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Otra vez el estribillo
14-06-2009, Luís Cino

Cubamatinal/ Razón tiene el verso del cantautor: “¡que maneras tan curiosas de recordar tiene uno!”. Por estos días en que tanto se habla de la OEA, recuerdo a un colombiano que tocaba el acordeón y cantaba: “Con OEA o sin OEA, ganaremos la pelea”. La multitud coreaba el estribillo “Cuba sí, yanquis no…cuba sí, yanquis no”. No estoy seguro si lo vi por la TV o fue alguna de las veces que estuve en la plaza porque me llevaron en sus hombros mi padre y mis hermanos.

La Habana, 13 de junio/ SDP/ Era 1962 y Cuba había sido expulsada del sistema interamericano en la reunión de cancilleres de Punta del Este. Con acordeón y gorra miliciana, el joven colombiano estaba en la tribuna invitado por Fidel Castro, que por entonces también era joven, gozaba de una salud de hierro (no de palo de caguairán), gobernaba desde hacía sólo 3 años y era apoyado por la mayoría de los cubanos.

El colombiano estudiaba en la escuela de cuadros de la juventud comunista que estaba ubicada en Bejucal, al sur de La Habana. Dicen que murió en la guerrilla. Fue otro de los millares de ilusos que murieron por intentar trasplantar a mano armada al continente lo que aprendieron en Cuba. He preguntado a varias personas, pero nadie recuerda su nombre. Sólo recuerdan su estribillo.

“Con OEA o sin OEA, ganaremos la pelea”… era una de las consignas que más se escuchaba en aquellos días. La otra, era la habitual: Patria o Muerte. Por Patria se entendía la causa del Comandante. Muchos cubanos repetían que preferían morir antes que renunciar a la revolución de Fidel Castro, que se había declarado marxista-leninista y se había aliado a la Unión Soviética.

Faltó poco para que se cumplieran las más caras fantasías numantinas del Máximo Líder. El desafío a los yanquis de instalar misiles nucleares rusos a 90 millas de sus costas, nos aproximó al holocausto nacional. Cuando Khrushov ordenó (sin consultar al Comandante, que aconsejaba dar el primer golpe) retirar los cohetes para apaciguar a Kennedy, la multitud, sin entender bien que había pasado y olvidada de la OEA, cantó otro estribillo: “Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”.

Por razones para nada militares, volvimos a bordear el exterminio durante los años del Período Especial. En todas las circunstancias, como ahora que parece se nos viene encima otro período tan especial como la brigada súper entrenada de la policía que reprime a los más intranquilos, nos salvó (si a eso se le puede llamar salvación) la tan mencionada y controvertida excepcionalidad histórica cubana. La misma que hizo que fuéramos el último país de Latinoamérica en alcanzar la independencia de España, el primero en proclamarse comunista y uno de los dos sobrevivientes (el otro es Corea del Norte) del más ortodoxo y mísero estalinismo casi 20 años después de la desaparición del imperio soviético.

Dicen que la isla está hecha de corcho y eso impide, con el concurso de Dios o el Diablo, que se acabe de hundir definitivamente en el mar “para no traicionar la gloria que se ha vivido” (¡vaya con las tendencias suicidas de ciertos cantautores!).

Ahora que tengo un par de años más que la revolución de Fidel Castro, y nuevas canas me sorprenden cada día frente al espejo, entre todo lo que echo de menos (amores, amigos, ilusiones), está mi álbum filatélico con el Comandante fusil en ristre en la portada y aquel sello de correo con la Segunda Declaración de La Habana en letras casi microscópicas sobre el mapa de América Latina, vuelvo a escuchar que se habla de la OEA como si de ella dependiera el destino de Cuba.

Es como si no hubiera pasado demasiado tiempo, como si la OEA, con tanta hambre y desesperanza, le importara realmente a estas alturas a los cubanos del lado de acá de los muros de Punto Cero, el Palacio de la Revolución y el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Creo que a los mandamases del lado de allá, si no es otra de sus magistrales simulaciones, tampoco les importa demasiado la OEA. Por algo será que repiten su argumento de que no regresarán jamás, ni aunque se lo pidan los amiguetes, al “ministerio de colonias yanquis”.

Se supone que a una señal del Jefe debemos repetir la vieja consigna: “Con OEA o sin OEA, ganaremos la pelea”. Sólo que los cubanos, aburridos y desesperanzados, ya no tenemos ánimos para corear consignas. Menos para adivinar jugadas que no están claras.

Nadie sabe por qué en algunas cancillerías se hacen ilusiones con un eventual regreso de Cuba a la OEA. El gobierno cubano, empeñado en ganar tiempo a toda costa, Dios sabrá para qué, no desea regresar a la OEA. Los Jefes no quieren vestir camisa de fuerza, ni aunque tenga ancha la manga izquierda y algunos de los siquiatras y enfermeros sean los cómplices de su demencia y le hagan guiños para que acepten entrar al manicomio.

¿Qué más da que los países del continente (todos democráticos, con sus más y sus menos) eliminaran en la reunión de San Pedro Sula la obsoleta resolución de 1962 y que algunos hasta intenten un desagravio, si el gobierno cubano no esconde su desdén por la democracia y los derechos humanos?

Los tiempos han cambiado en el continente, pero Cuba sigue anclada en el más pretérito e inamovible de los arrecifes jurásicos. Se conformará con anotarse como una victoria moral la derogación de la suspensión. En realidad, la consiguió gratis, sin hacer concesiones. Mientras no le convenga, como parece ser el caso, seguirá renuente a reingresar a la OEA. Preferirá, con la ayuda de Hugo Chávez y otros aliados, dinamitarla. Sobre sus escombros, intentará crear alguna nueva organización que le acomode y confiera legitimidad. Sólo que Estados Unidos no piensa mudarse de continente e ingresar en la Unión Europea.

La dictadura cubana y la OEA, por desfasadas, están en crisis. Estos son malos tiempos para rebasar crisis. Es probable que una de las dos desaparezca. O ambas. Para no ser demasiado categóricos, tal vez se transformen, la dictadura y la OEA, en otra cosa. En todo caso, no será a resultas del actual ingenuo e ininteligible pulseo diplomático


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