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Las temerarias Diablas Amargas
30-05-2009, Fariñas, Guillermo

Cubamatinal/SDP/ Dicen los ancianos que la condición sine qua non para ejercer la prostitución es tener el corazón en medio del pecho. En la jerga popular cubana, esta frase es traducida como poseer un alto grado de valentía personal al enfrentar los diarios problemas de la vida.

La población penal en Cuba está cercana a los 110 000 reclusos, una cifra realmente alarmante si tenemos en cuenta que el archipiélago solo tiene 11 millones de habitantes. Aunque es un dato bien escondido por las autoridades gubernamentales, ha trascendido que alrededor del 1 % de los nacionales están tras las rejas.

El sistema judicial del régimen castrista tiene como rasgo anteponer la punibilidad ante cualquier otro método de aplicar sanciones. Ante la ejecución de hechos delictivos, los integrantes de los tribunales preferentemente aplican sanciones de privación de libertad.

Si a esto asociamos, que dentro de la isla las sanciones legales son por lo general un tercio y hasta dos tercios por encima del promedio mundial, entonces nos enfrentamos a un gran problema práctico, una buena parte de los sancionados en las ergástulas cubanas conviven allí por largos periodos de tiempo.

Debido a la perdida de valores morales en la sociedad socialista, la fidelidad marital ante tales acontecimientos deja de existir. La mayoría de las esposas que perciben que sus cónyuges se mantendrán por prolongados periodos de tiempo encarcelados, deciden abandonarlos y responsabilizar de ellos a padres, hermanos e hijos.

Así surge un grupo social de presos que tienen derecho a utilizar las reglamentadas visitas conyugales y sin embargo no pueden hacerlo por carecer de una pareja sexual. El terrible abandono espiritual de las ex-esposas, crea a su vez una necesidad fisiológica a un nivel erótico-sexual.

Comienza entonces una labor de investigación en el barrio y hasta un poco más allá, de angustiados familiares a la búsqueda de una candidata a ir a acostarse con su consanguíneo condenado. Es una exploración sobre el terreno respecto a quienes son las féminas más necesitadas materialmente. Son las indicadas para fornicar con un reo desconocido.

Se inicia un pulseo de oferta por parte de la familia y de demanda de la sui generis meretriz, donde ambas partes desean sacarle la mejor lasca al negocio. En el medio del pugilato, se localiza el encarcelado, quien se muestra ansioso por caer sin muchos remordimientos en el pecado de la carne.

Estas damas de compañía hacen peticiones de dinero efectivo, tanto en pesos cubanos como en divisas libremente convertibles, según se lo aconsejen las circunstancias. Si el núcleo familiar del preso tiene algún allegado con residencia en un país capitalista, entonces todo se tasa en dólares o euros.

Otra agravante en entrar a un pabellón marital con un preso es el tipo de delito por el que aquel se encuentra sancionado. A los familiares de asesinos se les cobra mucho más, mientras que a los prisioneros por estafa, cohecho y accidentes de tránsito, todo le es menos costoso.

En cuanto a los prisioneros políticos, ante las carencias sexuales todo se complica un poco, debido a que está por el medio la aterrorizante Seguridad del Estado. De ahí que estos se abstengan de probar las mieles de la diosa Afrodita o acudir a mantener una relación formal con una hermana de luchas e ideas, que permanezca libre en la calle.

Como parte de la reconocida idiosincrasia autoburlona de los cubanos, los que permanecen presos tampoco la han perdido. Al ellos conocer los altos costos del servicio de una de estas prostitutas, en el lenguaje carcelario considera que esta fornicación sabe amarga, porque con esos precios, de dulce no tiene nada.

Estas meretrices cubanas se caracterizan por tener personalidades valientes cotidianamente, debido a que para nadie es fácil entrar a hacer el amor carnal con un desconocido, por demás encerrado durante varios años. Pero como dicen ellas mismas: “De algo tenemos que vivir, pues somos de todas las diablas… las más amargas.”

 

 


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