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Triste Navidad


17-01-2010, González, Oscar Mario

Colaboraciones/ Retrato social

Cubamatinal/ Bastaba caminar por nuestras calles o adentrarse en cualquier hogar cubano para arribar a idéntica conclusión: no parecía que estábamos en navidad. No se sintió el más mínimo indicio de esa época del año en que la alegría y los buenos deseos marcan el semblante de los pobladores.

 

La Habana, 14 de enero /PD/ La gente está triste. Muy triste. Razones tiene para sentirse así. La última esperanza cifrada en el periodo raulista ha resultado ser un sueño ilusorio con toda la carga de frustración y desengaño que ello acarrea. Ha devenido profunda desesperanza y no hay peor enfermedad del alma que aquella marcada por la ausencia de fe en el porvenir.

La abulia y la tristeza son mayores porque el 70% de la población de la Isla no tiene edad para sentir, con la debida fuerza, el influjo navideño. Los más viejos, por haber gozado de la brisa navideña, mostraron con mayor nitidez su tristeza mientras que los jóvenes parecieron lucir la misma dejadez e indiferencia de siempre.

Ni siquiera las mayores tiendas por departamentos fueron engalanadas con adornos propios de la época y en otras no se alzó el árbol navideño como símbolo de la festividad. Los ornamentos y decorados puestos a la venta fueron descoloridos, escasos en volúmenes y variedades. Hasta las guirnaldas estaban desprovistas de la “musiquita” cuyos villancicos alborozan el hogar a la luz intermitente y multicolor que parpadea en techos y paredes.

¡Cuanta tristeza en los corazones! Hasta los precios galopantes conspiraron contra la alegría. Un arbolito que antes costaba cinco pesos y pico ahora vale nueve y tanto. Los adornos aparecieron aumentados en un 30, 40 y hasta 50%. El mazo de lechuga a diez pesos y otro tanto el de acelga; el tomate a cinco, diez o quince la libra en pleno mes de diciembre, cuando debían inundar las tarimas y abaratar los precios. La libra de carne de cerdo, treinta pesos, porque la que vende el gobierno a veintitrés se vuelve hueso, grasa y pellejo. Y todo ello a más de un año de la proclamación de la Ley 259 y su reparto de tierras en usufructo. Nadie quiere trabajar y mucho menos en el campo y no importa cuantas estadísticas traten de reflejar lo contrario. La gente tiene el ala caída y ha perdido el huesito de la alegría.

Los augurios basados en rumores, bolas y todo tipo de ruidos vagos y sordos apuntan hacia un nuevo año impredecible en su agonía. Los más pobres son los más temerosos pues saben que sobre sus espaldas siempre el látigo se ensaña con mayor rigor. Que si van a quitar la libreta. Que cómo será cuando pongan una sola moneda. El bodeguero y el carnicero consultan al babalao sobre qué será de sus vidas. La anciana que vende pastillitas de caldo de pollo y tubitos de goma loca (pegamento), de modo furtivo, enciende velas a San Judas Tadeo (santo de las causas imposibles) para que ablande los corazones de Fidel y Raúl.

Como si todo ello fuera poco, diciembre celebró el día de médico y el del maestro. Profesionales a los que se requiere congratular con un buen regalito para que la atención médica sea menos ineficiente y para que el maestro tenga un poco más de paciencia con las malcriadeces del muchacho y no lo lleve “recio” en los exámenes. Sin duda alguna que son los galenos y los educadores los únicos en recibir aguinaldo y por tanto los únicos en desear el arribo de las festividades navideñas.
 

Hasta la habitual abundancia de frutas y hortalizas propias de la etapa desapareció de los agromercados estatales. Sólo el comerciante particular los oferta a precios altísimos según el salario promedio. Por más que anuncien diariamente en la radio y la televisión rompimientos y más rompimientos de metas productivas, la agricultura urbana no se ve reflejada en los “vianderos” de los hogares. Los pocos guajiros que aún quedan sobre el surco no están de acuerdo con surtir los mercados bajo las condiciones de precio y entrega que fija el estado totalitario.

Sin lugar a dudas, las navidades 2009 pasarán a la memoria como una de las más lúgubres, si acaso no la más triste de entre las más tristes de toda nuestra historia.


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