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Cuba: Ferretería de cristal (I)
03-12-2006, Luís Cino

Los intelectuales y artistas cubanos cargan a sus espaldas la maldición de no poder ser profetas en su tierra.

Todos han tenido que enfrentar, desde siempre, por disímiles motivos, la disyuntiva de marcharse o no ser: Heredia, La Avellaneda, Varela, Villaverde, Martí, Lam, Carpentier, Cabrera Infante, Arenas, Padilla… Todos han demostrado la dramática incapacidad de los cubanos para resignarse a la condición de expatriados.

Sin embargo, no menos trágico es el destino de los que decidieron quedarse. No sé que es más triste, si el fusilamiento de Zenea o la risotada mortal y olvidada de Julián del Casal. Aún más tristes son el largo confinamiento de Lezama en la casa de Trocadero o el asediado funeral de Virgilio. Los dos se empeñaron patéticamente en permanecer en su tierra a pesar de los pesares.

No es fácil para un cubano soportar la lejanía. Por algo será, no importa que alguno escriba en inglés, que no tenemos un Joseph Conrad o un Vladimir Nabokov.

Sigue conmoviendo la carta suicida, culpabilidades con nombre y apellidos, de Reinaldo Arenas. Tanto como la muerte absurda de Guillermo Cabrera Infante, con tanta Habana por delante, en un hospital del neblinoso Londres.

La apoteosis del exilio no está en el" Himno del Desterrado" de Heredia. Está en Martí, creando con su pluma un país en el que apenas vivió. Su Gólgota guerrero nos acecha desde entonces, a mano para desaprensivos y falsificadores.

De Dos Ríos parte la otra maldición de los intelectuales cubanos: la del eterno complejo de culpas.

Jorge Mañach fue uno de los responsables de inventar un Martí Multipropósito, oportuno y conveniente. Tuvo tiempo de lamentarlo. En definitiva, Mañach nunca entendió bien a los cubanos. Lo desconcertaba tanto su choteo que no acertó a explicarse su derrota electoral frente Benito Remedios, que sólo tenía billetes y piñas que ofrecer a sus votantes.

La leyenda martiana contribuyó a la construcción de un meta-relato histórico, una teleología del destino nacional. Todos querían ser parte de él, desde el poeta comunista Rubén Martínez Villena hasta los origenistas católicos y pequeño burgueses. Todos estaban insatisfechos con la república que les tocó. Lamentaban no dar la talla de revolucionarios y antiimperialistas para cambiarla. Se deslumbraban con fascinación femenil por los hombres de acción. Los barbudos de la Sierra Maestra les vinieron como anillo al dedo.

El triunfo de la revolución de Fidel Castro les dio la oportunidad de correr al ara a ceder su primogenitura. El plato de lentejas fue el privilegio de vestir de milicianos y ser héroes de los nuevos tiempos de cambio.

Al régimen no le bastó. Nunca aceptó de buen grado a los intelectuales entre los suyos. No podía perdonarles su pecado original.

La revolución puso a artistas e intelectuales en su lugar. La Habana nocturna esperaba una agresión, no podía ser la ciudad ebria y decadente del documental PM. Lunes de Revolución no podía en lo absoluto ser la cultura revolucionaria.

Con la pistola rusa sobre el buró, les impusieron sin cortapisas las Palabras a los Intelectuales. Virgilio Piñera confesó que tenía miedo antes de penetrar en el siguiente círculo del infierno. Al menos, fue sincero. Los demás sólo atinaron a aplaudir.


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