y de esta manera es como deciden los destinos de la nación.

Sus acciones están cubiertas con ropas recicladas con las que ocultan sus verdaderas actitudes totalitarias. Cuentan con un fuerte respaldo de los mandos militares y demuestran que son ellos y no la burocracia partidista  la que tiene a Cuba en sus manos.

Para que nadie se llame a equívoco, los nuevos bonapartistas aprendieron bien las lecciones que les ha impartido el Oráculo oficial:

a) Hacer el mínimo de reformas posibles y cuando no quede más remedio.

b) Eliminar todos los lastres que puedan poner en peligro al partido.

 c) No darle ningún espacio a la disidencia minimalista  ni a aquellos que dentro del gobierno se comporten deslealmente.

d) Combatir con toda dureza los denodados esfuerzos de la oposición de convertirse en opción política.

 
Parten de estas reglas porque consideran que cualquier apertura, por pequeña que sea, puede provocar que el gobierno caiga  estrepitosamente. No les importa como los enjuicien. A ellos, los calificativos de de tirano y autoritarios no  les preocupan, sino hacer de tontos. 

Imbuidos de su fuerte espíritu bonapartista, se  guían por la realidad de su inevitable destino, el cual vislumbran con mayor claridad que nadie. Como el diablo sabe más por viejo que por diablo, para ellos está  claro que soñar es algo peligroso. Por eso no dan ningún crédito a los golpes de fortuna. Por los años vividos, su mayor virtud reside en tener los pies en la tierra.  Por experiencia saben que cualquier cambio, por mínimo que sea,  será el final. 

Están concientes que la revolución, que sólo existe en sus cabezas,  no sobrevivirá si se deciden al acto suicida de entregársela a la presente generación. No importa que finjan creer que todo está bien atado.

Se supone que a esa generación la  formaron ideológicamente para que los sustituyan, pero los acontecimientos que sucederán dirán que el empeño fue inútil.  Todo volará en mil pedazos y los que asuman el poder se ocuparán de demoler todos los vestigios de la dictadura más añeja del hemisferio occidental.


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