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Cuba: Ferretería de cristal (II)
07-12-2006, Luís Cino

Cuba es un país de poetas y cuentistas. El ensayo y la novela se nos dan más esporádicos. Debe tener algo que ver con la idiosincrasia nacional.

Los primeros años de la revolución fueron los años de los cuentistas. Los que vivían del cuento y los que pretendían contar la revolución.

Ché Guevara creyó que sólo correspondía a sus protagonistas escribir la historia de la insurrección fidelista. Tal vez por ello sigue sin escribirse todavía.

En cambio, una generación de -por entonces- jóvenes cuentistas vestidos de milicianos se atribuyó el derecho a escribir las crónicas de la épica revolucionaria. La narrativa de la violencia de Jesús Díaz, Norberto Fuentes y Eduardo Heras León era dura y áspera, en ocasiones brutal. Influenciada a partes iguales por Isaac Babel y Ernest Hemingway, reflejó descarnadamente cómo la revolución enfrentaba a sus enemigos.

Tales relatos no fueron del agrado del Poder verde olivo. Costaron a sus autores prohibiciones, castigos y ostracismos. Grigori Melejov no podía morar en el Escambray. Era mejor que, luego de fusilado, lo enterraran en una tumba anónima de Condado.

La escritura de la violencia revolucionaria que fuera del gusto del poder tuvo que esperar por la llegada del Decenio Gris. Manuel Cofiño narraría las historias del Escambray dentro de los cánones del realismo socialista.

A despecho de los comisarios que iban apareciendo, Cuba vivía un boom de la cultura. Lo vivió entre los tiempos de Lunes de Revolución y los días del Salón de Mayo. Cerrándose a los Beatles y abriéndose a Antonioni.

Florecían el cuento y la novela. Pintaban Portocarrero y Servando Cabrera. En el ICAIC irrumpían Gutiérrez Alea, García Espinosa, Humberto Solás y Santiago Alvarez. Leo Brouwer tocaba los primeros acordes en la guitarra. Duchesne Cuzán dirigía a la Sinfónica Nacional en un teatro Amadeo Roldán abierto a todos. Rita Longa esculpía con furor. Alicia Alonso, en puntas, amenazaba ser eterna.

Guillén, el nuevo Poeta Nacional, vivía años de renovada creatividad. Los poetas de la Generación del 50 cantaban ilusionados a la revolución. Los poetas nuevos, también laudatorios, brotaban como hongos humedecidos por el coloquialismo y la antipoesía.

La sombra de Stalin acabó con todo. Nadie hizo caso a los que avisaron a tiempo. Era demasiada la euforia para escuchar a aguafiestas.

Uno de ellos fue Heberto Padilla. El poeta sabía de qué hablaba. No se resignaba a dar los reglamentarios pasos atrás, siempre aplaudiendo. El caso Padilla fue el fin de una era.

Para entonces, varios escritores de Ediciones El Puente habían ido a parar a los campamentos de las UMAP. Los acusaron de homosexuales o de desviación ideológica. Daba igual. Eran enemigos del sistema.

El país y la cultura se militarizaban. Los primeros ataques contra Padilla vinieron de Verde Olivo, la revista de las FAR. Alguien que se hacía llamar Leopoldo Ávila ladraba insultos y azuzaba a la jauría de los rancheadores ideológicos contra el poeta. Dicen, era un secreto a voces, que Leopoldo Ávila era José Antonio Portuondo. El pudor forzó al profesor a usar seudónimo. Ni siquiera la disciplina del Partido Único inmuniza contra la desolación de prestar la voz a la Inquisición.

La "autocrítica" de Heberto Padilla, con guión de la Seguridad del Estado, ante el aterrado auditorio de la UNEAC que ponía sus barbas en remojo, marcó el fin de la luna de miel de la revolución cubana con la intelectualidad mundial.

1971 fue un año duro en Cuba. Los 10 millones de toneladas de azúcar que nos salvarían del subdesarrollo no fueron. En vez de las bonanzas prometidas, hubo más penuria y represión. Fue el año del Caso Padilla, del Parametraje y de "la Universidad para los revolucionarios".

En la clausura del Primer Congreso de Educación y Cultura, el Comandante dejó "más claro que el agua" que "las dos o tres ovejas descarriadas" (léase artistas e intelectuales) no podrían "seguir sembrando el veneno, la insidia y la intriga en la revolución".

Se iniciaba así el Decenio Gris. El futuro de la cultura cubana parecía inapelablemente condenado al realismo socialista.


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