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Cenizas y cementerios apartes


18-10-2009, Luís Cino

Opinión/ Privilegios hasta en el más allá

Cubamatinal/ A la elite le ha dado por cremar a sus muertos. A casi todas las personalidades que fallecen (y a sus familiares) los incineran. La nomenklatura es menos pretenciosa que los clientes de Celestis, la empresa californiana mezcla de funeraria y agencia espacial que anuncia trasladar a la Luna los restos de los seres queridos con bastante dinero para gastar, aún después de la muerte. La Nomenklatura se conforma con esparcir las cenizas sobre el mar, la Sierra Maestra, los pinares de Mayarí o el Escambray. Si son militares, las guardan con devoción en urnas depositadas en bucólicos mausoleos rodeados por lomas y palmares.


La Habana, 17 de octubre/ PD/ La elite verde olivo tiene cementerios aparte. El primero, un imponente mausoleo entre los mogotes de Pinar del Río, fue destinado a Los Malagones, la primera milicia contra-insurgente creada por Fidel Castro en 1959. El más reciente, el cementerio del Frente de Las Villas, fue inaugurado hace unos días con una sobrecogedora ceremonia militar. Apenas dos semanas antes, habían sepultado (pidió no ser cremado), también con honores militares, en un mausoleo serrano cerca de Santiago de Cuba, al Comandante de la Revolución Juan Almeida. En ambas ceremonias, dispararon salvas de 21 cañonazos.

El general Raúl Castro no tiene reparos en mostrar el túmulo monolítico de 130 toneladas en la Sierra de Cristal, donde un día descansará junto a su esposa Vilma Espín. Precavido, hace tiempo ordenó que colocaran en la piedra una placa de bronce con su nombre. Cerca reposan las cenizas de su compadre, el bailaor Antonio Gades. Alrededor comparten la eternidad los soldados difuntos del Segundo Frente Oriental.

Los más sensibles prefieren enterrar las vasijas funerarias entre las flores de un jardín a un costado de la Basílica Menor de San Francisco de Asís, en la Habana Vieja. El jardín lo administra el historiador Eusebio Leal. Allí descansan el escritor Lisandro Otero, el director Octavio Cortázar y el matrimonio Lupe Véliz-Antonio Núñez Jiménez, entre otros.

Incinerar a sus muertos es otro de los privilegios de la elite. El privilegio póstumo. Cualquier cubano no puede aspirar a ser cremado con facilidad. Los trámites son demasiado engorrosos y hay pocos crematorios. Pero no debemos sentir envidia. Por el contrario, debemos agradecer el pragmatismo y buen gusto de la elite comunista en no legar cadáveres embalsamados que compliquen todavía más el futuro.

De Moscú y Buenos Aires llegan oportunos avisos de las inconveniencias de los ilustres embalsamados.

El socialismo real legó a Rusia, entre otros muchos problemas, la momia de Lenin. Desde un sombrío y custodiado salón del Kremlin, acecha la mirada vidriosa del camarada Vladimir Ilich. Parece presto a incorporarse de nuevo y proclamar, según convenga a la causa, el comunismo de guerra o la NEP.

En Argentina, la necrofilia por Evita Perón es el más macabro melodrama de la historia latinoamericana. La Compañera Evita, ocho metros debajo de la losa de un lujoso panteón familiar en el cementerio bonaerense de La Recoleta, aún hace esperar por milagros a peronistas reciclados y piqueteros.

Al paso de los mortales, no de dioses que alguna vez se dignaron a lidiar con hombres que no estuvieron a la altura de sus expectativas, la revolución cubana volverá al polvo. El socialismo verde olivo no aspira a dejar momias. Aparte de los malos recuerdos, sólo cenizas (ay, Paco Michel) de horno crematorio quedarán de la revolución cubana.

Al menos en eso de las cremaciones, ya que no en otros asuntos, los líderes del socialismo cubano actúan con sentido común. No se puede luchar contra lo imposible. Las momias, por veneradas que sean, al contacto con el aire, se vuelven polvo. Se convierten en nada. Y es sabido (lo dice un sabio bolero) que “la nada, nada inspira”.

Los mandarines ahorrarán a Cuba las peregrinaciones e histerias de militantes necrófilos, los vandalismos de los revanchistas profanadores de tumbas y otros embrollos deprimentes. Es una suerte. No importa si perdemos los dólares y euros del turismo ideológico. Los turistas nostálgicos que no se conformen con visitar mausoleos y quieran momias, que se vayan a las pirámides de Egipto o al Museo Británico.


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