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¿HOMOFOBIA LIGHT?
08-12-2006, Jorge Olivera Castillo

Los temores no son como antaño. Ahora se respira cierta tolerancia y eso es algo dentro de los esquemas de un socialismo que se oculta entre la incertidumbre y los ecos de la retórica.

Esa es una realidad que los gays, en la isla reciben, con entusiasmo. Los asedios son más discretos, salvo algún exceso de libertinaje o la apreciación ultra homofóbica de ver en el amaneramiento una herejía imperdonable.

Menos, pero aún existen cubanos que no dudarían en brindarse como verdugos para diezmar a la población homosexual.

Si por ellos fuera regresarían las prácticas que en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado eliminaron toda veleidad feminoide del acontecer nacional. A porrazos y cárcel se “limpió”, sobre todo en Ciudad de la Habana, a los que cargan desde entonces con el estigma de ser comparados con las aves, los peces y hasta con la hembra del caballo como una manera de rebajarle su condición humana. Aunque en la actualidad persiste tal propensión, el folclor ha absorbido parte del odio creado en la era “revolucionaria”.

Uno de los hechos que contribuyó a rebajar tensiones y sentar las bases de una lenta y escabrosa integración social de la población gay fue la entrada masiva de visitantes foráneos.

Una medida tomada a partir de una crisis económica profunda que obligó a los poderes totalitarios a admitir, a regañadientes, costumbres e influencias divorciados del guión oficial.

Entre los miles de turistas venían y vienen homosexuales desinhibidos y lesbianas sin penas que esconder. Una avalancha incontrolable que ha obligado a las autoridades a reformular sus estrategias en el sentido de dar ciertos espacios y reconocimiento. Todo teñido de silencios y discrecionalidad.

El filme “Fresa y chocolate”, dirigido por el desaparecido Tomás Gutiérrez Alea, vino a refrescar el ambiente de crispaciones y a otorgar una especie de alivio espiritual.

En el largometraje el protagónico es nada más y nada menos que un personaje abiertamente homosexual. Algo inconcebible para los más veteranos de este sector quienes habían sufrido las consecuencias de actos, propiamente, inquisitoriales.

De pronto, en la pantalla grande estaban sus sueños, sus voces amujeradas, los gestos pícaros y provocadores. Ellos, sin hostilidades a la vista, bajo el cielo de Cuba. El mismo país donde se les tenía por “desviados”.

Ahora transcurre el segundo Festival de Diversidad Sexual Masculina. Un título que evita llegar a lo explícito. Nada de anuncios en la prensa, ni alborotos. Todo en la rara dimensión que junta las coordenadas de la aceptabilidad con las del anonimato.

Otro ademán que busca bajar el perfil de confrontación con la población gay. A causa de estas actividades, por supuesto limitadas y locales, ha habido un destape y quizás el gobierno podría ampliar el registro de posibilidades. No se puede descartar que existen más de 100 000 personas que adoptan tal comportamiento.

Son tiempos diferentes y la cárcel no es un antídoto para corregir las referidas manifestaciones. Parece que las preferencias se enrumban por caminos no violentos.

Por el momento mucho cine y fiestas particulares donde explayarse sin tapujos. Casi todos confían en las gestiones de Mariela Castro Espín, la hija de Raúl Castro y directora del Centro Nacional para la Educación Sexual. Ella defiende el respeto hacia ésta minoría. Debería hacerlo también por los cubanos que abogan por que se respetan todos los derechos. Haría una labor mucho más encomiable. Como disidente, esperaré por ¿un milagro?


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