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Arte y pipí en La Habana


13-12-2009, Domínguez, Víctor Manuel

Colaboraciones/ Otra de Nefasto

Cubamatinal/ Orinar es un derecho inalienable de todo ciudadano más allá de su lugar de origen, sexo, ideología o religión.

 

Por Víctor Manuel Domínguez

La Habana, 10 de diciembre /PD/ Aprobado por unanimidad en la Primera Convención de Orinología Pública en sus modalidades de Muros y Matojos, celebrada en Tiboria, región francesa de la Meazzón, el respeto a orinar alcanza su plenitud en Cuba.

Y todo gracias a una revolución que si bien multa o encarcela a quienes venden frituras de laxantes o dicen que el dado se ha puesto malo en el país, estimula con el cierre de los baños públicos la evacuación sincera y democrática de sus ciudadanos.

Resultan conmovedoras la comprensión e indiferencia que muestran las autoridades cubanas frente a decenas de meantes de ocasión recostados a las columnas de un teatro.

Es indescriptible el enriquecimiento de un paisaje donde aparece una joven agachada en el jardín del Museo Nacional de Bellas Artes, mientras su novio, su abuela y sus papás riegan también las buganvillas, los príncipes negros, las magnolias, los nardos y las azucenas.

No existe una columna, rincón, museo, galería o teatro de Ciudad de La Habana donde la libertad de orinar en forma individual o colectiva no haya dejado una huella imborrable.

Y la razón es que orinar en la vía pública, más que un derecho y un acto de sabiduría existencial, es un arte.

Esta definición, acuñada por el eminente urólogo Micción Nodarse en su conferencia Arte y Pipí en La Habana, arrancó prolongados aplausos a una veintena de personas reunidas entre los escombros del Teatro Martí, reconvertido en un urinario y defecatorio público gracias al apoyo de las autoridades de la capital.

De acuerdo con el científico Nodarse, miccionar en público vigoriza las células del aparato urinario, elimina el estrés, impide una posible explosión de los genitales y crea una casi creíble sensación de libertad.

Ante un hecho así, las autoridades cubanas pusieron fin a la mojigatería y a todo tipo de privacidad. Los seis baños públicos que alternativamente prestan servicios a sólo dos millones y picos de habitantes de la capital, son unisex.

Por eso no hay que extrañarse ante la proliferación de sitios del arte para orinar que surgen a diario en San Cristóbal de La Habana. La política meatoria de las autoridades es irreversible. A baño tupido: a mear en las columnas o en el jardín.

Y esa política deja grandes dividendos en el acervo olfatorio de la capital, pues singulariza el olor de la nación.

Las muestras de júbilo de los asistentes al complejo artístico Bertolt Brecht por el cierre de la instalación sanitaria de ese recinto teatral (reinaugurado hace apenas un año), son un aliciente para la creación de orinotecas públicas.

Ya el Opus Bar del Amadeo Roldán, así como los cristales del cine Payret y las paredes de la Casa de la Música de Neptuno y Galiano, cuentan con las orinotecas El tibor de Pastora, Las Mil y una Meadas y La Incontinencia Infinita, respectivamente.

Lograr que cada sitio del arte en la capital se convierta en un urinario público de referencia mundial, como son las columnas del Palacio de Aldama, el Museo de Arte Contemporáneo y el Gran Teatro de La Habana, constituye un reto a la capacidad “miccionera” de la revolución.

Por eso, orinar de forma colectiva o individual detrás de las columnas de un teatro, un cine, una librería, una discoteca o un museo, más que un ejercicio de libertad, es como convertir el acto de hacer pipí en un arte.

Eso se lo aseguro yo, Nefasto “El incontinente.”

Usted puede renunciar y hasta desconocer por más de 50 años un bisté, una langosta, o su derecho a viajar, pero nunca debe dejar de orinar.
“Orinar es de sabios”, sentenció el eminente urólogo Micción Nodarse en su conferencia Arte y Pipí en la Revolución Cubana, ofrecida entre las sombras y matorrales del defecatorio público inaugurado en el Teatro Martí.

La teoría científica de que miccionar en público vigoriza las células del aparato urinario y crea una sensación de libertad, se convirtió en un hecho dentro del ideario socialista cubano.


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