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Después de muerto que me tiren dondequiera


07-11-2009, González, Oscar Mario

Opinión/ La segunda muerte de Papá Montero


Cubamatinal/ Dicen no pocas personas: “denme en vida lo que me vayan a dar y luego de muerto que me tiren dondequiera”. Pero no siempre coincide la añoranza del candidato a difunto con los deseos de los amigos y familiares vivos.


La Habana, 6 de noviembre /PD/ En primer lugar, el humor negro en torno a los difuntos no pasa de ser un mecanismo de defensa psíquica ante la tremenda conmoción que provoca la realidad de la muerte en casi todos nosotros. Cuando el difunto tiene que ver con el hijo, el nieto o la compañera de toda la vida, no hay lugar para la expresión irónica y la jarana.

De cualquier modo, el hombre es el único animal que entierra a sus muertos y, en torno a ello y a través del tiempo, los pueblos han desarrollado toda una cultura funeraria.

Hago esta reflexión introductoria porque en nuestro país se ha puesto de moda quemar a los muertos en franca competición con el tradicional velorio del cadáver en la capilla de una funeraria junto a un grupo de dolientes, cuyo número siempre depende de la magnitud familiar, la popularidad del occiso y la influencia o posición que tuvo en vida.

Según trabajo periodístico publicado en la edición del periódico Granma del 7 de agosto, el número de cremaciones se ha decuplicado con relación a tres años atrás. Entonces eran 20 mensuales y ahora son 200. Al cierre del mes de junio la cifra de cremados ascendía a 1559. Es decir, la gente le está dando candela a sus muertos. Los primeros en sumarse a esta corriente y con ello potenciar la práctica de incineración son los propios altos dirigentes del país.

Muchos que favorecen la idea de ser incinerados piensan que con ello librarán a sus seres queridos de frecuentes visitas al cementerio y de los engorrosos trámites propios del velorio. Es posible que los dolientes también lo estimen así. Pero nada más lejos de la realidad.

Desde el mismo comienzo, en la sala del hospital, inmediatamente después del deceso, luego de pasar por los enredos burocráticos posteriores, la tarea de quemar a un muerto es bastante difícil y sobre todo cargada de indolencias, “correcorres” y maltratos, a menos que el difunto o sus dolientes estén próximos o de algún modo asociados a un “peje gordo”.

En primer lugar, la población cubana no está informada de tan novedosa práctica a pesar de que la misma aparece reglamentada en la Resolución 128 del Ministerio de Salud Pública de 1992. Simplemente el tema ha tenido muy poca difusión por parte del gobierno. Los vivos tampoco se interesan mucho en el asunto por el desgano natural que provocan las cosas de los muertos y porque, generalmente, la posibilidad de morir se ve más en el otro, es decir, más en el pellejo ajeno que en el propio.

En segundo lugar, en los trámites pertinentes media un proceso llamado de evisceración, consistente en extraer las vísceras para su cremación, el cual es competencia de los Servicios Necrológicos de la ciudad pertenecientes a Medicina Legal. La inclusión de esta entidad viene a complicar y dilatar la tarea.

Una práctica adoptada por muchos parece conciliar la costumbre del enterramiento con la cremación. Consiste en velar las cenizas en la funeraria con lo cual, lejos de aminorarse, aumentan los trámites burocráticos y con ello los motivos de disgusto en los dolientes. Una reflexión elemental favorece la eliminación del velatorio de los restos en la funeraria, pero esto no siempre satisface los reclamos y deseos de los familiares.

En Ciudad Habana existen 24 funerarias en estado deplorable de conservación, lo cual ocasiona que en un momento dado sólo funcione una parte de las 109 capillas que componen la totalidad de tales funerarias.

Así el asunto, parece que los antiguos velorios al estilo de Papá Montero han ido decayendo a los influjos del comunismo criollo, desde los otroras repartimientos de galleta de sal con queso y dulce de guayaba, pasando por la tacita de café mezclado con chícharos en la era socialista, hasta la actual cremación que solo requiere de un escueto y ocasional pésame.


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