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Democracia cubana


06-08-2009, Marín, Luís

Colaboraciones/ Un estado autodefinido como dictadura

Cubamatinal/ Castro es el único dictador al que se le ha ocurrido morirse a plazos, progresivamente y tan poco a poco que cuando termine de extinguirse, ya nadie debería recordar que alguna vez abandonó el poder.

Caracas, 6 de agosto/ Diario de América/ El régimen cubano se ha ido desplazando perceptiblemente de una dictadura militar auto definida como “comunista y antiimperialista”, a una dictadura militar latinoamericana clásica, con prescindencia absoluta de principios, tutelada por los EEUU.

El patetismo del llamado “período especial” en que Castro decidió seguir su camino solo, sin el paraguas soviético, no sólo en cuanto a la asistencia económica, sino en tanto a la franquicia ideológica del marxismo-leninismo, se transformó en un pragmatismo al estilo de Vladimir Putin, en que el idealismo ha sido sustituido por un realismo cínico en que no se pregunta cuantos tanques tiene el Papa sino cuantas papas tiene el tanque.

La economía cubana se apoya en cuatro patas, a saber: el turismo sexual; las remesas de los emigrantes, antes llamados “gusanos” pero ahora respetuosamente considerados como compatriotas en el exterior; el tráfico ilícito de narcóticos, armas, divisas y cualquier cosa que se pueda traficar ilícitamente y la triangulación de combustible venezolano.

De manera de que bien se les podría aplicar el dicho “tanto nadar para morir en la orilla”, porque después de medio siglo de revolución, terminan en el mismo sitio en que estaban bajo la dictadura de Batista, a la que le endilgaban haber convertido al país en el “lupanar del Caribe”; estar en manos de mafiosos, comerciantes de traganíqueles, trata de blancas, tráfico de drogas y licores; pero lo más indignante era la dependencia de los EEUU, por lo que el proceso se bautizó “segunda independencia”, en el entendido de que la primera, que lo fue de España, había sido escamoteada por la intervención norteamericana y refrendada por la Enmienda Platt.

Lo único que les queda a los Castro son los resabios de las internacionales, de la primera a la cuarta, que se han sucedido en la historia del movimiento comunista mundial, más las que ellos mismos han creado, desde la OLAS hasta el Foro de Sao Paulo, pasando por el llamado movimiento de países “no alineados”, que sobrevive a la Guerra Fría. Esta red internacional es la que explica la complicidad inconcebible de gobiernos que van desde monarquías como Suecia y España hasta países tan dispares como Brasil y Chile.

¿Qué puede explicar la adhesión incondicional de tanta gente, por lo demás de espíritu crítico, a la dictadura más larga y despiadada que haya sufrido cualquier país del mundo? La ideología socialista que, como se sabe, es inmune a toda crítica y a cualquier refutación racional; el antiamericanismo, que es la expresión del resentimiento de Europa de la II postguerra y últimamente el antisemitismo que ya es un mal crónico de occidente. Todo el que levante estas banderas tiene un apoyo automático asegurado, sin que importe para nada lo terrorífico y despreciable que pueda ser bajo cualquier otro concepto.

NEW DEAL.  Los norteamericanos abordan el tema de Cuba desde la óptica de sus propios derechos civiles de manera que consideran, por ejemplo, que ellos tienen derecho a viajar a dónde les venga en gana, incluso a Cuba, sin que esto implique ninguna condición de reciprocidad, esto es, que los cubanos también tengan el mismo derecho a viajar a los EEUU o a dónde quieran.

Que la administración aproveche esta percepción para implementar su nuevo trato en la relación con la familia Castro es comprensible, lo que resulta desquiciante es que este sea el enfoque que ha adoptado la izquierda internacional, que ahora vela por los derechos de los turistas americanos a visitar la isla; pero no dice ni pío respecto del mismo derecho que debería asistir a los cubanos, con lo que es realmente difícil comprender sus principios de igualdad en general y de solidaridad con el pueblo cubano en particular.

Pero no se quedan allí, los ideólogos de la izquierda ahora se dedican a darle consejos a los EEUU respecto de lo que más les conviene, han devenido en defensores de su interés nacional y de sus empresas transnacionales, por ejemplo, de los complejos agroindustriales del sur, que se estarían perdiendo pingües beneficios por culpa de las restricciones al comercio con un mercado ávido de alimentos.

La actual situación de crisis recuerda la sufrida durante el crack de 1929, que dio paso al largo reinado demócrata de Franklin D. Roosevelt y a la derogación de la Enmienda Platt, con lo que comenzó el nuevo trato a Cuba, sobre la base del principio de no intervención y, en lo económico, el sistema de fijación de cuotas azucareras.

En la actualidad, EEUU vuelve a privilegiar por encima de cualquier otra consideración la preservación de la estabilidad e inevitablemente se ve arrastrado a apoyar una dictadura militar peor que la de Machado o Batista y a terminar siendo el objeto del odio popular, mientras se sostenga la dictadura y con tanto más razón cuando caiga.

La declaración de Castro, respecto del caso de Honduras, afirmando que “ningún gobierno latinoamericano podría sostenerse ni un minuto sin el apoyo de EEUU” resulta ser una melancólica confesión de lo que todo el mundo sospechaba, que su tiranía se sostiene gracias a algo más que la benevolencia de Washington.

Lo mismo puede decirse de todas las dictaduras militares que ha sufrido Venezuela, desde Juan Vicente Gómez a la fecha: han sido financiadas, patrocinadas y tuteladas por los intereses estratégicos de EEUU.  La única novedad es que ahora el Departamento de Estado no considera al comunismo como amenaza, por lo que cree que los puede dejar actuar sin mayor riesgo. El Washington Post se atreve a editorializar diciendo que EEUU “no tiene enemigos en el hemisferio”. Se puede dudar de si esto es arrogancia, excesivo optimismo o simple ignorancia; pero no de que sea una falsedad completamente obvia.

CASTRISTAS Y CASTRADOS.  La pregunta más recurrente es qué va a pasar en  Cuba una vez que se anuncie la muerte definitiva de Fidel Castro, cuál pueda ser la repercusión en Venezuela y en todo el proyecto comunista continental.  Lo de “muerte definitiva” no es un juego lingüístico, porque Castro es el único dictador al que se le ha ocurrido morirse a plazos, progresivamente y tan poco a poco que cuando termine de extinguirse, ya nadie debería recordar que alguna vez abandonó el poder.

Las consecuencias dependerán de lo que pase en Cuba, una vez que sea manifiesto que el régimen no es viable y no siéndolo allí, tampoco debería serlo en las filiales. El único punto todavía pendiente es saber porqué la premura en expandir un sistema por los países más atrasados del subcontinente, antes de que muera Castro, siendo evidente que no ha funcionado en el epicentro. Qué razón puede explicar que las internacionales socialistas y ahora la OEA se empeñen en promover el castrismo cuando precisamente es más estéril y  decadente.

Hay que preguntar qué va  a hacer el señor Insulza con la Carta Democrática de la OEA una vez que ha declarado que sus puertas están abiertas para la dictadura castrista, siendo que ella establece un compromiso con la democracia representativa, el respeto a los derechos humanos, elecciones transparentes, libres, plurales, internacionalmente supervisadas y consagra el derecho de los trabajadores a organizarse para luchar por la defensa de sus intereses.

Ninguna de estas condiciones se cumple en Cuba y quizás este sea uno de los motivos por los que el régimen ha despreciado olímpicamente la invitación a incorporarse al sistema interamericano, además de no haber renunciado nunca al marxismo-leninismo, la lucha de clases y la necesidad de la revolución violenta.

Se han establecido como requisitos mínimos para la democracia, cualquiera que sea la idea que se tenga de ella: la libertad, la igualdad y la independencia. La primera, entendida como autonomía, es no obedecer ninguna ley sino la que el ciudadano se ha dado a sí mismo; la segunda, igualdad ante la ley, implica que no hay otro imperio que las normas objetivas, a las que debe someterse sobre todo el gobernante; la tercera, es la posibilidad de mantenerse a sí mismo, no depender de otro para la propia subsistencia.

La ideología socialista repudia todos estos valores y se basa en la imposición, excluye a la pueblo de la elaboración de las normas, eliminando el concepto de ciudadano a favor de la condición de súbdito; el comandante en jefe es legibus solutus, se considera por encima de toda norma, es más, la ley es su voluntad; elimina toda posibilidad de auto sostenimiento, de manera que todas las personas dependan del régimen para sobrevivir.

Vista la realidad de la propuesta socialista, lo sorprendente es que todavía haya gente empeñada en imponer por la fuerza un régimen así, como el que impera en Cuba. Y no solo resentidos o ignorantes, sino auténticos aristócratas como Oscar Arias y José Miguel Insulza, que se han revelado como los auténticos palafreneros de Castro.

Los sucesos de Honduras ponen de manifiesto hechos que pasaron inadvertidos en su momento, por ejemplo: El proceso de paz en Centroamérica de los años 80, financiado por la socialdemocracia alemana y sueca, que le valió el premio Nobel a Oscar Arias, en realidad sirvió para salvar a la guerrilla de la contundente derrota militar que había sufrido para conducirla después al poder, en todos aquellos países, por la vía electoral.

Es un hecho incontrovertible que en los acuerdos de paz la guerrilla nunca renunció a sus propósitos estratégicos, ni a su ideología clasista, ni a su afiliación al régimen castrista, sino que cambió su forma de lucha armada al campo electoral, fundiendo unos fusiles mohosos pero conservando intactas sus estructuras organizativas paramilitares.

Hoy Oscar Arias troca súbitamente su rol de mediador en “intimador” del gobierno provisional de Honduras, amenazándolo con el ostracismo más absoluto si no acceden a la imposición de Zelaya, un sujeto que hace tiempo dejó de servirle a su país para ponerse al servicio de una cayapa  internacional para humillar a sus propios compatriotas, con lo cual proclama que sus derechos son superiores y prevalecen sobre los de todos los demás hondureños; pero lo más grave es que internacionalmente el único poder reconocible sea el ejecutivo, mientras que el legislativo, el judicial, los partidos políticos, las fuerzas armadas, la policía  y los ciudadanos en general, como se dice allá, “valen mierda”.

Pero en San Pedro Sula, hace apenas un par de meses, los mismos personajes sentaron la doctrina de que el ostracismo no iba a hacer avanzar la democracia en Cuba, por lo que les abrían las puertas a los promotores de todas las guerras del siglo XX en Latinoamérica, en términos de capitulación.

Por una monstruosa ironía del destino, en ese mismo foro el gobierno colombiano hizo entrega de un dossier en el que aparece armamento sueco en manos de las guerrillas de ese país, próxima víctima de los socialistas y de mediadores como Arias e Insulza.

Ahora todos pretenden hacerse los suecos, incluso los suecos.


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